El proceder y la muerte de Oscar Pérez merecen varias reflexiones por los múltiples simbolismos que ha encarnado. El más claro es él del héroe y salvador.
Ocupa el espacio en la fantasía venezolana de la poderosa fuerza de bien que nos rescatará a todos, como Superman que salva eternamente a Metrópolis del crimen organizado.
Pero Pérez era un soldado liberador sin un plan de cambio. No había elaborado ningún programa para la recuperación legal, estructural, económica o penal del país, o no lo había hecho público. Su lenguaje era igualmente indeterminado: quería libertad y justicia, dos sustantivos notoriamente vacíos de cualquier contenido preciso.
Mientras nos acusamos mutuamente de la inacción y apatía, las madres venezolanas siguen llorando a los hijos que murieron a causa de rebeliones infructuosas.
Más que gritar lemas breves y al unísono en las calles, tenemos que preguntarnos qué tipo de constitución queremos: ¿Cuánto poder otorgará al presidente? ¿Queremos un sistema parlamentario? ¿Cómo será el sistema electoral? ¿Por cuánto tiempo elegiremos a los diputados? ¿Cómo será el sistema de justicia? ¿Nos quedaremos con el infausto sistema de cárceles que tenemos actualmente? ¿Qué será la relación entre las fuerzas de orden y el gobierno civil? Y luego vienen las preguntas más cotidianas: ¿Qué vamos a hacer con la basura que producen nuestras ciudades? ¿Qué sistema de transporte necesitamos? ¿Cómo vamos a neutralizar y luego reformar a las bandas de delincuentes?
Oscar Pérez no hablaba de nada de esto. Al tener que escoger entre, por un lado, a un aviador arrojado y temerario, y por el otro, a alguien que sabe algo de leyes, sistemas de gobierno, sociología y ciencia, prefiero el segundo.