LOS ANTIGUOS GRIEGOS Y NOSOTROS
Karen Cronick
Publicado en una versión Kindle, por Amazon, 9 de enero, 2022
Los Antiguos Griegos y Nosotros eBook : Cronick, Karen : Amazon.es: Libros
Prólogo
Los griegos siguen fascinándonos. Los gigantescos pero
improbables logros de un desorganizado revoltijo de ciudades/Estados en el
primer milenio a. C. son asombrosos. Al final de este milenio, el fracaso estrepitoso
de su experimento con la civilización nos extraña, pero sus triunfos nos siguen
inspirando, y todavía nos avisan sobre peligros similares que nos acechan a
nosotros hoy en día. Las mismas condiciones perduran actualmente, a pesar de
nuestros avances tecnológicos; iguales son nuestras guerras sectoriales, igual
es nuestra incapacidad para formar alianzas duraderas en pro de la paz y la
prosperidad; nuestro afán de imperio es análoga a los intereses de las
potencias griegas y, tal como pasó con ellos, nuestras debilidades limitan
nuestra capacidad para crear duraderas, saludables y estables sociedades.
Además, nuestra insensibilidad frente a la desigualdad social no es muy
diferente a lo que pasó en Grecia.
En este pequeño libro intento explorar las contribuciones de
Atenas y Esparta a nuestra cultura occidental y recoger las advertencias que
nos dejaron. Para lograr esta meta he construido tres historias paralelas: en
el primer capítulo, repaso la leyenda homérica de la conquista de Troya en la Ilíada.
Allí recojo los orígenes de la cultura griega, sus ideas sobre el heroísmo, el
ideal del “buen rey” y el inicio de la construcción de Hélade[1] como una zona cultural compartida.
Por otro lado, la vida militar era de suma importancia en Grecia y marcó una
gran distancia entre los mundos de vida de Atenas y Esparta. Ambos cultivaban
sus capacidades bélicas, pero hay en ellas una diferencia que sigue apareciendo
en nuestro propio siglo entre las democracias y los gobiernos que pretenden
asemejarse al comunismo espartano. En el segundo capítulo exploro esta
influencia y su papel en la creación de la democracia ateniense. En el tercer
capítulo exploro el maravilloso cultivo de la razón, casi desde los inicios de
Atenas. Se trata de un rasgo distintivo que puso el cimiento de lo que
pretendemos lograr para nosotros en el Occidente, por lo menos desde 1787[2], pero como pasó con los griegos, no todos
coincidimos en el mismo afán de poder compartido entre todos los ciudadanos, y
por esta razón nuestras democracias, e incluso nuestras ciencias y filosofías
son frágiles. Finalmente hago unas reflexiones en que aspiro reunir todos los
hilos separados en una tela más completa y representativa de las contribuciones
griegas.
Veamos los orígenes improbables del milagro griego: al
principio, al sur de la Península Balcánica comenzó a prosperar una pequeña
isla, la de Creta, cuyos habitantes supieron desarrollar la navegación para
comerciar con otras regiones.[3] Hacia el 3000 a. C., la isla se unió
bajo una monarquía fuerte; el período de la grandeza de Creta fue llamado la
Edad Minoica, en honor a su rey Minos. Esta época se extendió hasta
aproximadamente el final del segundo milenio. La civilización cretense se
expandió por las islas del Egeo hasta el territorio europeo, y desarrollaron
una importante red comercial en el Mediterráneo, incluyendo Egipto. Finalmente,
cuando las tribus griegas en el continente habían creado sus propias ciudades,
rebelaron contra la dominación cretense. Una leyenda dice que Teseo, un héroe
ático (es decir, de la zona alrededor de Atenas), puso fin al tributo que
Atenas pagaba a Creta. Los griegos dieron fin así a los siglos de dominio
cretense sobre la tierra firme. Finalmente, alrededor del 1400 a. C. atacaron a
Creta, se apoderaron de la ciudad de Cnosos y destruyeron el palacio.
Probablemente, cuando los comerciantes griegos ocuparon la isla, y sus barcos
se hicieron cargo del comercio, y los cretenses iban perdiéndose gradualmente
el dominio de su espacio.
Esto fue el inicio de la época griega. La zona geográfica
donde habitaron se desarrolló en una extensión que incluiría al final: la
península balcánica, la costa este de Italia, las islas del mar Jónico[4] y del Egeo[5], y las tierras occidentales de lo que
ahora es Turquía.
Esta civilización llegó a ser una de las más importantes
para toda la historia de la cultura occidental, y tiene para nosotros una
perdurable trascendencia política, social, artística, matemática y filosófica.
En el comienzo, al final del segundo milenio a. C. no había nada que distinguía
a Grecia como la cuna de la civilización del Occidente; no había realmente un
pueblo consciente de sí mismo. La península balcánica es montañosa y la tierra
es generalmente pobre para la agricultura. Allí se extendían unos pequeños
reinos, cada uno con su monarca de leyenda; hablaban variados dialectos de un
mismo idioma, pero no tenían siquiera un nombre colectivo para sí mismos.
Compartían una religiosidad común, y se puede decir que lo que unía aquellos
reinos desparramados por los valles de Grecia era un sentimiento de pertinencia
que los distinguía de los “bárbaros” que no compartían sus costumbres, dioses e
idioma.
El origen del nombre propio para este pueblo se ha perdido
en las leyendas. En la Ilíada, Homero llama a las fuerzas griegas que asedian
Troya con tres nombres diferentes: los argivos, los dánaos y los aqueos. Cada
nombre es, de hecho, una designación regional. Después del siglo VIII a. C.
comenzaron a llamarse “helenos”, en referencia a la fábula del rey antiguo de
Pitia llamado Helen. Esta tradición “explica” a las designaciones regionales:
según el mito Helen dio su nombre a las tribus “helenos” colectivamente, y dio
a las regiones los nombres de sus hijos y nietos: nombró a los eolios por
Aeolus, a los dorios por Dorus, a los aqueos por Achaeus (nieto de Helen) y a
los jonios por Ion (otro nieto de Helen) (Smith, s/f).
El término Grecia es más bien de origen romano, y es
empleado hoy en día en los países que tienen un fuerte enlace cultural con este
imperio, como los italianos, los franceses, los ingleses y las zonas de habla
española. Los alemanes refieren a “Griechenland”, los rusos refieren a
“Gretsiya”, pero los que habitan la Península Balcánica hoy en día se refieren
a sí mismos como “La República Helénica”, o “Elláda”.
El pensamiento antiguo
La historia de los helenos se pierde en las brumas de las
leyendas, pero los relatos, pasados oralmente de poeta en poeta por cientos de
años, crea una impresión sorprendentemente coherente. El más famoso
de ellos, Homero, el bardo ciego del sigo VIII a. C., posiblemente nació en
Quíos, en el mar Egeo, cerca de la costa de Anatolia. Su verdadero nombre, como
también el lugar de procedencia, no están claros, pero él está firmemente
situado como el rapsoda, o cantor principal de la antigüedad greca; era el cantor
que supo crear poemas épicos a partir de los muchos cantos dispersos que había
en este entonces sobre el asedio de Troya por los aqueos[6] del final de la Edad de Bronce. En
el primer capítulo de este libro describo su poema, la Ilíada, como una oda de
lamentaciones por las pérdidas de la guerra, pero hay muchas lecturas más que
se le puede dar. Es también una colección de retratos de algunos de los hombres
que pelearon en ambos lados, y una representación de los reyes y héroes que
siguieron a su líder Agamenón a Troya; Homero los examina y enjuicia su
capacidad de mando y valentía.
Homero no cuenta todo sobre el asedio de Troya, sólo una
serie de acontecimientos que duraron menos que un año, de una guerra que duró
diez años, sobre todo canta del guerrero Aquiles. Pero aun así deja entrever la
esencia de la embestida y del carácter de los hombres que participaron en ella.
El poeta ni siquiera cuenta la conclusión de la historia,[7] pero al final esto no importa. Fue
una tragedia para casi todos sus participantes, donde las voluntades humanas y
divinas se chocaron y terminaron produciendo un destino que nadie realmente
hubiera querido. Los hombres se representan como meros juguetes en diversas y
contradictorias voluntades divinas, pero su temperamento, es decir su arete,
es decisivo y sella muchos de los trances del poema. La ira de Aquiles es
causal finalmente, a pesar de los ardides de los dioses.
La invención de la polis
Después del final de la guerra de Troya, y luego, después de
un período que antecede la aparición de historias escritas, los reinos se
convirtieron gradualmente en polis, la denominación de las ciudades/Estado del
mundo heleno luego del siglo VIII a. C. La polis comprendía la
ciudad y un territorio circundante no muy extenso; cada una era una entidad
política autónoma e independiente. Eran rivales entre sí, y, aunque eran
capaces de unirse para repeler a un agresor “bárbaro” como los persas, con
cierta frecuencia se agredían los unos a los otros. Como señala Kitto (1957/
1985s/f): “La polis estimulaba y satisfacía a la vez los más
elevados instintos y aptitudes del hombre [… Era] en su origen una
asociación local para la seguridad común, se convirtió en el centro de la vida
moral, intelectual, estética, social y práctica de un nuevo hombre, aspectos
que desarrolla y enriquece como ninguna sociedad lo hizo antes o después”
(p. 4). Hablamos de este desarrollo en el capítulo dos.
Los helenos desarrollaban reglas de gobierno. En el capítulo
dos describo este desarrollo para Atenas y Esparta. La primera experimentó una
gradual evolución hacia un modelo democrático de gobierno. En el entorno del
Medio Oriente había ciertos antecedentes: hay evidencia de algún grado de
participación ciudadana en el poder por toda la región de Mesopotamia y Armenia
en las Edades de Bronce y Hierro. Sin embargo, es difícil atribuir “democracia”
en el sentido dado por Atenas a estos antecedentes mesopotámicos. Después del
siglo VI a. C. todo ciudadano de aquella ciudad/Estado tenía por lo menos el
derecho de participar en la Asamblea y en los juicios jurídicos.
¿De dónde salió la democracia ateniense? ¿Qué influencias
históricas permitieron a los atenienses pasar de un régimen de reyes a un
sistema de líderes elegidos? En los capítulos dos y tres de este libro exploro
respuestas a estas preguntas, primero desde el punto de vista cívico-militar y
después desde la perspectiva de la intensa cultura intelectual y literaria de
la ciudad.
En Atenas hubo un logro sin precedentes en la historia.
Grandes hombres como Pericles, Sófocles, Platón, Aristóteles, Plutarco y
Demóstenes representan solo algunos de los estadistas, filósofos, dramaturgos,
oradores, historiadores y artistas que florecieron allí en los siglos V y IV a.
C. Llegaron con la efervescencia de la “autorización” cultural de elegir,
discutir, formar opiniones, y sobre todo de dudar de “verdades” que antes no
eran abiertas al cuestionamiento.
La democracia griega no era completa. La ciudadanía era
restringida a los hombres libres y excluía a las mujeres, los esclavos y muchas
otras clases de personas, pero hay que reconocer que representaba una
sustancial amplificación de las bases de poder en Atenas. Además, para quienes
eran considerados ciudadanos, la distribución de su potencial para participar
en todos los asuntos de Estado era bastante igualitario.
Constituyó un enorme adelanto en la política, y esto a su
vez estimuló gigantescos adelantos en casi todo lo que tiene que ver con la
cultura humana: la ciencia, las matemáticas, la tecnología, la filosofía, la
literatura, la arquitectura y las artes plásticas. Debe haber sido –para los
ciudadanos- una época emocionante y llena de esperanza, especialmente en el
siglo V a. C. Tal vez el adelanto más grande de estos tiempos en
Atenas fue descubrir que el mundo tiene reglas más allá de los dictámenes de
los dioses, y que ellas rigen no sólo a la ciencia, sino en el mundo social y
político. La democracia ateniense se basó en la idea que el hombre puede
decidir por sí mismo cómo quiere vivir, sin el dominio de los más poderosos, y
en armonía –sin subordinación- con sus deidades.
La destrucción de la democracia en Atenas
En Atenas el gran destructor fue Alejandro Magno. Pero desde
el siglo VII a. C. los mismos atenienses apoyaban a dictaduras cuando se
frustraban por la inestabilidad económica, o simplemente cuando se encandilaban
por un “hombre fuerte” que les recordaba los héroes de la antigüedad. La guerra
del Peloponeso debilitó la viabilidad de la ciudad/Estado. En el siglo IV a. C.
hubo en Atenas una dictadura terrible, conocido por el nombre de “Los
Treinta", y aunque no duró sino unos pocos meses, la democracia restaurada
era débil y los ciudadanos no salían a defenderla como antes. No oían las
advertencias de su mejor orador, Demóstenes, sobre los peligros que
representaba Felipo, el padre de Alejandro Magno, y en poco tiempo el
experimento ateniense se acabó.
¿Por qué regresar ahora a los griegos antiguos? Porque es
importante entender cómo se pudo desarrollar una civilización tan compleja y
fructífera, casi sin antecedentes en el mundo. Los griegos dejaron los
cimientos de nuestra propia cultura, y plantearon los mismos problemas que nos
toca a nosotros resolver ahora. Todavía tenemos que entender el papel del
héroe, las cualidades que distinguen entre el tirano y el “buen rey” y el
encanto que pueda tener el populista herculino. No diferenciamos los pasos de
la democracia a la tiranía y los procesos para recuperar la autogestión.
Todavía tenemos que comprender cómo pueden existir las agencias personales y
colectivas y cómo normarlas. No hemos resuelto el problema de los grupos
excluidos y el reconocimiento del Otro como un semejante.
Son nuestras tareas para el futuro, pero los griegos nos
dejaron excelentes pistas para abordarlas.
Capítulo I
La Ilíada: una compleja cultura de guerra
Primeras apreciaciones
La historia es un proceso que, aunque no implique
necesariamente progresar hacia vías más humanitarias de convivencia, deja
rastros que pueden ser usados para evitar peligros y que sirven para construir
nuevas soluciones sociales. Los griegos antiguos crearon y recrearon un
ambiente de reflexión sobre temas como la justicia, el gobierno y lo que debe
ofrecer un líder. Podemos ver los inicios de este pensamiento en la Ilíada,
poema épico que narra parte de una espantosa guerra histórica ocurrida en el
Siglo XII a. C., que relata cómo los aqueos (nombre homérico para los griegos)
asediaron la ciudad de Troya con el fin declarado de rescatar a Helena, la
reina de Esparta, cuyo secuestro fue, para sus participantes, la razón obvia
del conflicto.
Más profundamente, se trata de una inquietud sobre la
naturaleza del liderazgo, el valor del heroísmo y soterradamente, sobre la
creación de una nueva identidad cultural.
Con los criterios de hoy, que promueven la eliminación de
elementos culturales que recuerden cualquier pasado de injusticia, rechazando
documentos, películas y monumentos que así lo hacen, la historia va quedando
vacía. Con mi apreciación actual de Homero, encuentro que en la Ilíada se
hallan aspectos profundamente anti-bélicos y humanitarios; se evidencia una vez
más que se deben preservar y analizar los rastros que deja la marcha del tiempo
humano.
Homero cantó la historia de la Ilíada 400 años después de la
batalla que describe. No tenemos conocimiento de documentos escritos
sobre este conflicto de la edad de bronce, sólo la memoria colectiva y
generacional de los rapsodas[8], que quedó plasmada seiscientos años más
tarde en historias, poesías transcritas y obras de teatro. Los poemas orales
transmitieron estas tradiciones mezclando leyendas y mitos, supuestamente sin
añadir mucho de su propia autoría. Los cantores se basaban en lo que oían de
otros trovadores, implicando la propagación continua de los mismos relatos por
diez generaciones, considerando la posibilidad de un promedio de vida de 40
años en ese entonces.
El poeta Homero existió como un individuo con su propia
historia; era un conocido cantor que aprendió los trozos dispersos de las
narraciones poéticas por estas mismas vías de filiación cultural. Aunque no
haya pruebas suficientes para suponer que él sea el autor de todo lo que se le
atribuye, se puede percibir en sus dos obras principales, la Ilíada y la
Odisea, la mano de un poeta virtuoso. Los poemas que nos han llegado en su
nombre fueron copiados, posiblemente a manos de Solón en el Siglo VI, dos
siglos después de su muerte, a pesar de que los griegos ya habían inventado un
abecedario fonético en el Siglo X o IX, doscientos años antes de la vida de
Homero.
Es decir, entre las batallas de Troya y el momento de
transcribir los poemas de Homero, pasaron seiscientos años. Es un lapso de
tiempo equivalente al intervalo entre el siglo XIV, antes del descubrimiento de
las Américas, y el siglo XXI de nuestra era. Los aedos, otro nombre
para los cantores de la poesía y leyendas, tenían que haber gozado de memorias fenomenales.
Claro, era un don apreciado y cultivado en aquellos días, pero recordar, y
repetir los nombres, los parentescos y los detalles de cada actor y evento es
una hazaña histórica impresionante. Fue un recuerdo colectivo, transmitido de
cantor en cantor, de generación en generación y de evocación en evocación.
La Ilíada es más que un collage disperso de
cantos reunidos. En ella uno encuentra el sentido de una obra pensada y
construida, con temas y subtemas en los que las personalidades de los protagonistas
están muy bien desarrolladas. A pesar de que el poema tenga el evidente
propósito de enaltecer el heroísmo de los combatientes, y crear las bases para
una consciencia helénica (o de los “aqueos” antiguos[9]), hay un tema escondido, casi subversivo:
el horror frente a tanta violencia. La descripción de las batallas es pavorosa.
Homero glorifica la reciedumbre y el heroísmo de todos los guerreros
participantes, tanto griegos como troyanos, y lamenta por igual a todos los
muertos.
Uno de las protagonistas más importantes y atrayentes es
Héctor, un príncipe troyano, enemigo de los griegos; es retratado como un gestor
de paz y un amante, hijo, padre y esposo; honrado al mismo tiempo como el mejor
batallador de su reino. La imparcialidad del poeta no es causal, porque no
canta un himno tendencioso de buenos y malos, más bien celebra a la humanidad.
Esto es notable para una obra que siglos más tarde pretendería el estatus de un
texto fundacional para la identidad helénica.
Es necesario rescatar estas contradicciones antiguas, y
apreciar cómo la compasión pueda convivir con el fervor de lealtad al reino. En
estas reflexiones he seleccionado unos momentos claves de la Ilíada,
particularmente aquellos en que el poeta delibera sobre el significado de una
guerra tan violenta, y el papel de los héroes que participan en ella. Analizo
la contradicción entre el afán de heroísmo y el anhelo de paz. Los dioses
también intervenían, y su actuación revela la estructura de los valores y
esperanzas de los mortales. Básicamente, en este trabajo razono
sobre la capacidad para la sensibilidad humana que tiene el guerrero en Homero.
Analizo el papel del poema en la creación de la identidad griega, e intento
crear un acercamiento interpretativo entre la estética y la interpretación
histórica.
Propongo crear una nueva mirada sobre estos tiempos. En
seiscientos años los griegos pasaron de propiciar una guerra cruel de
exterminio, a crear la primera democracia del mundo. Quiero examinar estos
orígenes y ver los atisbos de reflexiones antiguas sobre las ideas de: el
sentido de liderazgo, el valor de la vida humana, la defensa del hogar, la participación
en un proyecto colectivo, la relación de los griegos con sus deidades, y la
creación de un valor helénico que rebasa cada reino “griego” por
separado.
Para ello he organizado estos temas bajo géneros más
amplios: a) las personalidades de los protagonistas en “Algunos personajes”, b)
la contradicción entre el afán del heroísmo y la voluntad de paz en “La guerra
y el anhelo de paz”, c) el sentimiento de sumisión de los héroes a
la voluntad arbitraria de sus deidades en “El papel de los dioses”, y d) la
sensibilidad del ser humano en el contexto de la hostilidad en “La humanidad de
los guerreros” y e) la Ilíada como obra fundamental de la cultura griega en
“Los orígenes de quienes se consideraban ‘griegos’”.
He usado la traducción al inglés de Alexander Pope (1899),
pero cuando la he citado, he traducido las citas al español. El original de
cada cita aparece en inglés en notas numeradas al final del libro. No he
reproducido ni la métrica ni las rimas del original; mis citas en español no
aparecen en forma poética como hizo Pope. En algunos casos he
buscado referencias externas para clarificar algunos puntos.
Algunos personajes
En la Ilíada, los personajes principales han sido muy bien
desarrollados; sus temperamentos emergen en la descripción de sus
conversaciones, en la actuación en el campo de batalla y en la calidad de
relaciones que mantienen con los demás. Brevemente describo algunos de los más
destacados: Agamenón, Menelao, Aquiles y Héctor. Junto a ellos hago breves
referencias a otros personajes que los acompañan como Paris, Príamo, Helena y
Patroclo.
Agamenón y Menelao
En la Ilíada de Homero, Agamenón, el rey de Micenas; es el
comandante máximo de un ejército compuesto por reyes de feudos dispersos de lo
que ahora llamamos “Grecia”. Hay suficiente en la Ilíada para calificar la
personalidad mezquina de Agamenón, quien ha sido el tema de numerosas obras,
como las de Esquilo (458 a. C./sf) y Ovidio (2 d. C. /1998). En el siglo V a.
C, Esquilo escribió sobre el mismo personaje descrito en la Ilíada, en su obra
teatral “Agamenón”; cuenta cómo este personaje sacrificó a su propia
hija para lograr el apoyo de la diosa Artemisa, antes de zarpar con sus huestes
a Troya. Homero no pudo conocer esta obra, pero debe haber tenido acceso a los
mismos cantos que Esquilo escuchó.
En la Ilíada, por momentos Agamenón es un soldado arriesgado
y prepotente, aunque en algunas situaciones huye de la guerra. Suele
ser orgulloso, ambicioso y despiadado, impetuoso, descomedido, avaro y ansioso
de adquirir y mantener el poder. Pero frente a un desafío que no controla, se
convierte en alguien que ruega la ayuda de los demás.
Los reyes feudales, integrantes del ejército de Agamenón, no
se habían reunido para participar en ningún proyecto colectivo antes del
llamado a la Guerra de Troya. El motivo aparente de la acción bélica es
rescatar a Helena, su cuñada y la esposa de Menelao, que Paris, un príncipe
troyano, ha secuestrado (aunque sin la resistencia de la dama). Ahora Paris
vive con Helena bajo la protección de su padre, el rey Príamo en Troya.
Con respecto a Agamenón, podemos suponer que no sólo peleaba
para rescatar a Helena; tenía el ojo puesto en una regencia mayor de poder que
se basaría en su propia dirección de las huestes griegas. Más que rescatar a
Helena, los griegos se unen en respaldo a designios hegemónicos, o por lo menos
culturales, y en la esperanza de poder saquear las riquezas de Troya.
En el comienzo de la Ilíada Agamenón pone toda la guerra en
peligro cuando confisca para él la esclava y amante de su mejor guerrero,
Aquiles, motivando a éste a retirar su apoyo de la causa griega. Después,
cuando pareciera que los griegos iban a perder la guerra, implora la ayuda del
todavía resentido Aquiles. En el Noveno Libro intenta sobornarlo para que
vuelva a pelear a favor de los griegos, ofreciendo incluso adoptarlo como hijo.
Menelao, su hermano, y rey de Esparta, es el esposo
desdeñado de Helena. Está descrito como un guerrero valiente, aunque no es uno
de los grandes héroes. Ha solicitado ayuda a Agamenón para recuperar a su
esposa, pero no pretende guiar el ejército hacia Troya, más bien prefiere
quedar bajo la protección fraterna. El lector tiende a compararlo con Paris
quien es un atractivo seductor que ha ilusionado a Helena. [10] En el comienzo de la Ilíada,
Menelao pelea en la guerra mientras Paris huye a sus aposentos para quedarse
cómodamente con Helena, pero al final, después de las reprimendas de su hermano
Héctor, Paris también sale a defender a Troya.
Aquiles y Héctor
El argumento global de la obra da más importancia a Aquiles.
Desde el inicio, los lectores -u oyentes- están esperando que este príncipe griego
salga de su rabieta con Agamenón, por haberse apoderado de la esclava Briseida,
y comience por fin a defender a los griegos. De hecho, el poeta nos da a
entender que los miles de fallecidos que yacen en las arenas de Troya,
incluyendo a todos los combatientes anónimos, murieron por la negligencia de
Aquiles; si hubiera salido de su tienda antes, para pelear y apoyar a los
griegos, la guerra por supuesto hubiera terminado antes.
En la Ilíada, Homero no hace referencia a la leyenda sobre
su invulnerabilidad divina frente a las armas de sus enemigos, pero describe la
enorme capacidad que tiene como guerrero, y sugiere que hubiera dado la
victoria a los griegos sin tanto sufrimiento. Al final sólo salió para vengar
la muerte de su amigo Patroclo, después que Héctor, un príncipe troyano, lo
mató. Es sugestivo como Aquiles se motiva por sus pasiones personales más que
por la lealtad al grupo. Homero dejó claro que este personaje tenía sus dudas
sobre la prolongada conflagración, cuyo propósito consideraba “privado” y no
helénico, pero quiso participar, y viajó sin coerción desde su pueblo natal
Pitia hasta Troya, como también nos dice el poema, de manera “voluntaria”.
El cantor nos hace sospechar que Aquiles vino en búsqueda de
gloria guerrera, y no para un propósito común, ni para rescatar a Helena, ni
para participar en un proyecto helénico. Este príncipe vino de lejos, del norte
de la península griega, y tal vez no comparta este anhelo de unidad cultural.
Es un guerrero enigmático; en su querella con Agamenón dijo:
“¿Por qué tengo yo que pelear bajo sus órdenes? Los
Troyanos distantes nunca me han molestado… Navegamos hasta aquí, un grupo
voluntario, Para vengar un mal que es privado, no público”….. (p. 13, Nota
1)
Y, sin embargo, cuando Héctor mata al amigo de su infancia,
Patroclo, sale trastornado de dolor a vengarlo.
El príncipe troyano Héctor es un hombre más amplio, casi
–uno podría decir- más actual. Es un soldado formidable, pero detesta la guerra
y desprecia a su hermano Paris por haberla traído a Troya. Es un hijo
respetuoso y un esposo y padre tierno. Es un estadista en el sentido antiguo de
los reinados déspotas, e intenta varias veces negociar las diferencias, o
llegar a acuerdos que no implican tanto derramamiento de sangre. Pero cuando pelea,
Homero lo describe como un “dios”, un hombre capaz de hacer el trabajo marcial
de ejércitos enteros.
“Allí en la carroza resplandeciente brilló el gran
Héctor, como si fuera Marte, encargado de confundir a la humanidad. Antes de él
su gigantesco y flamante escudo, como el ancho sol, iluminó a todo el campo de
batalla; su casco en vaivén emite un rayo líquido; sus filosos ojos pasan por
toda la contienda” (p. 411, Nota 2).
Es el único de los héroes que pelea principalmente
para defender su familia y su ciudad, y lo declara varias veces. A un día de su
muerte aviva a sus compatriotas a seguir luchando en nombre de la familia y los
ancestros:
“Piensa en sus esperanzas, sus fortunas, todo el cuidado
De sus esposas, sus hijos, sus padres: Piensa, cada uno, en la cabeza sagrada
de su padre; Piensa en cada ancestro que ha muerto con gloria; Ausentes, hablan
por mí, por mí piden, Piden de ustedes su seguridad su fama: Los dioses
dependen de esta única acción, Todos están perdidos si ustedes abandonan el día”
(p. 462, Nota 3).
Al final, con Héctor muerto, los griegos se enganchan en un
perverso apetito de pillaje, destrucción y depredación contra Troya.
La guerra y el anhelo de paz
Desde el cuarto libro la Ilíada es casi un poema
anti-bélico. No hay cómo leerlo sin comenzar a sentirse agobiado y abatido
debido a tanta muerte porque Homero crea imágenes terribles de adversarios
bañados en sangre, como éste en el último día de batalla cuando los troyanos
llegan finalmente a los barcos griegos:
“Por esto en armas se levantaron las naciones en guerra,
Y bañaban sus generosos pechos con sangre mutua. No hay espacio para equilibrar
la lanza o doblar el arco; Pero mano a mano, y de hombre a hombre, crecen en
número: Heridos, ellos hieren; y buscan el corazón del otro Con falquiones,
hachas, espadas y dardos acortados. Suenan los falquiones, suenan los escudos,
suenan las hachas, Las espadas brillan en el aire o brillan en el suelo; Con la
sangre que fluye, las orillas resbaladizas se tiñen, Y los héroes masacrados
aumentan la terrible marea…. (p. 470, Nota 4).
El bardo canta a algo más grande que la gloria,
también denuncia el salvajismo de la batalla. Son hombres que tienen que perder
cualquier vestigio de consciencia de que el enemigo también tiene humanidad.
Para sus oyentes Homero despierta algo entre horror y piedad. Se trata de un
registro interminable de encuentros mortíferos entre los héroes griegos y
troyanos, descritos en doloroso detalle. El poeta nombra a cada jefe fallecido
-en muchos casos señala también los padres, esposas e hijos que quedarán para
llorar sus muertos-. Es frecuente que describa las heridas con gran lujo de
detalles anatómicos, de manera que el lector -u oyente- pueda sentir compasión
por los héroes perdidos:
"[Diomedes/Tideida] habló, y al levantarse arrojó su
fuerte dardo, Lo cual, impulsado por Pallas [la diosa Atenea], atravesó una
parte vital; Completo en la cara [de Anchises] ingresó, y entre La nariz y el
globo ocular …; Chocó todas sus mandíbulas y le abrió la lengua…. Se cae, su
casco golpea el suelo: La tierra gime debajo de él y sus brazos resuenan;”
(p. 150 – Nota 5).
En este caso Tideida no muere: para suerte de él,
era el hijo mortal de la diosa Afrodita, y ella interviene, salvando a su hijo,
aunque ella misma quedara lastimada en la mano. Regresaremos luego al papel de
los dioses en esta contienda, pero en este trozo ya vemos que las diosas
Atenea/Pallas y Afrodita eran “enemigas” y participantes activas en el
encuentro entre los humanos Diomedes/Tideida y Anchases.
Los guerreros más heroicos son los que obtienen más
víctimas. Rossman (5/10/2017, p. 44) hizo un análisis sobre estas masacres;
encontró que, si medimos la heroicidad de los personajes por el número de bajas
producidas por los combatientes principales, tenemos la jerarquía en la Tabla
I.
Sin embargo, Homero lamenta a todos los muertos. Canta
a la pérdida de su juventud, deplora que no verán más a sus familias, y a la
pérdida que sentirán sus familiares que los aman: “¡Lamentada juventud! en
la primera floración de la vida cayó…. “ (p. 525, Nota 6)
Tabla I
Muertos atribuidos a cada héroe
|
Nombre del Héroe |
Número de muertos que causó |
|
Patroclo |
54 |
|
Diomedes |
33 |
|
Héctor |
29 |
|
Aquiles |
24 |
|
Odiseas |
18 |
|
Ajax el Mayor |
16 |
|
Teucer |
16 |
|
Agamenón |
12 |
El guerrero y el dolor
La guerra se llena de rituales y opulentas pompas de
batalla. Los caballos son hermosos y bien cuidados (comen “ambrosía”), y la
armadura de los héroes brilla en el sol. La que el dios Vulcano hizo para
Aquiles, para reemplazar a aquella que Héctor despojó del cuerpo de Patroclo,
fue descrita sublimemente en múltiples versos por el bardo en el decimoctavo
libro. Los demás guerreros también llevan armaduras y relucientes carros de
lid. Toda esta parafernalia da un resplandor al combate que oculta las tripas y
sangre que cubren el campo de batalla.
“Fijados sobre un punto ellos pelean, y heridos,
hieren, Un torrente de sangre impregna la tierra fétida: Sobre los apilados
restos de los griegos, desangraban los troyanos, Y aumentándose alrededor,
suben los cerros de los muertos” (p. 528, Nota 7).
El lector moderno rechaza tanta agonía. El poeta
también lamenta las matanzas, aunque enaltezca y honre la braveza y el valor de
los combatientes. Celebra los héroes de los dos lados y deplora tanta pérdida.
Estas tres citas dan testimonio de sus sentimientos; el primero y el tercero
son lamentaciones de en la voz de Homero como relator poético. El segundo
aparece en la voz de Néstor, el viejo y sabio consejero de los griegos cuando
pareciera que ellos están perdiendo la guerra:
“La guerra sigue, los adversarios sangran otra vez Como
lobos lanzasen sobre sus víctimas El hombre muere debido al hombre, y todo es
sangre y rabia.” (p. 131, Nota 8).
“Maldito es el hombre, Y carente de ley y derecho,
inmerecido de propiedad y luz, Aquel desgraciado, aquel monstruo que se deleita
en la guerra” (p. 264, Nota 9).
“Y así peleó cada ejército, encendido con la sed de
gloria Y multitudes y multitudes murieron en triunfo” (p. 134, Nota 10).
Esta última cita habla por todo el poema: “murieron en
triunfo”. Allí están todas las grandes contradicciones de la
epopeya. Los miembros de cada ejército pelean para conseguir “gloria”, y aunque
mueran, saben que un héroe que muestra gran destreza, impulso, reciedumbre,
dinamismo, y coraje entrará en las leyendas para siempre. Con contadas
excepciones no pelean por odio, en realidad, los héroes más potentes de ambos
lados se reconocen como iguales (excepto Aquiles), y existe entre ellos una
especie de respeto mutuo, una cofradía de hombres superiores. Cuando Áyax y
Héctor combaten entre ellos dos, en un esfuerzo fallido para decidir cuál lado
terminaría ganando toda la guerra, luchan terriblemente por un tiempo hasta que
los “ministros”, o referees, llaman a un descanso (realmente una conclusión de
la lucha) porque se acerca la noche. Hasta el momento de esta solución, cada
uno de los dos ha estado intentando matar al otro, pero ahora, con la más
grande cortesía, el troyano Héctor le dice a Áyax:
“O, más grande de los griegos….Quien el cielo
engalana, el que es el coloso de su pueblo, con fuerza de cuerpo, y con valor
de discernimiento, Ahora la ley marcial nos exige interrumpir, Más tarde nos
encontraremos en guerra gloriosa, En un día futuro continuaremos con el
acometimiento” (p. 222, Nota 11).
Inclusive intercambian regalos. Es el lenguaje de cortesía,
de la diplomacia de la guerra, pero además es la apreciación de la
correspondencia de roles paralelos, de las reglas de caballeros encontrados en
un rito cultural que todos conocen y aceptan.
La lógica última para un militar es la protección de su
propio reino y sus gentes. Héctor, expresando lo que considera las razones para
participar en la guerra, y en medio del asalto final a los barcos griegos,
grita:
“El hombre valiente, aunque pierda su vida, Puede con
esto salvaguardar a su nación y dejar libres a sus hijos” (p. 461, Nota
12).
No hay cómo negar la saña que también influye, sobre
todo cuando al final pareciera que los griegos van perdiendo. Peneleo el
griego, tras matar a Ilioneo, se jacta del dolor que acaba de causar a quienes
lo amaban:
“Troyanos, ¡Miren a su gran Ilioneo! Corran a su
padre a decírselo: que sus altos techos resuenan con el dolor descomunal, Que
las noticias dolorosas lleguen al oído de su madre, Tal como en la casa triste
de[del griego] Promancius conocerán cuando, victoriosos, regresemos a Grecia….”
(p. 438, Nota 13).
Todos los guerreros tienen padres, madres, esposas,
hijos y hermanos; son amados y quieren a sus familias. A Homero le duelen las
pérdidas de ambos lados, pero expresa las pasiones naturalmente desbordadas en
la batalla en boca de sus combatientes, sobre todo en los momentos más
dramáticos de las contiendas. Es la contradicción del mundo castrense: desear
la vida, querer regresar al hogar donde está la familia de cada uno, y al mismo
tiempo desafiar -aun provocar- a la muerte. Después de ver a sus compañeros
abatidos, el combatiente puede olvidarse de los protocolos y regocijarse al
ultimar a un enemigo.
La amistad
Con frecuencia los soldados vienen en pares de amigos
o familiares. La amistad entre Aquiles y Patroclo es legendaria, y la muerte de
éste es lo que provoca a Aquiles a salir a vengarlo, así dando la victoria
final a los griegos. Entre los más célebres amigos están Áyax el Grande y Áyax
el Menor; Meríones e Idomeneo; Sarpedón y Glauco (primos), y curiosamente
Diomedes y Glauco. En este último caso el primero es griego, y el otro es de
Licia y pelea al lado de los troyanos. En el sexto libro los dos se dan cuenta
que sus ancestros eran amigos y por esto intercambian escudos y juran no
lastimarse en el campo de batalla.
Son afectividades que constituyen importantes
contrastes con las exigencias nefastas de la batalla porque son expresiones de
amor y quebranto, pero el calor de la batalla normalmente conduce a la sed de
venganza. Aquí Héctor ve muerto a su hermano Polidoro.
“Cuando Héctor vio, horriblemente ensangrentado, el
tristemente abatido Polidoro, Una nube de congoja apagó su mirada. Su alma
ya no toleró pelear desde una distancia prudente y corrió hacia Aquiles, frente
a frente, y sacudió su jabalina como si fuera un fuego sinuoso” (p.
610, Nota 14).
El despilfarro final
Una y otra vez los Troyanos ofrecen un tratado de paz;
proponen devolver las riquezas que Paris robó a Menelao, algo más de tributo, y
la posibilidad de enterrar a los muertos. Los griegos aceptan el descanso para
los funerales, pero rechazan la oferta de paz. Grita Tideida:
“O, no acepta la oferta de riquezas, amigos, ni si
devuelvan la dama espartana, ustedes serán defraudados de su fama. Por medio de
la conquista agarraremos estas cosas, Troya ya se desmorona, El destino sacude
sus murallas” (p. 226, Nota 15).
Es el comienzo del ocaso. Los griegos ya no pelean por
su honor, ni siquiera por la dignidad de Menelao. Ahora pelean por la
posibilidad de saqueos.
La muerte de Héctor
Las muertes de Héctor y de Aquiles están
predestinadas. Muchos griegos han intentado acabar con Héctor, pero el poeta (y
el dios Jove) sabe que éste morirá solamente a manos del ídolo infame, el
superhombre Aquiles; y para que esto ocurra, Aquiles debe salir de su rabieta
con Agamenón. Nadie más puede triunfar sobre Héctor; entre muchos otros, Teucer
lo intentó, y lo hubiera logrado si no hubiera sido por la intervención divina.
Héctor está protegido hasta que haya eliminado a Patroclo y confrontado a
Aquiles:
“Una vez más el intrépido Teucer, en el nombre de
su país, Apuntó una flecha hacia el pecho de Héctor: … Pero Héctor no estaba
designado a morir todavía: El todo-sabio mediador (Jove imperial) demora su
fin; No iba a tener Teucer tal gloria. Jaló hacia atrás el cerdo, Pero fue
abatido por un brazo invisible y se rompió en dos; hacia abajo cayó el arco, y
su chapitel dorado se desplomó inocente, sobre el polvo y quedó inerte. El
arquero sorprendido, grita: “Un dios impide nuestro empeño: un dios que
favorece al enemigo troyano” (p. 459 Nota 16).
Ni Teucer ni nadie lo puede lograr, por lo menos por
un día más: “Y Jove demoró la muerte que iba a tener que pagar, Y dio lo que
el destino permite: ¡los honores de un día más!” (p. 465, Nota 17).
Finamente Patroclo, vestido con la armadura prestada
de su amigo Aquiles, sale al encuentro de Héctor; el príncipe troyano lo
aniquila, pero en su agonía final Patroclo le dijo lo que todos sabemos:
... suena tu muerte; hombre necio, Serás
pronto como yo; El destino negro te arropa, y tu hora se acerca; Incluso ahora,
en el último límite de mi vida, al verte en pie, Te veo caer, y por la mano de
Aquiles " (p. 510, Nota 18).
Héctor tiene miedo, pero también es muy osado. Se
viste con la misma armadura de Aquiles, la cual había confiscado del cuerpo
muerto de Patroclo, y proclama: “Héctor brillará en la armadura del
orgulloso Aquiles, Apropiada del cuerpo de su amigo, por derecho mío de
conquista” (p. 520, Nota 19).
Es sumamente difícil llevar las noticias a Aquiles, de
ambos lados se disputan el cuerpo de Patroclo. Los griegos se enfurecen porque
Héctor ya se adueñó de la armadura de Aquiles. Al saber de la muerte de su
amigo, Aquiles se tira al piso, se revuelca en las cenizas de la fogata, y
todas las mujeres cercanas se aproximan preocupadas. En estas batallas los
guerreros carecen de la generosidad espiritual que les permitiría contemplar
las muertes como sacrificios trágicos. Sólo el poeta es capaz de esto. Los
soldados no pueden exigir que la larga y ensangrentada guerra termine por el
bien de todos. Aquiles grita: “¡Patroclo muerto!”
“Aquiles odia vivir. Déjame vengar este muerto
sobre el corazón del presuntuoso Héctor, Que su último espíritu calcinarse
sobre mi dardo; Sólo en estas condiciones podré respirar: pero hasta entonces
Tendré vergüenza al caminar entre los hombres” (p. 549, Nota 20).
Aquiles, cuando se recupera, pacta con Agamenón su
regreso a la pelea, recibe por medio de su madre divina una nueva armadura
hecha por el dios Vulcano especialmente para él, y sale a batallar con Héctor,
a sabiendas que su propia vida está también condenada. Grita:
“Conozco mi destino, a morir y nunca más ver Mis
amados padres y las orillas de mi tierra nativa – Suficiente – cuando el cielo
ordena, me hundo en la noche” (p. 591, Nota 21).
Aun siendo un héroe condenado por el destino -como
todos los demás-, Aquiles no suscita ni la admiración ni la compasión del
lector moderno. No es una figura atrayente. Si antes fue rencoroso, ahora es
bestial. No hay remordimientos para esta criatura de violencia y destrucción.
Después de un fracasado primer intento de matar a Héctor, extermina sin
miramientos a cualquier troyano que tiene a su alcance, algunos de estos, muy
jóvenes, piden misericordia.
“Por doquier, ruge el torrente: Así arrolla el
héroe las playas arruinadas; Todo alrededor suyo se derrama en destrucción Y la
tierra se empapa con lluvias de sangre…. [Luego] Por encima de la escena
Aquiles se levanta, Todo sombrío de polvo, todo horrible en vísceras y crúor;
sin embargo, aún está insaciable, todavía arde su rabia; Así es la incesante
lujuria de fama” (p. 613, Nota 22).
Los troyanos espantados se retiran tras sus muros,
todos menos Héctor. Príamo, su padre, implora que regrese a la ciudad, pero
Héctor se mantiene firme a la espera para confrontar a Aquiles. Príamo ruega a
Héctor:
“Ten compasión para mí, O mi hijo, ¡ten reverencia
para las palabras de la vejez y oye los ruegos de un padre! Si alguna vez te
estreché en mis brazos, O calmé tus llantos en mi pecho; Ah, no
ignores nuestros años desamparados, pero resistas el enemigo desde dentro de
nuestros muros, Si procedes solo contra su rabia, Desangrarás (pero ¡que el
cielo lo evite!)” (p. 645, Nota 23).
Héctor reconsidera sus alternativas. Puede entrar y
salvarse o puede quedarse a pelear. Si se queda fuera de los muros tiene estos
dos posibles desenlaces: sobrevivir la confrontación con Aquiles y salvar su
ciudad, o sacrificarse por la misma causa. “Siento que este desacierto [de
huir] resultará en la masacre de mi gente. Pienso que oigo la voz de mi patria
que sufre” (p. 647, Nota 24). Héctor no carece de sueños de
gloria, pero, antes que nada, primero es el guardián de su ciudad y su pueblo.
También piensa en la posibilidad de negociar un pacto con Aquiles, pero Héctor
no confía en él. Ya en el último momento Héctor ve que su enemigo
está a punto de atacarlo, y termina huyendo, lo hace corriendo tres veces
alrededor de la ciudad, hasta que de súbito los dos se confrontan. Héctor,
habiendo perdido su lanza y viéndose acabado, dice: “La muerte y el negro
destino se acercan! Soy yo que debe sangrar” (p. 654, Nota 25). Héctor
muere, pero Aquiles no acata las mínimas normas de la guerra: tras su carro de
guerra arrastra el cadáver por todos los campos de Troya frente a los ojos de
la familia y los demás troyanos. Luego deja el cuerpo del príncipe tirado sobre
la tierra, sin sepultura, y regresa al campo de los griegos para organizar
enormes rituales funerales en honor de su amigo Patroclo.
Su dolor es grande, a solas llora a Patroclo. Cae agotado
sobre la playa y sueña con él. En su sueño Patroclo repite la profecía
advirtiendo que Aquiles también morirá en las playas de Troya: “Cuando las
llamas del funeral asciendan, nuca más se encuentran Aquiles y su amigo;…El
mismo destino preordinado, que a mí me ha esperado desde mi nacimiento, te
espera también a ti ante los muros de Troya. Aun tú, tan semejante a un dios,
estás condenado a hundirte” (p. 671, Nota 26). Patroclo pide que cuando
esto ocurra, sean enterrados los dos en el mismo sepelio. Aquiles se despierta,
asombrado por la presencia tan real de su amigo muerto: “Es cierto que el
hombre, aun muerto, retiene Parte de sí mismo, la mente inmortal se queda, La
forma subsiste sin la ayuda del cuerpo… Mi amigo es mi camarada de siempre,
vino tal como era en vida. ¡Alas! Tan diferente y al mismo tiempo tan
permanente” (p. 672, Nota 27).
Los griegos preparan unos suntuosos y díscolos
funerales para Patroclo en los que sacrifican tanto a bestias como a doce
presos troyanos (que sólo consideran ofrendas, sin ninguna prerrogativa como
soldados). “Entonces al final, ¡demasiado horrible para contarlo, Sacrificio
triste! Doce cautivos troyanos cayeron sobre el fuego voraz (p. 676,
Nota 28). El ritual demanda también la preparación de un festín, una
carrera de caballos, competencias de lucha libre y de tiro al arco. ¡Terminan
pelándose por quien haya ganado las competencias! Los premios son diversos:
caballos, envases de oro y esclavas, y Aquiles no se priva de recitar lo que
valen, como un anfitrión que tiene que jactarse de los precios de sus regalos.
Es una conmemoración y una solemnidad para honrar a Patroclo, pero igualmente es
un descalabro macabro.
Por otra parte, el dolor y la piedad no se extienden
todavía al cuerpo sin vida del príncipe Héctor, su cadáver yace sin protección
en el campo de batalla hasta que Aquiles lo arrastra al campo de los griegos.
Tienen que ser los dioses Afrodita (Venus) y Febo (Apolo) que de nuevo
intervienen y cuidan su cadáver de los perros salvajes y los buitres. El dios
Apolo se queja de la conducta de Aquiles, lo compara con una bestia que por
dondequiera asesina sin discriminación, que extermina “…con alegría salvaje,
que invade todo y respira sólo para destruir…. Repugna la suerte de toda la
humanidad” (p. 709, Nota 29). Y termina diciendo que Aquiles “viola
las leyes humanas y divinas (p. 710. Nota 30).
Los dioses pactan un encuentro entre Príamo y Aquiles. El
rey de Troya debe ir solo – únicamente con un sirviente también viejo-, en una
carreta de mulas cargado de regalos para recuperar el cuerpo de su hijo. Va
aterrorizado, pero se encuentra en el camino con el dios Hermes, quien le trata
con respeto y cariño. Le dice: no permitas que tu alma se encoja de
miedo; De mí parte ningún daño tocará su cabeza venerable; De los griegos te
protegeré, también, porque dentro de sus campamentos brilla la imagen viviente
de mi padre” (p. 724, Nota 31). Pero le advierte también que al día
siguiente Grecia atacará los muros de Troya.
Hermes deja a Príamo en la tienda de Aquiles. El
encuentro entre los dos revela una faceta totalmente distinta de este héroe. De
repente ve a Príamo como un padre, como el suyo propio. “Ahora, por turnos
[los dos] experimentaron el flujo de dolor; y ahora las dos mareas se juntaron;
Uno el padre y otro el hijo que deploran [su destino]. Pero para Aquiles son
pasiones agregadas. Ahora llora por su padre y luego por su amigo. Un
recogimiento contagioso corre por los héroes; Un diluvio ilimitado comenzó. Lo
sostenían como héroes, pero lo sentían como hombres” (p. 732, Nota 32).
Aquiles es capaz de emociones generosas y abiertas,
aunque sólo en sus relaciones más íntimas. Amaba a Briseida (la esclava que
causó la rabieta con Agamenón), y Patroclo, el amigo de su infancia. Amaba a
los familiares que dejó en Pitia, especialmente a su padre, y en el encuentro
intenso en su tienda con el rey troyano lamentó que no los iba a ver más.
Pero es implacable; aun relacionándose tan de cerca
con Príamo, no se le ocurre pensar en una negociación para terminar con la
hemorragia de muertos en ambos lados. Aquiles le da a Príamo un lapso de doce
días para las celebraciones funerales de su hijo. Luego se entiende que Troya
caerá, aunque Aquiles antes haya expresado sus dudas sobre las razones para
pelear (“Los Troyanos… nunca me han molestado… Navegamos... Para vengar un
mal que es privado…”-(ver nota 1). Son concesiones estremecedoras; han
llorado juntos como hombres, pero Aquiles no ha podido superar la barrera del
odio que da la guerra. El conflicto debe seguir hasta sus últimas y trágicas
consecuencias porque ella es inevitable. No hay contacto humano que pueda
cambiar esta miseria y esta fatalidad. Príamo pasa parte de la noche en la
tienda de Aquiles y luego regresa a Troya.
El contraste entre los funerales de Héctor y Patroclo
no podría ser más grande. Los Troyanos cumplieron los ritos de la cremación y
concluyeron sus actividades en dignidad y dolor. Y así termina la Ilíada. El
resto lo sabemos: Troya cae, Paris mata a Aquiles, los habitantes de la ciudad
mueren o se convierten en esclavos, y los griegos que sobreviven regresan a
casa. Homero canta los eventos de una historia, pero, como excelente
dramaturgo, también deja abierto el desenlace.
El papel de los dioses
Los dioses no están de acuerdo entre sí. Algunos de ellos
permanecen fielmente a favor de los griegos; otro grupo apoya invariablemente a
los troyanos, y mientras tanto otros dioses cambian de bando. Homero canta
sobre cómo Apolo protege a los troyanos mientras Atenea aviva a los griegos:
“Apolo, así desde las torres altas de Ilión, Preocupado,
eleva los poderes troyanos, Mientras que la diosa feroz [Atenea] da bríos a…
los griegos, y grita y truena sobre los campos…” (p. 157-158, Nota 33).
Aunque Jove/Júpiter es el máximo regente de todos, con
frecuencia los demás se quejan de sus órdenes. Por ejemplo, cuando Jove manda a
la diosa Iris con un mensaje a Neptuno para que deje de apoyar a los troyanos,
él contesta:
¿Qué quiere decir el engreído soberano de los
cielos? (El rey de los mares, así, furioso,
contesta); Que mande como quiera su reino allí arriba; No soy un
dios avasallado, ni soy de su séquito” (448, Nota 34).
Neptuno termina obedeciendo, pero a regañadientes. En el
curso de la épica muchas deidades se rebelan contra el jefe de los cielos, pero
ellos terminan aceptando su poder, aunque la voluntad del soberano de los
firmamentos sea vacilante. En el comienzo de la Ilíada Jove/Júpiter y Atenea
prometen la victoria a los griegos, y Apolo y Marte respaldan a los troyanos.
Afrodita/Venus protege a su hijo (mortal) troyano. Pero el apoyo de Jove es
inestable: ofrece y luego retira su protección en un vaivén que confunde a los
griegos, e inclusive, a veces apoya a los troyanos. En el Octavo Libro ordena a
todas las deidades a abstenerse de intervenir más en la guerra, pero sin mucho
éxito, en parte debido a la insubordinación de los demás dioses. Para los griegos
esto parecía la quiebra de su promesa de victoria sobre los troyanos que les
había dado antes. A veces Jove comienza el día apoyando a un bando, y ya para
el medio día apoya al otro, como en el decimoprimer libro, al principio apoya a
Agamenón, el rey griego, y luego da consejos estratégicos a Héctor, el troyano.
Finalmente vuelve a apoyar el lado griego. Es como un gato jugando con un par
de ratones; aquí aparece ayudando a Héctor:
“La diosa [Iris dijo] entonces: ‘¡O hijo de Príamo,
oiga! Vengo de Jove, y traigo su alto mandato. Mientras Agamenón desgaste sus
legiones, y pelea en el frente, y baña la tierra de sangre, Absténgase de
pelear, pero al mismo tiempo dispóngase de sus huestes, y confíe la guerra a
manos menos importantes; Y entonces cuando el rey esté herido con una lanza o
un dardo, El montará en su carroza y se alejará, entonces Jove le dará a usted
fuerza para su brazo y su pecho” (p. 321, Nota 35).
Inclusive, permite a su hijo mortal, Sarpedon, morir a
manos del griego Patroclo. Jove lo quería salvar, pero su muerte estaba
predestinada, aunque no está claro el origen de esta fatalidad. Jove lamenta:
“La hora se acerca y los destinos ordenan, Mi hijo, que
es semejante a un dios, caerá sobre la planicie de Frigia[11]: Allí sobre
la cúspide de la muerte está, su vida está en las manos feroces de Patroclo.
¡Que pasiones debatan en el pecho de un padre! ¿Lo salvo de su destino
pendiente, y lo mando seguro a Licia? ¿O condeno a mi más valiente hijo?
(p. (492-493, Nota 36).
La predestinación es confusa en la Ilíada. Mueren tantos, y
los dioses intervienen a veces. Jove interviene por ratos en ambos lados, pero
algo le impide salvar a su hijo. Contempla hacerlo, pero, su esposa (y hermana)
le dice que no es posible.
“Corta es la fecha dispuesta para el hombre mortal.
¿Puede Jove por uno sólo extender el tiempo autorizado, Cuyos límites eran
fijados antes del comienzo de su raza?” (p. 493, Nota 37).
Jove ordena a Febo/Apolo que lleve el cuerpo sin vida de
Sarpedon a su Licia natal para ser atendido y sepultado con reverencia allí. Y
mientras tanto ordena la caída de Patroclo, su verdugo. La voluntad de los
dioses es insondable.
“El dios que da, organiza y ordena todo Te animó, y te
apoyó para verte caer” (p. 503, Nota 38).
Este zarandeo celestial puede tener una explicación: en el
tiempo que Homero describe en la Ilíada, los griegos no siempre tenían éxito.
Si Jove hubiese sido constante en su apoyo, habrían ganado la guerra en poco
tiempo. Suponiendo cierta veracidad histórica en el relato, el poeta tiene que
recurrir a cambios en la voluntad divina para explicar las dificultades de
ambos bandos en el campo de batalla.
No son simples espectadores. Intervienen activamente como
haría un público indisciplinado en un juego de fútbol. Dan fuerzas especiales a
los héroes de su predilección e, inclusive, a veces se montan en las carrozas a
pelear físicamente en el campo de batalla, como cuando Marte ayuda a los
troyanos precipitando su lance sobre Diomedes/Tideida. En este encuentro la
diosa Palla/Atenea interviene a favor del griego, lo salva y en el proceso ella
hiere a Marte. El dios, sin embargo, es inmortal, puede sufrir dolor, pero no
morir. Lamentándose, sube al cielo y allí le sanan.
“El dios [Marte] se lanzó sobre Tideida, Ahora apurados,
feroces, ¡iguales!, ¡El griego atrevido y el horrible dios de la guerra! … Del
brazo de Marte el arma enorme salió: [la diosa Palla/Atenea] interpuso su mano
y la desvió… Entonces [Tideida] lanzó su jabalina que siseó por el aire; la
diosa la alentó: Penetró al dios debajo de la cintura de su armadura…. Marte
grita del dolor…. Y el dios asciende desde el combate, Alto sobre el torbellino
oscuro hacia el cielo. Enloquecido con el dolor buscó su hogar brillante, y se
sentó debajo del padre de los dioses, Le mostró su sangre celestial, y
lamentándose, expresó sus quejas ante el trono inmortal” (p. 176, Nota 39).
Marte, sabiéndose inmortal, se junta a la batalla y mata a
los mortales que él considera enemigos. La distinción entre los dioses y los
héroes mortales es débil: casi lo único que los separa es el poder milagroso de
los dioses y la mortalidad de los hombres.
Se puede decir que los hombres son los títeres de los dioses
porque éstos son los que deciden si van a precisar la puntería de sus lanzas, o
en cambio, si sus disparos van descarriar, para salvar al guerrero a que
quieren proteger. Ellos forman una estructura explicativa para los eventos: por
medio de ellos los héroes mortales pueden entender por qué algunos se salvan y
otros pierden. Los dioses son las fuerzas que impulsan a los mortales a
defender su ciudad –o sitiar una población ajena-. Actúan como los motores aparentes
tras el anhelo del poder de los reyes; diríamos hoy, funcionan como
proyecciones interpretativas de los deseos humanos. En la siguiente cita los
griegos, que antes iban ganando la guerra, ahora se sienten incapaces de
defender la fortaleza en la playa que protege sus barcos, y Menelao explica lo
que sienten como una inminente derrota así:
“No hay que culpar a Grecia, Las armas son su quehacer, y
la guerra es cosa suya. Sus héroes vigorosos de las bien batalladas planicies
No se retrasan debido al miedo, ni por el ocio: ‘Es el cielo, ¡Alas!, y la
calamidad [enviado por] Jove, el todo poderoso, que [abandonados] aquí, ¡lejos
de nuestras casas, Desata nuestra caída ingloriosa!” (p. 388, Nota 40).
Y Paris, quien ha salido a combatir después de las críticas
de su hermano Héctor, se defiende ahora, pero también dando a los dioses el
crédito de sus éxitos en el campo de batalla:
“Entonces Paris dijo: ‘Mi hermano y mi amigo, su
impaciencia cálida hace que su lengua ofende. En otras batallas yo merecía su
crítica, aunque no carecía de hazañas ni era carente de fama: Pero desde
entonces he esparcido mortandad con mi arco fatal…. Lo que puedo hacer con este
brazo, prepárate a saberlo…. Pero no se debe a nosotros, combatimos con fuerzas
que no son nuestras: La fuerza pertenece sólo a los dioses” (p. 410, Nota
41).
La idea que los hombres podrían decidir su porvenir
vino mucho después. De hecho, los griegos en Atenas asomaron esta
posibilidad seiscientos años después. En el periodo entre el siglo XII a.
C. hasta el siglo VI a. C. hubo cambios sísmicos para la civilización mundial.
En la edad de bronce y en los tiempos del sitio de Troya, los griegos se
sentían totalmente controlados por una invención de su propia hechura cultural,
es decir, su panteón de dioses. Seiscientos años más tarde en el tiempo de
Solón (el primer mandatario que pensó en la necesidad de una constitución para
gobernar a Atenas), los atenienses se declararon dueños de su propio destino y
emprendieron el camino hacia la primera democracia del mundo. A pesar de esta
nueva liberación, no abandonaron totalmente su fe en los dioses, ni después de
Solón. De hecho, Sócrates fue condenado a la muerte debido a su confianza en el
poder de la razón, en parte porque los conservadores de su tiempo lo consideraban
“impío”.
La humanidad de los guerreros
Los héroes también tienen familia: padres, esposas e hijos.
La despedida entre el príncipe troyano Héctor y su esposa Andrómaca está llena
de tiernos detalles, como cuando su hijo se asusta al ver al padre con el casco
de guerra lleno de ornamentos brillantes, y Héctor, dándose cuenta del
problema, se lo quita para poder abrazar al bebé. Andrómaca le pide a Héctor
quedarse, pero él, pensando en el destino de su familia si Troya no sobrevive,
ve su obligación en el campo de batalla.
“El bebé se agarró al pecho de la nodriza, asustado por
la cresta del casco. Los dos padres sonrieron con placer oculto, y Héctor se
apuró para calmar a su hijo, y desamarró el casco reluciente de su cabeza, y lo
puso en el piso; Entonces besó al niño; y lo levantó alto en el aire, Así para
ofrecer una plegaria de padre” (p. 204, Nota 42).
Toda esta escena es una preparación para la muerte de
Héctor. Homero quiere dejar en claro que no era sólo un héroe; era también una
persona valiosa y amada. Pero los valores marciales permean el ambiente. En su
plegaria desea que el hijo crezca fuerte y se convierta en un guerrero más
valiente aún que su papá.
Héctor lamenta la guerra y teme, tanto el destino de Troya
como aquel de su familia que será capturada y empleada como esclavos. Él busca
una solución que primero es pactada por los dioses Apolo y Minerva. Tendrá la
responsabilidad de retar al griego más fuerte a un duelo que decidirá el
porvenir de la guerra, en donde habrá una sola víctima más. Él sale al campo de
batalla y grita:
“Ustedes, entonces, O príncipes griegos, aparezcan; Habla
Héctor, y les llama también a los dioses a oír: De todas sus tropas,
seleccionen al guerrero más temerario, Él y Héctor se atreverán a confrontarse”
(p. 212, Nota 43).
Al principio nadie se levanta. Entonces lo hace Menelao,
pero su hermano lo convence que tiene que haber un soldado más fuerte que él.
Los griegos seleccionan a Áyax; ya hemos descrito como la batalla termina
debido a la caída de la noche. Y luego, la despiadada guerra continúa.
Aunque todos lloran sus muertos, Héctor es el más sensible
de todos los combatientes.
Los orígenes de quienes se consideraban “griegos”
Los griegos que acuden a Troya provienen de lugares
esparcidos por todo lo que ahora llamamos Grecia. Aquiles y Patroclo
vienen de Pitia en el noreste, pero en general los combatientes vienen del sur:
a) el viejo Néstor es el rey de Pilos, b) Menelao es el rey de Esparta, c)
Agamenón es el rey de Micenas, d) Odiseo es de Ítaca y f) Diomedes/Tideida
proviene de Argos. Esta dispersión de orígenes señala una diversidad de tribus
-eolios, dorios, aqueos y jonios y otros[12], y Homero canta las hazañas de todos;
canta y conjura a un lugar en construcción cultural: él de los aqueos es un
término que comienza a referir a todos porque todavía no se usaba “Helenos”
para referir a los habitantes de la península, las islas y las colonias de
Anatolia. En el Siglo XII a. C. ellos concurrieron en defensa de algo que
rebasaba el rescate de Helena: están en el proceso de definir un territorio que
tiene un significado compartido en relación a los reinos circundantes.
Ya había algo de una cultura con orígenes
míticos. El término “Helas” proviene de Helen, el hijo de Deucalion
y Pyrrha. El mitológico Deucalion a su vez era el hijo del titán Prometeo. Él y
su consorte Pyrrha repoblaban la tierra después de una gigantesca inundación,
arrojando piedras que después se convirtieron en personas; la primera piedra
produjo Helen, que llegó a ser un gran patriarca. Tucídides escribe, en el
Libro I de su Historia de la Guerra del Peloponeso:
“Me inclino a pensar que el mismo nombre aún no se había
dado a todo el territorio y, de hecho, no existía en absoluto antes de la época
de Helen, el hijo de Deucalion; las diferentes tribus, de las cuales la pelasga
era la más extendida, dieron sus propios nombres a los diferentes distritos.
Pero cuando Helen y sus hijos se hicieron poderosos en Phthiotis, su ayuda fue
invocada por otras ciudades, y quienes se asociaron con ellos gradualmente
comenzaron a llamarse helenos, aunque pasó mucho tiempo antes de que el nombre
prevaleciera en todo el territorio. De esto, Homero ofrece la mejor evidencia;
porque él, aunque vivió mucho después de la guerra de Troya, en ninguna parte
usa este nombre colectivamente, sino que lo limita a los seguidores de Aquiles
de Pitia, que eran los helenos originales; cuando habla de toda la hueste, los
llama Danans, o Argivos, o aqueos” (Libro I, párrafo 4).
Homero reconoce que el sitio de Troya representa un hito
histórico, cultural y étnico para los griegos del Siglo VIII a. C., y muchos de
sus coterráneos podían identificarse con el anhelo de una entidad compartida.
Hay otras evidencias de este aliento cultural: la Liga Anfictiónica ya existía
en los tiempos de Homero, ciertamente se fundó después de la guerra de Troya;
comprendía unas doce tribus en la parte central de Grecia, y aunque no se
trataba de una agrupación cívica o política, requería la colaboración general
de grupos separados. Su propósito era la protección y administración de los
templos de Apolo en Delfos y de Deméter en Anthela; evidentemente señalaba el
comienzo de un nuevo espíritu griego.
En el idioma original de la Ilíada, Homero insinúa varios
dialectos que juntos pueden sumarse al griego (Derks y Roymans,
2009). El poeta vivía en un tiempo en que hubo muchas migraciones
dentro de la península y entre las islas del Mar Egeo. Inclusive
había asentamientos griegos en Anatolia que ahora es la costa oriental de
Turquía. Él mismo había viajado entre algunos de estos lugares. Derks y Roymans
dicen que probablemente para el Siglo VII a.C. había personas que hablaban más
de un dialecto y que los reconocían como variantes de un mismo idioma.
El deseo para un espacio cultural compartido atravesó los
siglos, desde la Guerra de Troya hasta la conquista de Atenas por Alejandro en
el año 335 a.C. En las Guerras Medicas en que los griegos se defendían contra
el Imperio Persa, todas las ciudades contribuyeron a alejar los invasores,
especialmente Atenas y Esparta, primero en las llanuras de Maratón en el año
490 a. C., y luego en las Termópilas y en la Batalla de Salamina en el 480 a.
C. Sin embargo, esto no impedía guerras entre las ciudades/estados; fue luego
de las Guerras del Peloponeso (431-404 a.C.) que Esparta sustituyó a Atenas en
el liderazgo helénico, y la democracia ateniense fue suplantada por el “Régimen
de los Treinta”, una terrible tiranía liderada por a Critias. Este
avasallamiento duró menos de un año, pero diezmó la población. Una coalición
finalmente negoció la restauración de algo similar a una democracia en la
ciudad.
Grecia vivía los vaivenes de una cultura múltiple, que
combinaba diversas aspiraciones hegemónicas con el deseo de autogobierno. Vivía
guerras crueles que coexistían con los intentos de formar ligas de cooperación,
y ensayó con un largo y malogrado tanteo regional para forjar una identidad
compartida. Sobre todo, experimentaba con el significado de la agencia humana
en el entendimiento del mundo, de sí misma y de la libertad. Estos esfuerzos
duraron más de mil años hasta que Alejandro convirtiera la región en un
vasallaje de Macedona, y luego los romanos conquistaron los macedonios y
reclamaron la península como una mera dependencia de su Imperio. Sin embargo,
Atenas sobrevivió como un centro de cultura donde seguían prosperando la
filosofía, la ciencia y la educación. Los romanos continuaban buscando la
cultura griega para llenar sus propios vacíos: Horacio, el poeta romano,
famosamente dijo: “Graecia capta ferum victorem cepit” (“La cautiva
Grecia cautivó a su rudo conquistador”) (Horacio, 11/11/2004, parágrafo 4). Y
nosotros también buscamos en esta historia las respuestas a nuestras más
angustiantes preguntas.
Reflexiones finales
La Ilíada es una tragedia incompleta porque no termina de
describir la caída de Troya, excepto en una especie de reflexión anticipada en
el decimosegundo libro cuando el poeta avisa que el final se acerca. En este
momento los troyanos están derribando al muro que protege los barcos griegos.
Pareciera que ellos están ganando el conflicto, pero Homero sabiamente
desengaña al lector u oyente con sus tristísimas predicciones, no sólo sobre el
ocaso de Troya sino sobre la eliminación absoluta de todo. No quedará nada.
“Sin los dioses, ¡por tan poco tiempo puede mantenerse El
monumento hecho por las manos humanas más orgullosas! Esto [Troya] duró
mientras Héctor y Aquiles se agrediesen. Mientras los huestes acometiesen a la
sagrada Troya; Pero cuando exterminaron a sus hijos, su ciudad se quemó, y los
que sobrevivieron de los griegos, a Grecia se devolvieron; entonces Neptuno y
Apolo sacudieron a la costa, Entonces las cumbres de Ida[13] derramaron
su agua…. Febo [Apolo] devolvió [al mar] los cascos y escudos, y los héroes
muertos -semejantes a dioses- … se inundó el murallón por nueve días
continuados, El peso de las aguas debilitó la pared, y al mar se fueron los
balaustres…. Ahora alisado con la arena los ríos fluyen de nuevo, y brillan
entre las colinas o yerran sobre las planicies, Y ningún fragmento refrenda
dónde estuvo aquella maravilla” (p. 356, Nota 44).
Aunque dice que los muros de la ciudad serán arrastrados al
mar por los ríos desbordados, y no quedarán ni los sables ni los escudos de los
héroes sobre la arena, sabemos que permanecerán los cantos de los aedos.
A las alturas del Siglo XXI revisitamos a Agamenón, Menelao,
Príamo, Héctor, Paris, Helena, Aquiles, Patroclo y los demás. Sus dramas nos
conmueven, y al mismo tiempo nos dan nuevas ventanas a nuestro propio mundo. Es
inevitable preguntar si, con un liderazgo distinto, la guerra podría haberse
evitado, o por lo menos qué hacía falta para que los intentos de negociación de
Héctor hubiesen tenido éxito. Para contestar estas preguntas, es necesario, por
un corto tiempo, prescindir de la influencia de los dioses sobre los
mortales.
Con ojos modernos tenemos que examinar el conflicto entre el
liderazgo y el heroísmo. Gadamer (1977/1991) diría que esto es
imposible porque los eventos históricos sólo ocurren en sus contextos
verdaderos, y que el papel del intérprete es acercarse al mundo que observa,
deshaciéndose de los prejuicios de su propio tiempo. En nuestros tiempos,
personajes similares dirigen procesos semejantes, y los documentos épicos nos sirven
de base para entender nuestros propios tiempos.
Si Agamenón es un militar que aprovecha las circunstancias
para convertirse en el líder despótico de todos los griegos, Príamo es el rey
bondadoso que llora por las desgracias de su pueblo. Si Menelao es el
representante de una causa (el rescate de Helena), Aquiles es un héroe violento
sin causa y sin propósito; un asesino sin miramientos, que contradictoriamente
puede amar y llorar sus propias pérdidas. Si Héctor es el negociador y el
defensor de su gente, Diomedes/Tideida es un batallador atrevido que sigue
órdenes, sabiéndose protegido (por la diosa Venus, su madre).
Los reyes de todos los tiempos conducen sus pueblos a la
batalla. Las leyendas cuentan como Agamenón llevó un gran ejército por el mar
Egeo a atacar un pueblo lejano; y cuando Príamo aceptó la presencia de Helena,
tiene que haber sospechado que los griegos vendrían a rescatarla. Era una
situación de tensa anticipación cuyo desenlace nadie podría predecir, pero
estaban todos dispuestos a tomar los riesgos. Cada lado tenía potencialmente
algo que ganar.
Los reyes toman las decisiones y los héroes obedecen.
Mientras más feroces sean los soldados, más se les aprecia por su valor
militar. Ellos ni razonan ni dudan. La ética de la guerra es similar en todas
las épocas, y lo que es diferente en este caso es que el cantor llore por todas
sus víctimas por igual. Inclusive, se puede decir que, para Homero, los
troyanos han sido menos patanes y beligerantes que los griegos. El poeta
reconoce una valentía templada y aun amorosa en el viejo Príamo cuando cruza
–casi solo- las líneas bélicas entre los dos lados para buscar al cadáver de su
hijo Héctor.
Inclusive, los dioses son problemáticos en la Ilíada. Pelean
entre sí, son desleales, y en vez de preocuparse por el bien de los cielos, de
la Tierra o de los seres humanos, pasan su tiempo creando sus propias esferas
de influencia. No creo que haya sido el propósito de Homero criticarlos; más
bien, como he observado, sus voluntades tumultuosas sirven para explicar los
vaivenes de una guerra interminable, impredecible y paradójica.
Normalmente en las novelas, obras teatrales y canciones que
son admiradas como obras fundamentales para la identidad de un pueblo, los
autores celebran la victoria de su propio estado o reino; declaman la conquista
del otro que consideren invasor, opresor u objeto de apropiación. En la Ilíada
Homero denuncia una tragedia genérica, al mismo tiempo que elogia la valentía
de todos los protagonistas.
Ricoeur (1981/1994) propone que incorporemos algo de
“sospecha” a la interpretación que hagamos de obras ajenas, y que busquemos en
ellas los temas que sediciosamente delatan preocupaciones escondidas. En este
caso me atrevo a decir que este canto a la humanidad fundamenta más bien la
inquietud que siglos más tarde comenzaría a manifestarse en Atenas, donde los
hombres asumirían la responsabilidad de sus actos y se gobernarían a sí mismos.
Los héroes de Atenas eran los filósofos de la razón, aunque a veces, como en el
caso de Sócrates, pagasen sus enseñanzas con sus vidas.
Capítulo II
La compleja relación entre la democracia y el militarismo
La historia contemporánea transcurre con una velocidad
demasiado rápida para poder captar los grandes significados y tendencias. Para nosotros,
cien años representan casi dos generaciones, y trescientos años casi se pierden
en la memoria. Nos extraviamos en el bosque, y concentrándonos en los árboles
individuales del pasado, no nos percatamos de la espesura del tiempo que
engloba las razones de los eventos, como el origen de las guerras y las
estrategias para lograr la paz y la prosperidad. Ni siquiera vemos
cuando nuestras democracias comienzan a convertirse en dictaduras, y no
cuestionamos la justicia de las guerras. Nos quedamos enfocados en las batallas
particulares y nuestras dificultades personales para sobrevivir.
La historia de una civilización pasada puede ayudarnos a
comprimir los detalles, a veces por medio de ella podemos lograr una visión más
amplia de nuestras propias vidas. En este sentido los antiguos griegos con sus
héroes y dioses, sus poetas, sus leyendas y sus logros y fracasos pueden
ayudarnos a entendernos a nosotros mismos.
¿Por qué regresar a los griegos? Porque representan más de
mil años de historia, desde la Edad de Bronce hasta la conquista romana en la
Batalla de Corinto en el año 146 a. C. En aquellos mil años hubo de
todo: guerras, la fundación y caída de reinados, los primeros intentos para
controlar a los tiranos, la instauración de la primera verdadera democracia en
el mundo, la creación de diversas variantes de una magnífica cultura estética
–plástica, teatral y poética- y el “descubrimiento” del pensamiento racional,
la matemática y la ciencia. No es poco. Pero también al final, aquella cultura
generó su propia némesis: su incapacidad para resistir a Alejandro Magno quien
hizo que Grecia se devolviera diez siglos atrás a un tiempo en que sus
habitantes ya no eran ciudadanos, sino sujetos bajo el mando de comandantes
poderosos. Reflexionar sobre ellos es como revisar las posibilidades que tiene
el ser humano.
Vemos entre los helenos –nombre que se adoptó en algún
momento después del siglo VIII a. C. para referir a todos los griegos- el gran
drama del conflicto entre la autogestión, la razón, el militarismo e instancias
de poder ancladas en arcaicas creencias tradicionales.
En general, aun en las democracias, el poder de los
militares no proviene, ni de los procesos electorales, ni de las constituciones
nacionales que establecen la sumisión del poder marcial al poder cívico. Más
bien proviene de la capacidad que tienen los castrenses para establecerse en el
centro del sistema político, especialmente en el centro del complejo de la
seguridad nacional. Esto es cierto, tanto en los sistemas parlamentarios como en
los regímenes dictatoriales.
Es más, tanto en la antigua Grecia, como en los regímenes
coloniales de todos los tiempos, los imperios ultramarinos justificaban sus
conquistas diciendo que llevaban la sabiduría y religión a los bárbaros o
salvajes. La realidad de estas guerras es que han sido un medio para conseguir
bienes por medio de la rapiña; Aristóteles aceptaba esta práctica como natural:
Siempre ha habido una relación tensa entre los anhelos de la democracia y el
quehacer militar. Este autor consideraba que la acción militar era un medio
natural para adquirir bienes: “La guerra misma es, en cierto modo, un medio
natural de adquirir [bienes ….] es una guerra que la naturaleza misma ha hecho
legítima” (Siglo IV a. C. /31-10-2017, p. 17-18).
En el comienzo, en la Grecia arcaica, los reyes eran los
comandantes de facto de sus tropas y sus acciones surgían directamente de la
voluntad del rey. La población masculina constituía el ejército. No había
ninguna separación, y sin embargo, siempre hubo la necesidad de convencer a los
soldados. Recordamos del primer capítulo como Agamenón tuvo que sacrificar a su
hija Ifigenia para convencer a sus soldados a seguirlo a Troya.
De los reyes antiguos, les era esperado que generasen
hazañas guerreras como parte de sus obligaciones. El historiador Heródoto en su
primer libro cuenta de las incesantes incursiones de los reyes griegos en
Anatolia, o Asia Menor contra los pueblos frigios y lidios en el comienzo del
primer milenio a. C. Igualmente, los persas incursionaban contra los jonios
griegos[14]. Las recompensas eran el pillaje y el
aumento territorial del ejército agresor. La guerra era un estilo de vida, aun
para los poblados que tenían suficientes provisiones agrícolas para ser
autosuficientes.
Luego en los tiempos democráticos de Atenas, la autoridad
para declarar la guerra provenía de la Asamblea de ciudadanos. Los hoplitas,
es decir, los soldados-ciudadanos, formaban parte de ella, eran los ciudadanos
de alto y mediano rango social. Lograr la incorporación de los hoplitas en
la vida política de Atenas era un avance importantísimo, porque los soldados
que iban a arriesgar sus vidas tenían voz en la decisión de pelear.
En tierra griega las amenazas provenientes de los persas, y
las competencias con las otras ciudades/Estado griegas eran persistentes.
Esparta y Atenas siempre eran rivales, y las otras ciudades, como Corinto, también
eran percibidas como amenazas hegemónicas. Esto producía un sin número de
contiendas militares, que, sin duda, afectaba el buen funcionamiento de la
democracia en Atenas, tanto por los gastos que empobrecían a la población, como
por una inevitable inestabilidad gubernamental que pasaba en vaivén de líderes
elegidos a líderes dictatoriales.
Intentaré describir y analizar este proceso en lo que sigue.
En las siguientes páginas revisaré el auge y el fin de dos grandes
ciudades/Estados, la de Esparta y la de Atenas, y veré la relación entre la
democracia y el militarismo. Evidentemente no todo era guerra: a pesar de que
la temprana historia de Grecia fue marcada por sus leyendas de guerras y
conquistas, en los artefactos como jarras pintadas, mosaicos y restos
arquitectónicos se puede apreciar escenas domésticas e imágenes piadosas que
sugieren la existencia de vidas tranquilas, por lo menos entre los
aristócratas, que reflejan algo de felicidad y amor hogareño.
Aun los dioses peleaban. En las leyendas de las deidades
hubo a veces historias de reconcomios, rivalidades, venganzas y extrema
crueldad. De hecho, aunque los dioses eran inmortales, ellos nacían,
crecían, peleaban y cometían crímenes, iguales que los seres humanos. Zeus
mismo, el jefe de todas las deidades, es un ejemplo: su niñez era
extremadamente disfuncional, y él se salvó de ser devorado por su padre Cronos
sólo porque su madre Rea lo escondió, y le dio a Cronos una piedra envuelta en
cobijas en vez del bebé. Los dioses a veces eran violadores, facinerosos y
malhechores. Parte de estas historias “explicaba” la suerte, o las desgracias
de los humanos en sus batallas, y a veces revelaba el origen divino de algunos
de los héroes y reyes –y por ende su derecho a gobernar-. Adoptaban y defendían
pueblos específicos de seres humanos: Apolo, por ejemplo, defendía a Troya
durante la acedia griega. En otras palabras, estas leyendas eran más que
cuentos dramáticos y aparatosos: servían también para promover propósitos
humanos y justificar linajes venerables.
Ellos expresaban las aspiraciones de sus tiempos. Con el
paso de los siglos, la identidad de algunos dioses iba modificándose para
incorporar a los nuevos anhelos culturales. Apolo, uno de los hijos
de Zeus, es un ejemplo. En la Ilíada es un dios guerrero, uno de los seres
divinos que participa activamente en la defensa de Troya. Pero con el paso de
los siglos su personaje se iba enriqueciendo culturalmente: ya para el siglo
VII a.C., Apolo representaba la perfección y la belleza. Era el dios del sol y también
de la sanación. Si una vez mandó una plaga que enfermara a los griegos mientras
ellos sitiaban a Troya, llegó luego a representar la salud y la razón.
En la Edad de Bronce
Grecia no surgió en un vacío civilizatorio. La historia de
los asentamientos humanos en lo que es hoy el Medio Oriente, especialmente
Anatolia y Siria, es muy vieja. El templo de Göbekli Tepe en Anatolia (hoy
Turquía) probablemente tiene diez mil años de antigüedad. Fue construido por un
grupo humano todavía nómada, pero con un grado de organización social que
permitía la construcción de una obra monumental. (Collins, 2004). Igualmente,
la primera ciudad llamada “Jericó”, localizada en el Israel moderno, fue uno de
los asentamientos más viejos de la historia humana; sus orígenes pueden
trazarse hasta 9000 a. C. (Kenyon, 20-4-2021). En Egipto[15] había líderes poderosos y grupos
humanos organizados desde el quinto milenio. Desde el 4to milenio existían
variados grupos con diferentes grados de organización social en el Valle del
Indo y Mesopotamia. Entre estos grupos había migraciones griegas que lentamente
iban poblando las islas y las costas, y ya para el siglo VIII a.C. ocupaban lo
que ahora es Grecia, las islas de los mares Egeo y Jonio y la costa de
Anatolia.
La primera civilización de alguna importancia de la Grecia
antigua fue la minoica que se inició alrededor del tercer milenio a. C. en la
isla de Creta. Esta cultura toma su nombre del rey Minos, una figura
mitológica, que, como muchos reyes de leyenda, era considerado el hijo de un
dios. La sociedad cretense era próspera, basada en la
agricultura, la artesanía y el comercio. No acumulaban su riqueza –como hacían
otros reinados griegos en la conquista y la colonización-, sino en sus
extendidos contactos comerciales con otras civilizaciones en el Mediterráneo.
En la Edad de Bronce asentamientos poblacionales griegos
comenzaron a establecerse en lo que ahora es Grecia, Turquía, Siria, Egipto e
Italia. En Grecia las primeras evidencias arqueológicas de la
cultura de la Creta minoica también datan del 4to milenio a.C. En la Grecia
continental hay información de reyes o señores poderosos desde la Edad de
Bronce, pero la evidencia documental es escasa. Uno de los primeros, sólo
conocido por medio de la mitología, fue Helen, rey de Pitia (en el extremo
norte de Grecia). Como muchos de los fundadores míticos, era hijo y nieto de
figuras divinas o semi-divina0s (su abuelo era el Titán Prometeo). Llegó a ser
el antepasado de todos los griegos “helénicos”, incluyendo los eolios, dorios,
jonios y aqueos (Editores de la Encyclopaedia Britannica, octubre 07,
2016).
Es indudable que había una proto-cultura griega antes de los
tiempos homéricos. Homero refería al conjunto de los griegos que peleaban en
Troya como “aqueos”, pero al principio eran reyes separados en sus varios
reinados. Tenemos acceso precario a los personajes del fin de la Edad de Bronce
y por medio de los mitos. Por ejemplo, el nombre de Eurotas nos llega como
parte de las leyendas fundadoras de Esparta. Él pasó la regencia a su yerno
Lacedaemon, quien era el hijo del dios Zeus y Taygete. Luego Lacedaemon se casó
con su propia hija Esparta, y nombró el reinado en su honor. A su vez su mismo
nombre se asocia con la zona alrededor de la ciudad. Aunque no haya registros
de estos personajes, sus leyendas permitían a quienes afirmaban ser sus
descendientes asumir linajes divinos. No hay cómo ubicar fechas, ni de
nacimiento o muerte, ni de tiempos de regencia para ellos, sólo sabemos que, si
existieron, antecedieron la Guerra de Troya (Siglo XII – XIII a. C.). En
general, los datos sobre los reyes espartanos son escasos; ellos gobernaban siempre
en pares, de esto hablaremos luego. Gill (07/ 2019) ha elaborado una lista
cronológica de sus épocas, y en ella se puede apreciar que los primeros doce
monarcas carecen de fechas, queriendo indicar que sus nombres nos llegan sólo
por medio de las fábulas que incesantemente cantaban los bardos. Sólo hay
información documental después del Siglo VI a.C.
El lenguaje escrito
Tal vez el logro civilizatorio más importante para todas las
culturas es la invención del lenguaje escrito. Significa una cierta independencia
de las tradiciones orales, y extiende la memoria humana por siglos y milenios.
Las palabras redactadas se convierten en poemas, libros, obras teatrales y
reflexiones científicas, y se van acumulando en los palacios, y luego en las
bibliotecas. Al principio, sin embargo, existen sólo en tablas de arcilla y
piedra de manera aislada, y sólo dan testimonios limitados y desvinculados
entre sí sobre las culturas que representan. La historia de la
escritura mediterránea incluye el griego micénico, el egipcio, el sumerio, el
arameo, el latino, el tamil, el sánscrito y el elamito.
Por regla general la escritura iba apareciendo en el primer
milenio a. C. y se asociaba con tareas burocráticas o recibos de venta
comercial. En este sentido la lengua micénica se relacionaba principalmente con
registros e inventarios y el comercio, en una escritura silábica conocida como
Lineal B; se le ha encontrado en tablillas de arcilla en Creta, Pilos, Micena,
Tiryns y Tebas. (JohnBlack 11/10/2013). Más tarde (en el siglo IX a. C.) se
adaptó el alfabeto fenicio para el griego escrito; esta nueva versión era
fonética; fue el primero de este tipo de abecedario de la historia.
La sociedad homérica
En los tiempos descritos por La Ilíada y la Odisea, había
asentamientos por todo lo que llamamos hoy en día Grecia y otros en Anatolia
(Turquía). Eran dominios cuyos reyes pretendían ascendencia divina en muchos
casos. Las casas reales eran extensas, y descansaban sobre la
producción agrícola y algo de comercio con los egipcios y algunos reinados en
lo que es ahora Turquía y el norte de África. Cairns (2015) dice que
probablemente se trata de: "un mundo en el que los jefes independientes
de familia y las confederaciones sueltas de hombres locales estaban implicados
en algún tipo de entidad local, lo que podríamos considerar como un koinon
arcaico […del hombre común] o alguna forma de polis emergente” (p. 52).
Seguramente había muchas personas de bajo rango asociadas con cada rey: en las
batallas que Homero describe fuera de los muros de Troya, el poeta habla de
altas tasas de mortalidad entre los soldados rasos, a veces diez mil o más en
una sola batalla. Posiblemente Homero empleaba algo de hipérbole poético, pero
estos jefes eran capaces de reunir ejércitos de considerable tamaño.
¿Cuáles eran sus motivos para pelear? En el caso de la
Guerra de Troya se puede dudar que todos fueron a combatir como entusiastas
tropas dispuestos a castigar a Paris por el rapto de Helena. Los
soldados de bajo rango no tenían otras opciones: seguramente había mucho
control por parte de los reyes sobre sus súbditos, y mucha capacidad de
compulsión, pero aun ellos disfrutaban del pillaje. Entre los grandes señores
los motivos eran diversos. El lucro potencial que provenía del saqueo era uno
de ellos. Desde la Guerra de Troya hasta las conquistas de Alejandro Magno los
poetas y cronistas han detallado muchísima riqueza robada de los pueblos
vencidos en guerras.
Muchos de los jefes y sus allegados se embarcaron para Troya
buscando gloria militar. La honra y el renombre eran anhelos ampliamente
difundidos entre ellos. Creían que sus capacidades guerreras y su osadía les
iba a sobrevivir en las leyendas de los bardes, y que esta recompensa
constituía un valor más importante que sus propias vidas. De hecho, hoy en día
conocemos las hazañas de los griegos en Troya gracias al poeta Homero. Casi no
hay nadie que no sepa de la vida de Aquiles, y todavía los militares entierran
a sus muertos con el anhelo de que su memoria se recubra de “honor y gloria”.
Las leyes
En el principio los reyes dictaban sentencias por crímenes
que ellos mismos definían como tales. El primer libro de Heródoto (siglo II o
III a. C. / 1981) está lleno de historias donde reyes como Creso de Sardes, o
Ciro de Persia decidían la suerte de sus súbitos en una audiencia. Para los
griegos en los tiempos homéricos no había un sistema de leyes, sino acuerdos
tácitos entre los hombres poderosos. Lo más importante fue la voluntad de un
Agamenón o un Menelao, aunque aún los reyes tuviesen que negociar con los
hombres de su corte.
En otra tradición, el código de Ur-Nammu, del Segundo
milenio a.C., es el más viejo código formal que se conserva hoy en día, en el
sentido de una serie de leyes escritas con la intención de formalizar cierta
permanencia y universalidad en tabletas. Está en el idioma de Sumerio y define
ciertos crímenes y sus castigos, los cuales a menudo eran multas, aunque para
algunas ofensas, como el asesinato, se exigía un castigo capital. Tres siglos
más tarde el código de Hammurabi (c. 1760 a.C.) de Babilonia apareció. En el
Siglo VII a. C. en Atenas Dracon también elaboró un código de crímenes y
castigos para delimitar la omnipotencia caprichosa que tenían los aristócratas
para decidir los casos individuales.
Los griegos después del Siglo VI eran distintos: no se
limitaban a enumerar los posibles crímenes y prescribir castigos apropiados;
intentaron buscar una expresión simbólica y secularizada de la noción de
derecho abstracto, referida a la polis, especialmente en Esparta y Atenas. El
derecho era considerado como un valor moral, inscrito en un régimen
constitucional de ciudades/Estado. Con el paso del tiempo en Atenas el cuerpo
de leyes individuales se convirtió en democracias al nivel social. (UNAM, s/f).
El desarrollo de leyes abstractas apareció como un hallazgo
civilizatorio en el primer milenio. Era una sociedad en construcción, pero como
señala Cairns (2015), hubo expectativas aun en el tiempo de la guerra de Troya
sobre las cualidades que debe tener un buen gobernante. Homero describió a
Agamenón, por ejemplo, como colérico e inconstante, y esta descripción
constituía un comentario sobre sus deficiencias como rey, mientras el viejo
Néstor era diplomático, respetuoso y conciliador. Homero resalta las cualidades
de Néstor, y repudia las de Agamenón. Es, inclusive muy crítico de Aquiles, el
espléndido pero temperamental e irascible héroe griego. En
aquellos primeros años se trataba de expectativas colectivas sobre el desempeño
de un gobernante, pero no un sistema de leyes que rigen generalmente para toda
la población.
En la historia antigua de Grecia hubo desde el principio dos
corrientes, una bélica de conquista, colonización y rivalidades territoriales,
y otra en que emergía una cultura a partir de dispersos pueblos que se
expresaba con expectativas mutuas siempre más explícitas. Hablaban dialectos
diferentes, pero se reconocían como pares de una entidad mayor. Incluso podemos
especular que la amalgama de ejércitos que zarparon hacia Troya tenía dos
propósitos; la primera y más “ideológica” era el rescate de Helena. Pero hubo
otro motivo más importante: crear una “nación” o región que rebasaba las
ciudades/Estados individuales, bajo el mando de un rey (Agamenón) que pretendía
representar a todas.
Con el tiempo en casi todos hubo un sistema de leyes y
obligaciones tanto para los reyes como para las demás clases. Dijo Aristóteles:
“La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida
para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el
derecho” (Siglo IV a. C. /31-10-2017). A pesar de este sistema de leyes,
diferentes pero existentes en todas las ciudades/Estados de Grecia, en todas
hubo esclavitud, y se dividían las clases sociales de acuerdo con sus
actividades en relación a la agricultura y las jerarquías militares.
Concentraré en estas reflexiones en los sistemas de Esparta
y Atenas. Después del Siglo VI a.C. ambas ciudades eran regidas por leyes, y
tenían escuelas de filosofía y ciencia, y obras artísticas, y ambas tenían
sistemas sui generis para evitar la concentración de poder en una sola de sus
élites.
Esparta
Hemos referido a la leyenda homérica en que el rey de
Esparta, Menelao, fue el motivo principal para la guerra de Troya – o el que
captó el imaginario de los soldados- cuando exigía apoyo de los demás reyes
griegos para rescatar a su esposa Helena luego que Paris la llevara a Troya.
Es imposible hablar de Esparta sin referir primariamente a
su cultura marcial. Esparta fue famosa por la destreza militar de su gente,
incluso para las mujeres. Todos los ciudadanos masculinos entraban en el
ejército siendo adolescentes. Se convertían en “hoplitas”, guerreros que
fueron entrenados con una fuertísima disciplina, que recibían, no sólo un
excelente adiestramiento en las artes de la guerra, sino también, una cultura
militar que permeaba todo su sentido de vida.
Había en la sociedad espartana también una clase social
subalterna y no-ciudadana de comerciantes y artesanos, que a veces fueron
llamados a combatir, llamados “perokoi”. No eran considerados ciudadanos
y carecían de la posibilidad de injerencia en las decisiones del Estado. Una
tercera clase llamada “ilotas” eran siervos, casi esclavos, que
trabajaban en la producción agrícola. De ellos se esperaba obediencia
absoluta.
A finales del siglo VIII a. C., Esparta conquistó la mayor
parte de Mesenia y básicamente esclavizó su población originaria. Debido a la
acumulación del territorio que controlaba, se convirtió en la más grande
ciudad-Estado de Grecia en términos del territorio que sometía. Los pueblos
conquistados de Mesenia y Laconiano eran las fuentes de los ilotas,
y ellos formaban la base de la economía. Los ilotas podían
quedarse con un porcentaje de los productos que cultivaban, pero también eran
perseguidos regularmente para mantenerlos bajo control. De este modo los
ciudadanos espartanos de la ciudad pudieron liberarse de las actividades en el
campo, y dedicarse al mando político, militar, artístico y la caza.
La ciudad de Esparta fue una ciudad/Estado agrícola, comunal
y militarista sin desarrollo comercial. Su estructura socio política –para los
ciudadanos- proviene de su Constitución del comienzo del siglo sexto a.C., la
cual fue atribuida a Licurgo, una figura de leyenda. Esta constitución organizó
a Esparta según cuatro elementos: a) una monarquía dual, gobernada por dos
reyes que representaban a dos casas nobles y rivales, b) un Consejo
llamado Genusia, formado por 28 ancianos elegidos entre las
familias nobles, c) una Asamblea popular llamada Apella en
donde participaban todos los hombres mayores de 30 años y d) los magistrados,
o éforos que manejaban el poder verdadero. Participación en
la Apella era apreciada entre los hombres de Esparta, y sus
miembros la consideraban una expresión de su libertad y dignidad. Todos los
ciudadanos recibían un lote de tierra igual que no podían vender. "Era
una sociedad con pretensiones comunistas y profundamente militarista que se
impuso durante ocho siglos [....]” (UNAM, p. 45).
La ciudad estuvo en constante rivalidad con las otras
principales ciudades griegas de Atenas y Corinto, y las guerras intestinas eran
frecuentes, aunque, como en las Guerras Medicas, a veces Esparta y Atenas se
unieron en la sola causa de defender a la cultura griega. Es interesante
explorar las razones de estos conflictos y eventuales alianzas, y preguntar por
qué estas ciudades/Estados no entendían los potenciales beneficios de
permanentes tratados de paz y colaboración. De hecho, hubo algunos acuerdos,
pero ellos siempre tenían el propósito de fondo de lograr la protección militar
de sus ciudades frente a alguna amenaza. Por ejemplo, después de las Guerras
Medicas, en que Esparta y Atenas colaboraron para salvar la cultura griega de
los proyectos hegemónicos de los persas, la colaboración helénica no pudo
avanzar a abarcar las necesidades de la paz. Hablaremos brevemente del
significado de estas guerras más adelante.
Atenas
Como en Esparta, se conocen a los primeros reyes atenienses
por las leyendas. Cecrops fue el primer rey. Él fue considerado el origen de la
civilización, inclusive instituciones tan básicas como el matrimonio y
conocimientos como el arte de la navegación. Era mitad serpiente y mitad
hombre. También fue quien reconoció a Zeus como la deidad principal de la
ciudad. En su tiempo Atenea fue designada la diosa patrona de la ciudad, y le
dio su nombre a la población, supuestamente en una contienda con Neptuno que
también deseaba el honor. Aunque Cecrops sea un personaje de leyenda, haber
elegido a Atenea como patrona de Atenas fue profético: decidieron elegir la
razón cuando podrían haber preferido a Ares, el dios de la guerra y la valentía
varonil, pero desde temprano reconocían el valor de la ciencia y la
sabiduría.
A partir del comienzo en la mitología, es interesante
reflexionar sobre esta preferencia de Cecrops por Atenea; fue la diosa del
conocimiento, la razón, la guerra justa, la ley y la justicia, como proclama
Imperium (s/f). Ella defendió a los griegos en su asedio a Troya, pero además,
era la diosa de las matemáticas, la estrategia, la habilidad artística, el
coraje, la valentía y la inspiración. Desde sus comienzos Atenas fue una ciudad
con aspiraciones amplias y reflexivas, y aun en las colonias[16] que establecía: los jonios, como en
la ciudad de Mileto (en lo que ahora es Turquía) emulaban e intentaban
incorporar las aspiraciones atenienses, y después del siglo IV hubo allí ambiciones
democráticas. Con la democracia viene interés en los productos de la razón: las
ciencias, las matemáticas, el arte y la filosofía.
En el noveno siglo a. C. se desarrolló un consejo de nobles
que asistían al rey, y este grupo se convirtió poco a poco en un cuerpo
conocido como el Areópago, que formó una oligarquía del que los
líderes eran elegidos. El Areópago elegía de su seno a nueve
miembros, conocidos como "arcontes," que eran responsables de
tomar decisiones que luego eran ratificadas por el Areópago. En
estos antecedentes se puede percibir los orígenes de la democracia ateniense
(Preceden , s/f).
En el intervalo entre 900 a.C. a 650 a.C. Atenas pasó de ser
una entidad gobernada por la voluntad de un rey a un sistema oligárquico en que
los consejeros de rey, o los del Areópago tenían tanto o más
poder que la monarquía. Con el tiempo sustituían al rey, y con cierta
periodicidad elegían de su seno un “arconte” único que gobernaba bajo la
autoridad del Areópago. Entre ellos encontramos los nombres de Solón
y Clistenes[17]. Es interesante que estos
gobernantes fueron escogidos para calmar revueltas entre los pobladores debido
a varias crisis económicas, y su solución fue la incorporación de sectores
siempre más amplios de la población en el cometido del gobierno. En cambio, la
solución de Esparta para calmar el descontento de los ilotes era
reprimirlos. Los atenienses decidieron incorporar a las personas impactadas por
la penuria como ciudadanos con poder de decisión.
Solon fue elegido en el 594 a.C. y estableció reformas
económicas. Creó un sistema de clases socio-económicas que fundamentaba la
participación de cada ciudadano en las decisiones del Estado. Los más pudientes
podían formar parte del Areópago. Los menos acomodados formaban
parte del Consejo de los 400. A su vez el Consejo invitaba a los más pobres a
participar en una tribuna del pueblo que decidía ciertos casos legales.
Estos varios niveles, sin embargo, excluían a las mujeres[18], los hombres con restricciones sobre su
libertad y los esclavos. Esta discriminación no fue cuestionada en
su día; de hecho, Aristóteles aceptó la dominación sobre la mujer y la
esclavitud como cosas naturales, y en su libro “Política” tiene un subtítulo
completo en defensa de la esclavitud.[19] Entre otras cosas expresó que
la desigualdad de género y la esclavitud se basan en la natural inferioridad de
estos grupos, aunque debe haber sabido que muchos de los esclavos en Atenas
provenían de territorios conquistados, y que en sus culturas originales se
desempeñaban en igualdad con sus vecinos y en sus ejércitos.
Dijo Aristóteles (Siglo IV a. C. /31-10-2017, p. 5):
“La casa, después la mujer y el buey arador”
Y luego en la misma página dijo:
“Sí, el griego tiene derecho a mandar al bárbaro
puesto que la naturaleza ha querido
que bárbaro y esclavo fuesen una misma cosa.”
Clistenes que gobernó Atenas desde el 525 a.C. hasta el 524
a.C., declaró que todos los hombres libres de Atenas eran “ciudadanos”, y
desarrolló un sistema de separación de poderes. Permitió a todos los ciudadanos
participación en la Asamblea, y proclamó que este cuerpo fuera la única
instancia con la autoridad para declarar la guerra. Esto era un enorme adelanto
ya que un rey o dictador no podía llevar a la ciudad a un conflicto sin el
respaldo de la población. Recordamos que Atenea era la diosa de la guerra
justa. Clistenes creó la noción de la isonomía, o igualdad de los ciudadanos
ante la ley. Acabó con el sistema de las tribus –dominado por las familias
poderosas-, y reorganizó la población en términos geográficos, similares a las
parroquias modernas.
Los hombres de Atenas recibían entrenamiento militar. Los
jóvenes de 18 años, hijos de ciudadanos, fueron admitidos en la academia
militar o “Universidad Efebica”, hacían un juramento, el “juramento efébico”.[20] Era necesario graduarse para
obtener el estatus de ciudadano, y luego eran aceptados como “hoplitas”,
el cuerpo de élites militares o milicianos que quedaban al servicio de la
ciudad en tiempos de conflicto; algunos seguían como hoplitas toda
la vida, pero otros volvían a la vida civil.
Es interesante reflexionar sobre la heredad cultural de
Solon y Clistenes: eran personajes civiles, que en su momento habían cumplido
con responsabilidades militares. Estos líderes civiles eran pioneros en la
creación de sistemas políticos de convivencia que eventualmente condujeron a la
primera democracia del mundo, y sin embargo hoy en día sus nombres son casi
desconocidos por el gran público. No son famosos, y sus vidas no son temas para
películas, como el sonado nombre de Aquiles, hijo de la diosa Tetis, un héroe
vestido con el escudo del dios Hefesto de las leyendas de la batalla de Troya.
Más bien eran los héroes decorosos de la concordia, la coexistencia y la
tolerancia, y también merecen celebración.
Es importante recordar también a Pericles (en el poder desde
444 a. C. hasta su muerte) que cosechó de los logros sembrados por Solón y
Clistenes, y construyó sobre sus obras una democracia más amplia, directa y
próspera. Fue un gran orador, y pudo exponer ante la Asamblea su visión del
Estado. Bajo su liderazgo los ciudadanos atenienses menos privilegiados
económicamente podrían aspirar a cargos de funcionario público. Logró el pago
de una dieta para los ciudadanos funcionarios que asistieran a la Asamblea y,
en general aminoró las dificultades que tenían los ciudadanos pobres para
participar en el gobierno. Dijo Tucídides en el discurso que llaman la Oración
Fúnebre de Pericles:
“Disfrutamos de un régimen político que no imita
las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros
mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la
administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este
régimen se le ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de
iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a
los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los
cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría
social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide
prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo”
(Discurso fúnebre de Pericles en Tucídides, Siglo V a.C. /sf)
Iniciaron las obras del Partenón en el 447 a. C., en el
comienzo de los tiempos de Pericles. Esta construcción representó el
florecimiento visible del poder imperial ateniense luego de haberse liberado
del intento de invasión persa dos años antes, que examinaremos a continuación.
El templo era el símbolo del poder y la influencia de Pericles. Estos eran los
tiempos dorados de la democracia ateniense.
Las Guerras Medicas y la defensa de la democracia
Algunas guerras dividían a los griegos y otras los unían.
Hemos referido a la Guerra de Troya, que básicamente puede considerarse un
intento para crear una sola entidad política bajo el mando de Agamenón. Siglos
más tarde en las Guerras Medicas (490 a. C. - 449 a. C), Atenas y
Esparta pelearon juntas para defender su cultura de amenazas
externas. El rey de Persia, Darío I regía sobre una gran parte del
Mediterráneo en el siglo VI, y el imperio persa tuvo una clara vocación de
dominio universal. La ciudad griega de Mileto, ubicada en Asia Menor, era un
centro de antigüedad y prosperidad; tenía aspiraciones democráticas y escuelas
de filosofía que había producido figuras de la importancia de Tales, uno de los
padres de la filosofía griega. Era un eje comercial de cierta importancia, y
una de las ciudades más ricas culturalmente. Para Darío era un atractivo blanco
militar, y un primer paso para conquistar Europa. De repente,
Mileto - junto con otras ciudades jonias de Asia Menor- se
levantaron en la defensa de su recién aparecida democracia inspirada en el
modelo ateniense. En 499 a.C. Darío I reaccionó y destruyó a casi todas las
ciudades jonias[21], sin que los esfuerzos de Atenas en su
defensa pudieran hacer nada.
Esto fue el inicio de las Guerras Medicas, conflictos dados
entre el Imperio Persa y los estados de la Antigua Grecia. Eran de gran
importancia porque la cultura griega estaba en peligro. En el Siglo
V se estaba afirmando la democracia en Atenas y otras ciudades de origen
griego, pero era un empeño incipiente y frágil, y de hecho los líderes
democráticos se alternaban con tiranos. El conflicto con los persas representa
un punto álgido en los destinos de Europa y Asia. Podemos especular qué hubiera
pasado si ellos hubieran ganado estas guerras. La cultura persa era espléndida
pero totalitaria, y después de haber entrado en Grecia, probablemente la
democracia ateniense hubiera sido una vaguísima memora, un pie de página en los
algunos eruditos libros históricos.
En el año 493 a.C. Darío I inició la primera Guerra Medica
contra los estados de la antigua Grecia. La segunda en el año 480 a.C., fue
dirigida por Jerjes I. Dentro de estos conflictos se dieron las batallas muy
reconocidas como la batalla de Maratón, la batalla de Salamina y la batalla de
las Termópilas. En estas guerras los persas invadieron y sometieron a Macedonia
y varias ciudades griegas. Los atenienses y los espartanos se unieron para
derrotar a Jerjes y con esta victoria, se puso una barrera, por lo menos
temporal, frente el avance de los sátrapas del este.
Es interesante en este punto reflexionar sobre las varias
alianzas y pactos de colaboración entre las ciudades griegas. La colaboración
entre Esparta y Atenas era netamente militar sin otros visos de colaboración.
De hecho, las dos ciudades mantuvieron sus ejércitos intactos: los generales
mandaban sobre sus propias tropas sin mezclar los atenienses con los espartanos.
Eran enfoques militares discordantes.
Aunque Esparta tuviera un sistema que restringía en algo la
aparición de un tirano único, su motivo para enfrentar a Persia no era la
defensa de la democracia como hacían los atenienses. Más bien defendían su
honor, sus propiedades y su reino físico. En cambio, para los atenienses, la
defensa de la democracia era primordial. En 472 a.C. el poeta Esquilo[22] escribió la obra teatral “Los
Persas” en que ironiza sobre la decepción de Atossa, la esposa de Jerjes al oír
de su derrota en Salamis frente a los griegos. Ella pregunta ¿cómo son estos
griegos?, y Esquilo hace que el mensajero responda:
“Atossa; ¿qué monarca reina sobre ellos? ¿De quién es el
poder que los comanda?
Mensajero: No son los esclavos de ningún señor,
ellos no se someten al poder de un rey” (Esquilo, 472 a.C./2009).
Al derrotar a Jerjes, cesó la colaboración directa entre
Esparta y Atenas. La Liga de Delos tenía el propósito aparente de garantizar la
protección militar de varias ciudades griegas contra alguna futura invasión
persa, y cada una de las ciudades integrantes de la confederación aportaban dinero,
armas y soldados. Esta liga, en la que originalmente participaron Atenas y
Esparta para unir esfuerzos para derrotar a los persas, seguía existiendo
después de la terminación de las Guerras Medicas, aunque Esparta salió.
Probablemente su propósito verdadero después de la
terminación de las Guerras Medicas fue la defensa del imperialismo ateniense.
Seguía en vigencia hasta que Alejandro Magno invadiera a las ciudades/Estado
del norte de Grecia en el año 338 a. C. y luego las organizó para participar en
su propia invasión de Persia.
En un vaivén de victorias militares, los griegos y los
persas alternaron su influencia en Asia Menor hasta que Filipo y Alejandro de
Macedonia derrotaron a los persas, y en una campaña de venganza y conquista,
crearon un nuevo imperio, una breve monarquía donde orientales y occidentales
instalaron entidades de relativa igualdad entre ellos, algo que duró hasta la
muerte de Alejandro y los gobernadores y sátrapas que él había colocado en cada
región que conquistó. Pero la democracia de Atenas y las ciudades del oriente
ya no existían.
Para nuestras reflexiones es interesante preguntar ¿por qué
las ciudades/Estados griegas no pudieron organizarse para facilitar el
comercio, la agricultura, y la cultura? En vez de ligas para la paz, los
atenienses y los espartanos se organizaban para la defensa militar, para tener
aliados para la conquista y para mantener sus adquisiciones coloniales. Atenas
se convirtió en un poder imperial, y bajo la Liga de Delos, atacaba a los
territorios persas en el Egeo y Jonia. Lograron eliminar a los medos del Egeo y
ocupaban sus territorios en Anatolia. La Liga de Delos cobraba tributos de las
zonas conquistadas y con estos recursos construyó una flota de guerra y obras
públicas en Atenas.
Algunos esfuerzos para colaborar para la paz
Una excepción a las constantes guerras intestinas de la
Grecia antigua puede encontrarse en los eventos deportivos en Olimpia, y luego
los Juegos Panhelénicos. Hay información sobre ellos que data desde el 776
a.C.; eran sumamente populares y seguían hasta el año 394 de la era cristiana.
Se trataba de un santuario de paz en honor a Zeus. Los atletas hicieron
juramentos de obediencia a las reglas, y en todo el territorio de Grecia y las
ciudades griegas en Jonia se declaraba una tregua de concordia para permitir la
llegada de los participantes. Para nuestro relato lo importante de estos juegos
era la capacidad de las ciudades/Estados para proclamar la paz en honor a una
celebración de la dignidad, la educación del cuerpo y la mente, la belleza y,
sobre todo, la unidad esencial del mundo griego.
De igual manera el Oráculo de Delfos era un templo dedicado
al dios Apolo y un centro reverenciado en todo el mundo griego. Era el recinto
del “ónfalos”[23] o centro del
universo. Desde el siglo VIII a.C. se estableció una red de
peregrinaje que unía a toda Grecia y Jonia con ese lugar. Las ciudades enviaban
delegaciones sagradas para hacerle preguntas al oráculo del templo sobre los
asuntos públicos y privados. El respeto para Delfos era inquebrantable en todo
el mundo helénico. Allí se guardaba, sin peligro de robo, las valiosas ofrendas
que llegaban de Tebas, Atenas, Corinto, Massalia y de los reyes y regentes de
toda Grecia y Anatolia.
Podemos preguntar: si los griegos podían unificarse en la
batalla de Troya, en las Guerras Medicas, en el establecimiento de los Juegos
Olímpicos y en su reverencia para el templo en Delfos, ¿por qué no eran capaces
de establecer una tregua de paz duradera entre las ciudades/Estados?
Pero era tarde. El año después de la oración fúnebre de
Pericles que citamos arriba, en el 403 a. C., Atenas sufrió la arremetida de
una peste que causó una enorme mortandad y en la cual Pericles también murió.
Luego Grecia enfrentó una breve, pero feroz dictadura y varias guerras
destructivas. Al final llegaron los macedonios.
La guerra del Peloponeso
Las guerras por el dominio de Grecia debilitaron la
democracia en Atenas. Entre 431 a. C. y 404 a. C. las ciudades que formaban
parte de la Liga de Delos (encabezada por Atenas) se enfrentaban con la Liga
del Peloponeso (encabezada por Esparta). El motivo inicial de este conflicto
fueron los celos de Esparta frente a los aparentes éxitos de Atenas. Esta
guerra, que fue interrumpida por intentos fallidos de paz, socavó las energías
de Atenas debido a la pérdida de sus colonias en Asia y la posibilidad de
formar alianzas. Los persas entraron en el conflicto, apoyando primero a las
aliadas de Atenas, pero después ampararon a Esparta, que al final aumentó en
poder e influencia.
Habiendo negociado la paz con los persas en condiciones
deshonrosas, Esparta quedó bajo la influencia del rey de Persia, Artajerjes, su
antiguo enemigo. Toda Grecia quedó extenuada por la destrucción y la pobreza.
El conflicto entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana se
desmoronó en una serie de insensatas campañas militares locales motivadas por
las aspiraciones de los caudillos particulares, entre ellos Abiselaos, el gran
rey de Esparta (Plutarco, Siglo I d. C. /1859). Esparta había invadido a Lidia,
pero al fin, terminó aceptando la autoridad persa. También se le iban acabando
sus días de gloria.
En su conjunto el siglo IV fue un período de crisis en el
mundo griego debido sobre todo al desarrollo de las guerras. Dos grandes
procesos históricos caracterizaron al siglo IV griego: la decadencia de la
polis como modelo de estado, y el auge de la hegemonía macedónica, bajo el
mando del rey Filipo II primero, y luego de Alejandro Magno.
Del 404 al 403 a.C. se instauró en Atenas el “Régimen de los
Treinta” eliminando temporalmente la democracia ateniense. Los "Treinta
Tiranos” duraron menos de un año en el poder, pero en este tiempo hubo una
matanza generalizada de la población, sobre todo de los artesanos
no-ciudadanos, o metecos, y la confiscación de sus bienes. Atenas
se dividió entre quienes todavía apoyaban un retorno a la democracia, y otros
que querían eliminarla. En el 403 a. C. hubo un alzamiento -en que participaron
los hoplitas- que derrocó a la dictadura y restableció la
democracia. Sin embargo, el Imperio ateniense decayó, y se reactivó la
piratería en el Mar Egeo. Luego Atenas, aunque pudo lograr reconstruir en parte
su imperio (“Segunda Confederación Marítima”), mientras tanto Macedonia crecía,
amenazante, como un poder militar.
Esparta se debilitó por otras razones: debido a las mismas
guerras y el descontento de sus poblaciones sometidas en Mesenia y Laconia,
estos semi-esclavos requerían vigilancia. Agisilaus, el rey de Esparta, tuvo
que regresar de sus guerras en Persia para atender los problemas en casa.
(Plutarco, Siglo I d. C. /1859). Los siglos en que los ilotas fueron
dominados y excluidos de plena ciudadanía dejaron vulnerable a la ciudad.
Alejandro
Magno
En el año 335 a. C. Alejandro invadió a Tebas, y luego
Atenas se rindió sin batalla, acabando así y para siempre con los restos del
auto-gobierno en Atenas. La democracia en formas menos completas continuó en
otras partes del mundo griego hasta finalizar por completo bajo la dominación
de Roma. Los días de gloria cuando Atenas se defendía contra los enemigos de la
autodeterminación, como los persas, era una memoria distante.
No hay duda que Alejandro Magno, nacido en el año 356 a. C.
era un excelente estratega militar. Pero al mismo tiempo era petulante,
presuntuoso, engreído y orgulloso, y no veía los méritos de gobiernos
constitucionales, y menos aquellos que decidían sus asuntos públicos en la
plaza pública. Arrasó con todos los gobiernos griegos y los del mundo persa.
Algunos atenienses como el filósofo Diógenes lo
despreciaban. La descripción que da Plutarco del célebre encuentro entre
Alejandro y el pensador reflejó algo de este descontento y del resentimiento de
los demócratas atenienses por la pérdida de su soberanía (en “Alejandro”.
Plutarco, Siglo I d. C./1970):
“Congregados los griegos en el Istmo decretaron marchar
con Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y como fuesen
muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el
parabién, esperaba que habría otro tanto de Diógenes de Sinope, que residía en
Corinto. Más éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente
su vida en el Craneo; y así hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase
casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de
tantos personajes, fijo la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole
en seguida si se le ofrecía alguna cosa: -“muy poco”- le respondió, “-que te
quites del sol”. Dícese que Alejandro con aquella especie de menosprecio, quedó
tan admirado de semejante elevación de ánimo, que cuando retirados de allí
empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: “Pues yo, a
no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes”. (p. 40)
Este encuentro tuvo lugar después de que Alejandro había
acabado con la democracia de Atenas. Se aprecia que el séquito del
nuevo rey se había llenado de “sujetos” obsequiosos que no lamentaban haber
perdido su identidad como ciudadanos libres.
Algunas especulaciones finales
Los griegos pueden ayudarnos a entendernos a nosotros
mismos. Sus hazañas civilizatorias, algunas de las cuales veremos en el
siguiente capítulo, estaban siempre amenazadas por sus guerras y las
inquietudes libertarias de quienes habían conquistado o esclavizado. Esto no es
culpa sólo de los griegos: Heródoto cuenta en gran detalle como pasaba lo mismo
con los capadocios, los lidios, los jonios, los persas, el Imperio hitita,
Arzawa, Éfeso, Frigia y otros. Se trata del afán del imperio.
El afán de imperio nunca murió: los romanos después
siguieron el mismo camino. Justiniano en los tiempos bizantinos quiso
reconstruir el Imperio romano. Carlo Magno dio inicio al imperio Sagrado
Romano, en Europa central, que creció hasta incluir a Francia y luego iba
reduciéndose en tamaño, pero continuó bajo diferentes nombres como el Imperio
Habsburgo hasta su disolución final después de la Primera Guerra Mundial en el
Siglo XX. Los franceses acompañaron a Napoleón en sus conquistas por Europa
hasta su derrota en Moscú. Los Nacional Socialistas en Alemania intentaron
crear el Tercer Reich en el Siglo XX. El colonialismo europeo terminó ocupando
todas las Américas y gran parte del continente africano hasta que las distintas
guerras de liberación pusieron límites a esta práctica en un proceso que
comenzó en 1776[24] y duró hasta el Siglo
XX.
El afán de conquista ha acompañado trágicamente a los
desarrollos en las leyes, el arte, la filosofía y la convivencia en general. El
conflicto entre el militarismo y la democracia sigue siendo uno de los
problemas más dolorosos de nuestros tiempos. Como en los tiempos antiguos, el
gasto militar está relacionado con la capacidad económica de la ciudad, reino o
Estado. Es un fenómeno que sigue vigente, como dice Eloranta (16/9/2005, p.
14-15):
“[…] el desarrollo económico es a menudo más
significativo para explicar el gasto militar que al revés [….] Como sugieren
algunos de los teóricos hegemónicos […], la prosperidad económica podría ser un
requisito previo necesario para la guerra y la expansión. Por lo tanto, […] el
crecimiento económico induciría un aumento del gasto público, lo que a su vez
permitiría un mayor gasto militar; por lo tanto, los gastos militares serían
"causados" por el crecimiento económico en un cierto lapso de tiempo.
Para que el gasto militar obstaculice el desempeño económico, tendría que
superar a todas las demás áreas de una economía, como suele ser el caso durante
la guerra” (pág.14-15).
Los gastos militares se relacionan con la defensa del grupo
que los produce. Individualmente cada uno está inserto entre muchos otros
grupos, algunos de los cuales que pueden tener motivos hegemónicos de
expansión. Pero además los Estados pueden beneficiarse al confiscar los bienes
de los grupos contiguos. Nosotros en los tiempos modernos no hemos escapado de
este dilema. El colonialismo, la esclavitud, la discriminación y las
ocupaciones territoriales todavía nos acompañan, aunque hayamos logrado
reconsiderarlos y disminuirlos.
Reflexionar sobre Atenas y Esparta nos ha dado algunas
pistas para especular sobre nosotros mismos. A veces Atenas y Esparta peleaban
por similares ideales, o por lo menos valores coincidentes, como cuando se
defendían del intento de invasión persa en las Guerras Medicas. Para Atenas se
trataba de la defensa de la democracia por medio de las armas. En los tiempos
modernos algo parecido ocurrió cuando “los aliados” confrontaban la expansión
alemana en la Segunda Guerra Mundial. En el mismo sentido, cuando Atenas
establecía ciudades/Estado en Anatolia, como Mileto, dejaba en ellas el ideal
de la democracia y al mismo tiempo los defendía militarmente.
Normalmente las razones de la guerra tenían dos
apreciaciones en el mundo griego. Para el rey o la ciudad conquistadora, las
pérdidas del oponente se veían como ganancias, porque el líder de las tropas
tomaba para sí los territorios y las riquezas de los conquistados, y
esclavizaba a sus habitantes. Para el perdedor las consecuencias significaban
lamentos y muchas veces sueños de venganza. Siempre se atribuían las
ocupaciones exitosas -o, por otro lado, las desgracias- a los designios de los
dioses, y muy pocas veces a las torpezas humanas.
Podemos dar el ejemplo del rey de Lidia, Creso. No era
griego, pero su vida podría representar al estilo de proceder en toda la
región. Según Heródoto (siglo II o III a. C. / 1981) Creso era inmensamente
rico, tal vez debido a las conquistas que logró hacer en la primera parte de su
vida, y el pillaje que siempre resultó de estas incursiones militares. Como
casi todos los demás paladines de su tiempo, veía estas incursiones como
indicaciones gloriosas de su valentía y la grandeza de su pueblo. Tenía el ojo
puesto en el reino de Persia, y para ver si era propicia una ofensiva contra
Ciro el Grande, su rey, envió una pregunta al oráculo de Delfos, y recibió como
respuesta un vaticinio ambiguo que decía que, si cruzaba el Río Halis, en la
dirección Capadocia, esta acción sería la causa de la ruina de un gran imperio.
El oráculo no especificó cuál potencia caería. Así, creyendo que el imperio
arruinado sería el de Ciro, al final de su vida atacó al territorio persa.
Creso terminó perdiendo tanto la batalla, como su capital
Sardes, su ejército y su propio reino. Según Heródoto, después de la derrota
Ciro le preguntó a Creso: “¿quién te indujo a emprender una expedición
contra mi tierra, y a mostrarte enemigo en lugar de amigo mío?” Creso
respondió: “Rey, yo culpa el dios de los griegos que me impulsó a atacarte.
Porque nadie es tan necio que prefiera la guerra a la paz: en ésta los hijos
entierran a sus padres, y en aquella los padres a los hijos. Pero quizá los
dioses quisieron que así sucediese” (p. 142). Creso, con su enorme fortuna,
podría haberse quedado en casa. Esta manera dual de ver al gobierno y a la
conquista militar permeaba a todos los reinos y ciudades de aquellos tiempos.
En primer lugar, sentían que la guerra y la conquista eran fuentes de
prestigio, honor y riqueza. Segundo, al perder, lamentaban los muertos y la
destrucción y culpaban a los dioses.
En un ejemplo contrastante, aunque Homero era griego,
lamentó la pérdida de Troya, (Homero, Siglo VIII a. C.
/1989):
“Sin los dioses, ¡por tan poco tiempo puede mantenerse el
monumento hecho por las manos humanas más orgullosas! [….] cuando exterminaron
a sus hijos, su ciudad se quemó, y los que sobrevivieron de los griegos, a
Grecia se devolvieron; entonces Neptuno y Apolo sacudieron a la costa, [….] Y
ningún fragmento refrenda dónde estuvo aquella maravilla” (p. 356, Nota
44).
En Atenas las guerras influían sobre el desarrollo de la
democracia. Al contrastar Atenas con Esparta recordamos que en ambas ciudades
casi todos los hombres libres eran hoplitas y tenían la
obligación de defender su ciudad militarmente en el caso de una provocación.
Pero en Atenas, desde el tiempo de Clistenes, ellos podrían votar sobre temas
políticos y con relación a la justicia social; como parte de la población
votante tenían inclusive el derecho de decidir si iban a la guerra o no. Eran
participantes activos en la vida civil. Los ciudadanos espartanos no tenían
este derecho. Su único papel era obedecer a sus líderes y desempeñarse con
honor en el campo de batalla, es decir, regresar al fin a casa cargando su
escudo, o colocado sobre él como héroe muerto.
Era costumbre recompensar a los militares como los hoplitas con
privilegios políticos. En Atenas esto señala una cierta relación entre la
conducción de la guerra y el desarrollo constitucional. Mientras la polis
crecía y los hoplitas se fortalecían, se ensanchaba la base de
la población que iba incorporándose como ciudadanos. Esto tenía dos
consecuencias: primero los hoplitas eran hombres libres que
valoraban la democracia. Pero, además, constituían una fuerte influencia sobre
políticas relacionadas con el desarrollo del imperio y los códigos de honor
militar.
El trato dado a las clases bajas en Atenas y Esparta
Esparta se vio obligado a defenderse contra los excluidos de
su propia ciudadanía. Al crear la clase de los ilotas, según
Aristóteles (Siglo IV a. C. /31-10-2017, p 55), los espartanos creaban un
enemigo interno que requería constante vigilancia: “ [Los ilotas espartanos
s]on enemigos eternos, que espían sin cesar la ocasión de sacar provecho de
cualquier calamidad”. Es decir, los ilotas no tenían
motivos para defender a la ciudad y sus intereses, y con frecuencia intentaban
sublevarse.
Podemos reflexionar sobre las protestas y sublevaciones de
las clases desposeídas en el siglo XX y en el inicio del Siglo XXI de nuestros
tiempos. Ha habido dos reacciones por parte del poder: a) una inclusión falsa y
b) la represión policial/militar. En la primera situación, el Nacional
Socialismo en Alemania obtuvo apoyo masivo en los años 30 del siglo XX,
motivado por el descontento de la población empobrecida después de la Primera
Guerra Mundial. En este caso hubo un engaño que ofrecía una participación falsa
–en realidad Hitler sólo brindaba la posibilidad de morir desgraciado como un
soldado imperial-; el fascismo concluyó con aún más destrucción, e incluso uno
de los peores casos de genocidio en la historia del mundo. Ha habido otras
ofertas populistas que también han terminado burlándose de las expectativas de
los seguidores de líderes quiméricos. Por otro lado, con relación a las
respuestas represivas, en el Siglo XXI desde la “Primavera Árabe”, cuya
represión dio inicio a la actual y brutal guerra en Siria, hasta las marchas de
los sectores excluidos en Venezuela, Colombia y Chile, y los reclamos de “Black
lives Matter”[25] en los Estados Unidos, estamos
repitiendo las mismas respuestas represivas y militaristas de los espartanos
contra los ilotas, y olvidando las lecciones en inclusión que
dejaron los atenienses.
En el mismo sentido, en Esparta el honor del guerrero estaba
por encima de todos los demás valores. Dijo al respecto Aristóteles que se
puede reflexionar sobre los sistemas de gobierno como hizo Platón en sus Leyes,
y que no es sano enfatizar solamente la virtud del guerrero, como hacía
Esparta. Dijo (Siglo IV a. C. /31-10-2017, p. 60):
“No niego la utilidad del valor para llegar a la
dominación, pero Lacedemonia, que se ha sostenido mientras ha hecho la guerra,
ha perdido el poder por no saber gozar de la paz y por no haberse dedicado a
ejercicios más elevados que los de los combates. Una falta no menos grave es
que, reconociendo que las conquistas deben ser el premio de la virtud y no de
la cobardía, […] los espartanos han llegado a considerar a aquéllas como cosa
superior a la virtud misma, lo cual es mucho menos laudable.”
Ethos, pathos y logos son
palabras que usó Aristóteles en la “Retórica” (Siglo IV c. C./sf) para señalar
tres diferentes estilos declamatorios usados por un orador para convencer a sus
oyentes. Ethos refiere al carácter, o la ética del orador y lo
que dice, Pathos es la llamada a las emociones, y logos refiere
a la evocación a lo lógico del discurso. El ethos también
puede entenderse como un modo de ser, tanto personal como social. Implica la
creación de una ética y estética personal y también la fundamentación de reglas
y leyes que ordenan las conductas de los ciudadanos y establecen cuáles serán
las posibles relaciones entre ellos. Lo que fortalecía a ciudades/Estados
en el sentido de su herencia cultural era su capacidad para generar variadas
soluciones culturales que creó para cada una la idea de un ethos como
una teoría de la vida.
Se puede calificar a las ciudades/Estados según esta última
acepción de ethos, cada una creó un modo de ser para las personas
dentro de la sociedad. Esto fue la hazaña principal de los griegos, pero
también condujo a su eventual destrucción, porque el ethos de
cada entidad geográfica y política era incompatible con el de los demás. Tal
vez el eje principal que los dividía culturalmente era la relación entre el
militarismo y la democracia.
Capítulo III
El
Nacimiento de la Razón
Hay varios modelos de razonamiento. Clásicamente siempre
referimos a la inducción y la deducción, también podemos hablar de las
inferencias (usando palabras como “plausible”), o el término medio del
silogismo.
También se puede hablar de la razón instrumental que ha
guiado al nómada en la fabricación de sus flechas y en la construcción de sus
chozas. Es imposible erigir un templo sólo rezando a los dioses, y por esto hay
que hacer y manipular instrumentos, y saber equilibrar piedras o elaborar
estructuras usando otros materiales. Esta capacidad tenía que estar presente en
las primeras agrupaciones de personas, y en las primeras ciudades, por lo menos
entre los que construían los templos, y entre los marineros que intuían sus
rutas en el mar observando las estrellas; la supervivencia siempre ha requerido
algún entendimiento mínimo del mundo físico.
Inclusive, el razonamiento instrumental puede ser mucho más
antiguo. En la isla de Creta han descubierto un sitio paleolítico con una gran
cantidad de herramientas de cuarzo como hachas, manufacturadas por lo menos
hace 130.000 años. Es más, no está claro que fueron hechas por homo sapiens.
Dado que Creta sea una isla, esto significa que quienes las hicieron llegaron
por mar, es decir, tenían embarcaciones y podían navegar (JohnBlack,
25/10/2019).
En el capítulo anterior mencionamos a las recién encontradas
ruinas de El templo de Göbekli Tepe en Anatolia (hoy Turquía) que factiblemente
tienen más de 10.000 años de antigüedad. Fueron construidas por nómadas antes
del comienzo de la agricultura, y sin embargo ofrecen evidencia de una cultura
compleja que tenía suficientes conocimientos para crear estructuras en un área
que medía mil metros de ancho y 50 metros de altura en capas sucesivas de
arena. Los círculos de piedra son bellamente decorados (BBC News Mundo,
18-5-2020). Para poder hacer esto se necesitan conocimientos con
cierto grado de objetividad tecnológica. Este es un caso especial debido a su
antigüedad, pero luego los egipcios, los sumarios y otros demostraron poseer
desde muy temprano la capacidad para este tipo de racionalidad. Los sumarios,
por ejemplo, inventaron el sistema para medir el tiempo que todavía usamos: horas
de 60 minutos y días de 24 horas, empleando una base sexagesimal para contar
–en vez de una base decimal como usamos nosotros-. Y lo hicieron en el tercer
milenio a. C. (Sullivan, 10/1/2017).
En un sentido más formal, la palabra “razón” tiene varias acepciones.
Según la Real Academia Española, entre ellas se encuentra la facultad para
pensar, reflexionar, inferir, y argumentar en defensa a un punto de vista,
motivo u opinión. Se trata de un proceso de llegar a una conclusión certera, o
formar juicios sobre una determinada situación. (Definición, s/f). Se puede
añadir a esto la elaboración de métodos o modelos de razonamiento como hicieron
Euclides, Arquímedes y Aristóteles[26]. Desde la perspectiva de la filosofía,
es la habilidad de reconocer y cuestionar conceptos. El objetivo es establecer
la coherencia o contradicción entre los argumentos. Hay múltiples recursos
lógicos para llegar a conclusiones “razonables”, como los principios de
identidad, de no contradicción y del tercero excluido (entre el ser o no ser de
un concepto, no hay posibilidades de situación intermedia). En cambio, la razón
escéptica sería la capacidad que tiene el ser humano de dudar, pensar,
reflexionar y cuestionar viejas creencias, o anacrónicamente podemos mencionar
como Descartes en el siglo XVII d. C. estableció una relación significativa
entre el “sujeto –cogito” - que piensa, y el mundo externo. La duda es siempre
el primer paso.
¿Cómo se distingue entre el pensamiento mítico o
tradicionalista y la capacidad para razonar? Es un problema que todavía no
hemos podido superar. Podemos identificar las fuentes de la razón, pero muchas
personas no las internalizan: hoy en día hay quienes creen tener “razones” para
pensar que el mundo es plano, que visitantes de otros planetas construyeron las
pirámides de Egipto o que las vacunas son ardides de los gobiernos para
controlar nuestros pensamientos. Estos son casos pintorescos, pero los más
comunes resultan de la extrema identificación con dogmas religiosos, políticos
o étnicos, el rechazo enfático de cualquier otra manera de pensar y negarse a
buscar más criterios. En este sentido somos muy parecidos a los griegos
pre-homéricos.
Históricamente en Grecia la razón, en el sentido formal de
la palabra, nació con Atenea, curiosamente del panteón de los dioses. Cuando el
mitológico rey Cecrops la nombró como patrona de Atenas, hizo algo profético:
dedicó la ciudad a la justicia y la razón. Probablemente respondía a un ánimo
vigente entre sus moradores; este acto señaló a un cierto sistema de valores ya
existentes, y el rey lo fijó para sus descendientes.
La justicia, el paideia y arete
Los antecedentes que acabamos de señalar no son de ningún
modo exhaustivos; sólo indican que el pensamiento racional surgió muy temprano
en los tiempos humanos. Lo que los atenienses hicieron, lo novedoso, era
aplicar la racionalidad a su propia sociedad y a la administración pública, y
darse cuenta que el autogobierno no sólo era posible, sino también, que tenía
la capacidad de aumentar el bienestar de sus ciudadanos. Dijo Aristóteles en la
Política:
“La naturaleza arrastra, pues, instintivamente a todos
los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un
inmenso servicio, porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección
posible es el primero de los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin
justicia. En efecto, nada hay más monstruoso que la injusticia armada. [….] La
justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la
asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho”
(Aristóteles, p. 7).
En Atenas, la decisión “justa” era el resultado de debates
en el foro público.[27] Como podremos apreciar más
abajo, los atenienses inventaron la duda y la fijaron en sus discursos y
escritos, es decir, aunque los ciudadanos no dejaron de creer en los oráculos y
las leyendas, algunos de sus filósofos se distanciaron de estas tradiciones y
confiaron en el producto de sus propios pensamientos y decisiones. Sus
especulaciones personales conducían a alocuciones en grupo, en las calles y en
el foro público. Quienes gobernaban tenían que oír los debates y obedecer las
decisiones de la Asamblea.
Hemos hablado de la ley griega en el segundo capítulo. En el
sistema legal ateniense después de Pericles, los tribunales resolvían los
conflictos mediante argumentos en lugar de recurrir a un sistema prescrito de
normas explícitas para cada caso[28]. La Asamblea conducía juicios y decidía
tanto en casos políticos y juicios individuales, como en la decisión de
declarar guerra. Eran temas de apasionado debate.
No siempre lograron decisiones certeras. Por ejemplo, en el
año 399 a. C. condenaron a Sócrates, y más tarde en el cuarto siglo no oían los
avisos de Demóstenes sobre los peligros representados por los macedonios; en el
primero de sus discursos llamados “las Felípicas” dijo:
“¿Podría haber noticias más extrañas que un hombre de
Macedonia está ganando a los atenienses en guerra, y ordenando en los asuntos
de los helenos? [….] ¿Está Filipo muerto? [….] si algo le pasara, pronto os
levantaréis un segundo Felipe, [….]” (Demóstenes, (349 o 351 a. C. /10,
2005, párrafos 11-12).
El segundo Filipo terminó siendo Alejandro Magno.
Desafortunadamente sus compatriotas no le oyeron a tiempo. Esta historia de
Demóstenes nos revela el complejo proceso de tomar decisiones en la Asamblea.
No todas eran acertadas, pero respondían a la voluntad de los ciudadanos.
Había en Atenas muchas teorías sobre el Estado y las
constituciones, y evidentemente la idea de leyes básicas y prototipos de
diferentes modelos de la democracia eran temas de especulación: al respecto
Aristóteles menciona y critica a las ideas de Sócrates, Platón, Faleas de
Calcedonia, Hipódamo de Mileto y las que regían en Lacedemonia, Creta y otros
lugares. Podemos concluir que el trabajo de elaborar la democracia en Grecia
era una tarea inacabada, y existía el afán de continuarla aun después de Solón,
Clístenes y Pericles. Tal vez si la ciudad hubiera sobrevivido a Alejandro y
los romanos, sus ciudadanos hubieran tenido nuevas y más completas versiones
del autogobierno y justicia.
La educación formal para los ciudadanos era de suma
importancia en Grecia. Hay dos conceptos importantes para entender su sistema
educativo, sobre todo en Atenas: “paideia” y “arete”. El primero
refiere a la educación, en el sentido de una rigurosa formación intelectual,
espiritual y atlética, y señala la creación de un carácter esencialmente
humano, ennoblecido y pleno. Arete es un concepto relacionado
con paideia, y refiere a la excelencia, que comprende el honor, el
coraje, la elocuencia, y en general un agregado de cualidades cívicas, morales
e intelectuales. Incluye también la capacitación para pensar.
Desde la época arcaica de Homero el arete se
asociaba sobre todo con la valentía, el honor y la destreza en el combate. El
sistema educativo fue enriqueciéndose desde el modelo homérico hacía una
versión más democratizada para el siglo V a.C. Dice López Noriega (s/f) que
el arete comienza a extender los beneficios de la educación a
los ciudadanos, eliminando al máximo la exclusión.[29] No se descartó la percepción
heroica de Homero, pero: “Hesiodo canta y alaba el silencioso y arduo
trabajo, como también a la sapiencia del artesano y el trabajador griego”
(párrafo 45). Es decir, se extendía la idea de arete al
trabajo manual que tradicionalmente fue considerado por los aristócratas como
deshonorable. Sin embargo, el prejuicio de clase social no terminó de morir, y
Plutarco en el siglo I d. C. todavía consideraba abyectos a los
labradores.
La excelencia en un ciudadano en la época democrática
consistía en el cultivo de valentía y la moderación. Platón y Aristóteles
consideraban importantes también la prudencia y la justicia. En suma, el arete entre
los griegos de los tiempos de Solon, Clístenes y Pericles (excelencia en el
razonamiento y la capacidad oratoria, por ejemplo) puede contrastarse con el
mismo concepto de los tiempos Homéricos (el coraje y la audacia del guerrero y
las destrezas de un soldado como Aquiles). Con el tiempo no se eliminaron los
valores marciales, pero se añadió a ellos ideas como la justicia, la igualdad y
la paz.
La filosofía
Tres milenios antes de los griegos hubo un incipiente
intento de reflexionar sobre temas filosóficos en Babilonia, como el origen y
la naturaleza del lenguaje, el arte de la comunicación entre los dioses y los
humanos y la idea de la inmutable veracidad de la justicia monárquica (Van De
Mieroop, 2016). Pero la filosofía basada en la duda y la reflexión tenía que
esperar al primer milenio a. C. en Grecia.
Después del siglo V los filósofos griegos eran cosmopolitas:
provenían de los asentamientos en todo el mundo heleno, desde el sur de lo que
hoy es Italia, hasta las colonias en Anatolia en el este, pasando por toda
Grecia. Esto es en sí importante, porque indica que de repente hubo un gran
florecimiento en toda la cultura, excepto tal vez en Esparta.[30] Era una explosión espontánea
y generalizada, pero es difícil identificar una chispa causante y original; los
materiales pirofóricos de esta combustión pueden, tal vez, encontrarse en
Solon, Peisistratus, Clístenes y Pericles, una sucesión de líderes que hablaban
de justicia social y formas sucesivas de autogobierno.
Muchos filósofos helenos vivieron por un tiempo en Atenas, o
fueron influidos por ella. Al examinar algunos de ellos podemos ver cómo su
pensamiento comenzó a rebasar el tradicional moral mítico. Sin los recursos de
la filosofía y la ciencia moderna, comenzaron a cuestionar la existencia de la
materia, la verdad, la justicia y el honor. Aunque algunas de sus conclusiones
nos parecieran pintorescas a nosotros en el Siglo XXI, se trataba de una manera
totalmente nueva de ver al mundo. En vez de aceptar las explicaciones de
fábula, indagaban a la misma naturaleza para encontrar sus respuestas.
Los filósofos pre-socráticos en Grecia se interesaban sobre
todo por temas relacionados con el origen o la sustancia del universo. Lo
encontraban en la tierra, el agua, el aire y el fuego (Empedocles de Acragas),
o en los números (Pitágoras). Pitágoras se dio cuenta del isomorfismo entre
ciertos fenómenos físicos como el de la música con la matemática, y desarrolló
las primeras reflexiones sobre la geometría. Por su parte Parmenides cuestionó
la posibilidad de cambio, lo que condujo a que Demócrito lo refutara con sus
doctrinas físicas que se basaron en una idea -sorprendentemente moderna- de la
materia: la consideraba esencialmente vacía, o un espacio infinito en el que se
movía un número vasto de átomos que producían el mundo físico. Consideró que
estos átomos eran eternos, indivisibles e infinitesimales.
Es interesante comparar esto con la física moderna según
Heisenberg, el físico teórico alemán del siglo XX d. C. La herencia
es evidente:
“La tesis de la existencia de los átomos fue la
consecuencia natural del desarrollo del concepto de sustancia (arjé), que es el
concepto con que primero luchó la antigua filosofía natural. La idea era que en
el movimiento constante de los fenómenos debe de haber algo fijo […..S]urgió la
idea de las unidades más pequeñas indivisibles de la materia,
[….] En opinión 0de los atomistas, los átomos son la verdadera
realidad; entre ellos sólo existe la nada. [….] La moderna teoría atómica
admite también la existencia de componentes elementales indivisibles de la
materia. [….] La experiencia de la física actual enseña que no
existen átomos como simples objetos corpóreos, pero que sólo introduciendo el
concepto de átomo es posible formular con sencillez las relaciones que
determinan todos los procesos físicos y químicos” (Poe, s/f, citando a W.
Heisenberg).
Nos interesa particularmente en este capítulo cuestionar el
desarrollo del pensamiento crítico que tal vez nació con los sofistas. Eran
maestros de la retórica, una herramienta de los oradores que era de suma
importancia en un sistema regido por una Asamblea con poder de decisión
política. La retórica trata de una serie de instrucciones para los oradores,
para poder convencer a los demás, sin referencia a la calidad del tema en
discusión. Los sofistas extendieron estas reglas e interpretaban al mundo en
general en un sentido radicalmente relativista. “El arte de la persuasión no
está al servicio de la verdad sino de los intereses del que habla. Llamaban a
ese arte ‘conducción de almas’. Platón dirá más tarde que era ‘captura de
almas’” (Semos, s/f). El paso del relativismo temático de los usos
retóricos de los oradores hasta el escepticismo con respecto a la materia es
pequeño. Un orador dice lo necesario para convencer a su auditorio. Si las
conclusiones de los argumentos son relativas, entonces los sofistas llegaban a
negar toda la existencia de una verdad única, ni siquiera en relación a lo que
se puede decir sobre el mundo físico. Podemos decir que se trataba de una clase
de “adolescencia” para la razón, con filosofías rebeldes, disparatadas y
provocadoras.
La posición de los sofistas, aunque radical, abrió un
espacio para la duda. La cómoda certeza que ofrece el mundo de leyendas y la
creencia en un panteón de dioses, o en la licitud del derecho de los reyes a
gobernar, inhibe la construcción de nuevas maneras de pensar y
vivir. Ellos abrieron una brecha necesaria para el nacimiento de la
razón y la democracia.
En cambio, Sócrates, sí, creía en la posibilidad de buscar
la verdad; consideraba que los hombres la conocían al nacer, pero que la habían
olvidado. Según él, enseñar y razonar conducían al “recuerdo” del conocimiento.
Este filósofo, que no nos dejó nada escrito,[31] paseaba por las calles de Atenas
asumiendo una postura de ignorancia y cuestionando a la gente que allí
encontraba, haciéndoles preguntas sucesivas, dirigidas hacia el descubrimiento
de la realidad subyacente a sus creencias. Era un proceso que llamamos
“mayéutica”.
El Logos de Sócrates era mucho más
desarrollado y fructifico como método de reflexión que el relativismo de los
sofistas, o la realidad de contrastes de Heráclito; era una búsqueda meticulosa
y dialéctica, una interrogación verbal de un problema particular para encontrar
una respuesta. Y esta respuesta final era una sensación de reconocimiento, como
la que se tiene al distinguir un amigo dentro de una muchedumbre. Sócrates
llegaba a esta sensación por medio de cuestionamientos sucesivos y metódicos,
como franquear puertas ordenadas y sistemáticas hasta llegar a la
verisimilitud. El asombro de los griegos del siglo V a. C. al descubrir el
poder de “la razón” en sus diferentes acepciones, en contraste con las
iteraciones y reiteraciones del pensamiento mítico, tiene que haber sido
exaltante y jubiloso. En ese entonces, para sus discípulos, conversar con
Sócrates tiene que haber sido una fiesta de liberación.
Al final lo enjuiciaron por “corrupción de la juventud”
porque dudaba de las tradiciones. En el discurso que Sócrates dio en su propia
defensa (“La Apología”, Platón, 1997), usó el mismo método oratorio que siempre
había usado en sus diálogos con sus discípulos, pero esta vez contra Mileto,
uno de sus acusadores. En este proceso Sócrates guío poco a poco a su
denunciante y calumniador a responder a sus preguntas, demostrando lo ilógico
de sus acusaciones.
Sin embargo, Sócrates fue condenado a la muerte. La muerte
de Sócrates es, tal vez, la tragedia principal del ensayo ateniense con la
democracia y la razón. Como lamentó Platón en Fedón: “Tal fue el final […]
de nuestro amigo de quien debo decir, de todos los hombres de su tiempo que he
conocido, él fue el más sabio, el más justo y el mejor” (Platón, entre 389
y 399 a. C./2008, p. 71.)
La condena de Sócrates puede volver a encontrarse en la
intransigencia de los tradicionalistas de todos los tiempos que no toleran
dudas. La visión vetusta del mundo sólo admitía la obediencia a los dioses y al
gobernador o rey. Aunque los dioses no ofrecían realmente
explicaciones coherentes, ni sobre el origen de las cosas, ni sobre las
relaciones entre los humanos, ni sobre los deberes de honor y el sentido de
vida, las leyendas y los dictámenes de los oráculos proporcionaban la seguridad
y la identidad de un pueblo, encarnada ésta en los ritos y los conocimientos
ancestrales. Mucha gente de aquellos tiempos no sólo temía cuestionarlos, sino
también estaban dispuestas a usar la violencia en sus intentos de resguardar sus
valores.
Sócrates, Platón, Aristóteles y los demás no temían imaginar
nuevos mundos sociales y políticos. Ya en Esparta y Atenas existían
constituciones que limitaban y especificaban los poderes de los líderes. Los
atenienses estaban orgullosos de la suya, pero ellos podían imaginar la
posibilidad de cambios en ella:
“Puesto que nuestro propósito consiste en indagar cuál es
entre todas las asociaciones políticas la que deberán preferir los hombres
dueños de escoger una a su gusto, habremos de estudiar, a la vez, la
organización de los Estados que pasan por ser los que tienen mejores leyes y
las constituciones imaginadas por los filósofos, limitándonos a las más
notables. Por este medio descubriremos lo que cada una de ellas puede encerrar
de bueno y de aplicable, y al mismo tiempo demostraremos que si intentamos
formar una combinación política diferente de todas ellas, nos ha movido a ello,
no un vano deseo de lucir nuestro ingenio, sino la necesidad de poner en claro
los defectos mismos de todas las constituciones existentes” (Aristóteles,
tomado de la Política, p. 31).
Platón, que fue alumno de Sócrates, aplicó métodos similares
a reflexiones sobre el mundo social y político. Entre la diversidad de
propuestas constitucionales estaban las de Sócrates (y Platón) que proponían un
sistema de propiedad comunal (incluyendo las mujeres y los niños), pero
Aristóteles rebatía estas ideas con una larga reflexión en la
Política. En un momento dijo:
“Por lo demás, es poco cuanto se diga de lo gratos que es
la idea y el sentimiento de la propiedad. El amor propio, que todos poseemos,
no es un sentimiento reprensible; es un sentimiento completamente natural, lo
cual no impide que se combata con razón el egoísmo. [….] Es un verdadero
encanto el favorecer y socorrer a los amigos, a los huéspedes, a los
compañeros, y esta satisfacción sólo nos la puede proporcionar la propiedad
individual” (Aristóteles, p. 38).
La poesía y el teatro
Evidentemente la poesía no se inició en Grecia, ni siquiera
con Homero. La poesía probablemente comenzó como una parte integra del lenguaje
humano, en las rimas de los niños que aprenden a hablar. Sin embargo, hay
inscripciones jeroglíficas egipcias, y obras como el poema de Gilgamesh de
origen sumerio para atestiguar las viejas canciones y poemas épicos. En Grecia,
como en todas partes, las canciones de cuna, la mima, el baile, las imitaciones
y los cantos colectivos siempre estuvieron presentes.
Desde tiempos inmemoriales los aedos y rapsodas, los
cantores profesionales, cantaban sus poemas frente a audiencias diversas, pero
la presentación de un espectáculo, con autor, guion y actores es algo que se
atribuye a un joven llamado Thespis.
Paul Gerard describe a Thespis, un casi desconocido muchacho
de Icaria, como el primer autor y actor de la tragedia griega; el joven está
también reconocido por Aristóteles y otros por el mismo motivo. Después de
cierto éxito en su propio pueblo, lo llevaron a Atenas. Dice Gerard:
“Por muy oscuros que sean los hechos [de la] tragedia en
Ática, fue Thespis quien hizo el primer intento entre los atenienses de
[desarrollarla….] Una tradición le atribuye la invención del prólogo y la de
las largas diatribas yámbicas. [….] Sea como fuere, probablemente fue Thespis
quien fue la primera en componer tragedias en cierta medida. Sus dramas, […] no
carecían de valor literario; desde Icaria, lo vemos transportados a Atenas,
donde su novedad atrae a un gran público. El mismo Solón los verá representar [….]
(Girard, 1891, p. 3).
La poesía, y luego las obras teatrales, constituían
reflexiones y críticas sobre los acontecimientos del tiempo y sobre el pasado.
He considerado en el primer capítulo como Homero alaba a los héroes, tanto
griegos como troyanos en la Ilíada. He reflexionado sobre cómo la obra
constituye una lamentación por las pérdidas de la guerra, y por la destrucción
de la misma ciudad de Troya, aunque Homero fuera griego. No es una simple
celebración de una antigua victoria por parte de un patriota: es, sobre todo,
un anhelo de paz. En el mismo sentido, “Las Troyanas” de Euripides (Siglo V
a.C./ 2015) lamenta la pérdida de Troya y la triste suerte de sus mujeres que
se conviertan en las esclavas de los griegos conquistadores. El autor lo hace
solamente suscitando la empatía de la audiencia al oír sus lamentos.
Los poetas y los dramaturgos eran personas de muy elevado
nivel cultural. Como dice el editor del Museo del Juglar:
“En la sociedad helénica, el poeta […] era más que un
mero profesional del espectáculo, era ante todo una persona ilustrada, perito y
jurista; su condición histriónica quedaba en segundo plano. Era el depositario
de la tradición y los mitos, portador de la memoria colectiva que daba
identidad al orden helénico” (2015. Párrafo 4).
El teatro griego tampoco era simple entretenimiento, ni
siquiera en sus comedias. Sus dramaturgos más destacados, Esquilo, Aristófanes,
Eurípides, Sófocles, Esquilo y otros desarrollaron dramas en que los grandes
problemas de la sociedad eran plasmados, aunque normalmente soterrados dentro
de las leyendas.
Dijo Aristóteles en la Política que:
“Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría
y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les
permite sentir estas dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra
ha sido concedida para expresar el bien y el mal, y, por consiguiente, lo justo
y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que
sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto y todos los
sentimientos del mismo orden cuya asociación constituye precisamente la familia
y el Estado” (p. 7).
El teatro griego apareció en Atenas al final del siglo VI a.
C. ; las obras que han sobrevivido hasta nuestros días fueron escritas y
representadas en el lapso entre el 472 a.C. hasta el 401 a.C., es decir representan
sólo 71 años de toda la tradición helénica, y sólo han perdurado 33 obras
teatrales (Historiae, s/f). Entre ellas hay obras de Sófocles, Esquilo y
Eurípides. Muchas obras perecieron en desdichas terribles, como la quema de la
Biblioteca de Alejandría y otras desgracias históricas. De los que nos han
llegado, algunas fueron salvadas por los cronistas árabes, como los moros de
Granada y Córdoba en la Edad Media de la era cristiana.
Como ejemplo de la tragedia griega en los tiempos de la
democracia podemos examinar la obra Antígona de Sófocles. Se trata de una larga
reflexión sobre el valor de las tradiciones y la temeridad de los reyes que
intentan desafiarlas. También tiene que ver con el valor y la virtud de
desafiar a los edictos de un rey despótico. Podemos verla como una reflexión
sobre el mérito de la tradición en contraste con el cuestionamiento sofista y
de los pre-socráticos. Entre las preguntas sofistas estaban estos problemas:
¿las normas ocurren naturalmente, o están dadas por los dioses? ¿Son
establecidas por los hombres? En este sentido también Sófocles cuestiona la
ética de desafiar al poder de un rey injusto e intransigente.
Podemos hacer un breve resumen de Antígona (Sófocles, 442 a.
C. /s/f): Los dos hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, se rivalizan por
el trono de Tebas, y en esta pelea se matan mutuamente. Creonte, el tío de
Antígona, se convierte en rey de Tebas y dictamina que, por haber traicionado a
su patria, Polinices no será enterrado dignamente, y se lo dejará en las afueras
de la ciudad expuesto al acecho de los animales de rapiña. Antígona se
atormenta por la decisión, ya que la tradición obliga la realización de los
ritos fúnebres. Antígona decide enterrarlo ella misma. Cuando
Creonte descubre su “crimen”, ella explica que lo ha desobedecido porque las
leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas. Creonte la condena a ser
encerrada viva en una tumba. Después él, prevenido por un adivino sobre lo que
serán las consecuencias de su abuso, decide liberarla, pero ella ya se ha
quitado la vida ahorcándose. A su lado está Hemón, su prometido, e hijo de
Creonte, que también se ha suicidado. Al volver al palacio con su hijo muerto,
le informan a Creonte que su esposa Eurídice también se ha suicidado al conocer
las noticias. El coro finaliza con una reflexión sobre la necesidad de respetar
las leyes divinas.
Entre los elementos de la tragedia griega está la tensión
entre las acciones humanas, las condiciones que las determinan y los excesos de
los humanos, vistos como la voluntad de los dioses o la soberbia de los
poderosos. Tiene su trasfondo en la muy antigua “explicación” que dan los
dioses por los éxitos y fracasos de los individuos. En otro ejemplo, Edipo, en
la obra de Sófocles, fue condenado por los dioses al nacer, y de allí en
adelante todas sus acciones eran simples confirmaciones de la fatalidad.
Pero ocurre también en las tragedias después del Siglo V a.
C. que los transgresores como Creonte -en la obra de Antígona citada arriba-,
eran víctimas de su propia arrogancia y la falta de decencia humana.
Igualmente, en el Agamenón de Esquilo, al regresar (triunfante) de la guerra en
Toya a su reino en Micenas, su esposa Clitemnestra lo asesina en venganza por
haber sacrificado a su hija Ifigenia antes de salir para Troya. En
otra obra del mismo autor, el hijo de ambos, Orestes, venga la muerte de su
padre asesinando a su madre Clitemnestra, y en un castigo divino es perseguido
por las furias.[32] La tragedia en este caso no
es obra de los dioses; es el producto del orgullo y la ambición humana, en este
caso, es culpa de Agamenón, y la desgracia pasa a la segunda generación.
El punto final respecto a la tragedia griega es que recoge
el sentimiento de los tiempos. Las obras no son simples medios para entretener
a la población; eran más bien elaboradas reflexiones sobre los mismos temas en
que estaban especulando los políticos y los filósofos. Tal vez el tema de fondo
era la posibilidad de la agencia humana. Si los ciudadanos atenienses estaban
intentando gobernarse a sí mismos, y habían llegado a considerar que podrían
razonar y luego crear la sociedad en que ellos quisieran vivir, el teatro era
un reflejo de los grandes pensadores de su tiempo.
Consideraciones finales
Desde los tiempos míticos del rey Cecrops, el ethos de
Atenas, en el sentido del carácter predominante de la ciudad, fue su dedicación
a la justicia, la paideia y el arete. Estos
conceptos vienen anidados en la razón, una capacidad humana que ninguna cultura
antes había aplicado a su propia civilización y gobierno. Razonar supone la
capacidad de dudar sobre las creencias y juicios que uno ha tenido previamente.
La disposición para dudar y buscar soluciones mejores
requiere un sistema educativo para crear este potencial entre los
ciudadanos. Los muchachos varones de Atenas recibían una educación
en que se mezclaban los ejercicios físicos, la recitación de los poetas,
ejercicios de razonamiento, lecto-escritura y algo de matemática. Después de su
tiempo de servicio militar, los jóvenes con suficientes recursos económicos
podrían asistir a alguna escuela de filosofía.
La mayoría de estas escuelas eran privadas, pero Platón
consideraba que la educación era fundamental para la democracia y que debería
ser accesible para los hijos de todos los ciudadanos. Hubo una evidente
discriminación a favor de las familias pudientes en términos pedagógicos. Esto
fue tal vez un error importante en la cultura ateniense, porque todos los
ciudadanos podrían votar en la Asamblea, pero no todos tenían un trasfondo
educativo para poder tomar decisiones acertadas. Por esta razón, tal vez, en la
Asamblea condenaron a Sócrates y no oyeron a tiempo las advertencias de
Demóstenes contra los peligros que representaba el poder de Macedonia y las
ambiciones hegemónicas de sus reyes. Ignorar la importancia de la educación
universal en una democracia es un error fundamental que seguimos cometiendo hoy
en día.
Los valores encarnados en la razón, tan caras para Atenas
desde el siglo VI a. C., confrontaban milenios de tradición que no se cedían
fácilmente frente al ethos de la duda. El pensamiento mítico
es fuerte, y puede resistir a los retos impuestos por un naciente pensamiento
racional. Los mitos encarnan los valores intrínsecos de la historia de un
pueblo y su mismo sentido de identidad.
“El pensamiento mítico [….] expresa dramáticamente
la ideología de que vive la sociedad, [y mantiene] ante su conciencia no
solamente los valores que reconoce y los ideales que persigue de generación en
generación, sino ante todo su ser y su estructura mismos, los elementos, los
vínculos, los equilibrios, las tensiones que la constituyen [….]” (p.
28 Georges Dumézil en Prat, s/f, p. 28).
Sin embargo, el pensamiento racional era liberador y
protector para muchas personas, en el sentido de abrir para los ciudadanos la
oportunidad de una agencia verdadera en las decisiones más importantes en sus
vidas.
La tensión entre, por un lado, el consuelo de poder
identificarse con el mito, y por otro, abrazar la incierta autonomía de la
razón, existe todavía. Prat nos alza un espejo donde podemos ver las
manifestaciones de nuestro propio imaginario colectivo que proviene de los
medios de comunicación, donde los ovnis, los personajes del cómic, las
producciones de ciencia ficción y la creación de arquetipos a partir de las
celebridades son algunas de nuestras expresiones del pensamiento mítico. Dice
que: “Personajes como Marilyn Monroe, Simón Bolívar, Elvis Presley, Teresa
de Calcuta, Lady Diana o el Ché Guevara son mucho más que personajes históricos
reales” (Prat, s/f).
Las contiendas entre estos dos imaginarios, el mito y la
razón están acompañadas a veces por el sencillo afán de poder. Individuos se
alzan frente al control democrático, apelando al papel del héroe salvador. Los
hemos visto en el Capítulo II, por ejemplo, en personajes como Peisistrato (y
sus dos hijos Hipparchus e Hipias); aparecen en tiempos de crisis como campeones
del “pueblo”, y se arropan en tradiciones míticas como el héroe hoplita (el
guerrero ciudadano); se presentan como el único que puede rescatar las
tradiciones, o son miembros de un grupo que pueda sentirse amenazado en sus
lealtades étnicas o de clase social. Peisistrato era el primo de Solon;
aprovechó su fama militar y sus capacidades histriónicas para captar la
aprobación de los ciudadanos de Atenas y tomar el poder. Mantuvo los logros
constitucionales de Solon, pero sin efectos reales, asumiendo todo el poder
para él. Era popular con la población, y fortaleció la economía y la identidad
religiosa y patriótica de la ciudad, pero luego de su muerte el dominio pasó a
sus hijos, que resultaron tiranos nefastos, especialmente Hipias. Al final
derrotaron a Hipias –con la ayuda de los hoplitas-, y entonces
Clístenes, un gobernador democrático, fue nombrado arcón de la ciudad,
devolviéndole así al autogobierno.
Lo que me interesa ahora, al final de un capítulo sobre la
razón en Atenas, es preguntar cómo los ciudadanos de una incipiente democracia
se hayan permitido engatusar por una figura aparentemente heroica y
supuestamente salvadora. Es el disfraz que han usado muchos
liberadores fraudulentos a través de toda la historia humana.
Esta pregunta nos devuelve al problema de la necesidad de
una paideia de calidad, un sistema masivo de educación
gratuito para todos los ciudadanos. El ethos puede asumir
muchas formas; en una democracia se quiere retener el ideal de la razón, tanto
en el quehacer político como en relación a un arete consciente
de su excelencia.
Reflexiones finales
He recorrido un milenio, desde la Guerra de Troya hasta la
conquista de Atenas por Alejandro Magno. ¿Qué, al final, hemos visto? Hemos
visto un increíble desarrollo. Unos asentamientos primitivos al final de la
Edad de Bronce se convirtieron en asombrosas ciudades/Estados, con
constituciones y desarrollos en el pensamiento político, legal, filosófico y
artístico. Aparecieron allí las primeras democracias. En aquel lugar, sobre
todo en Atenas, se atrevieron a mirar sus mitos en la cara y cuestionar tanto
el lugar del hombre en el mundo como la posibilidad de una verdadera agencia
humana.
En el comienzo sólo hubo unos asentamientos dispersos y
primitivos cuyos reyes albergaban una rudimentaria noción de cultura
compartida, y unas vagas aspiraciones hegemónicas; ellos, antes del comienzo
del primer milenio a. C. y bajo el mando de Agamenón, cruzaron el
Mar Egeo y atacaron a Troya, una ciudad próspera que controlaba la entrada a lo
que ahora son los Dardanelos; esta ciudad tenía una situación geográfica
ventajosa que le permitía cobrar impuestos a los barcos que iban pasando por el
estrecho. Seguramente la prosperidad de Troya atraía la avaricia de los griegos,
un motivo que acompañaba, o aun rebasa, la leyenda de Helena y Paris. Sin
embargo, después de destruir y saquear a Troya, los griegos no se quedaron a
colonizar la zona. Regresaron exhaustos, cada rey aqueo a su propio reino.
¿Qué es lo fundamental, lo que convierte la Ilíada en el
poema primordial de la historia griega? Este poema ocupaba el mismo lugar en
que se sitúa la Biblia actualmente para muchos judíos y cristianos, es decir,
como la fuente irrevocable e incuestionable sobre los tiempos en que fue
escrito. Dijo Kitto: “Pero la cuestión importante no es quién era Homero,
sino qué era. La Ilíada y La Odisea han sido llamadas la Biblia de los griegos.
Durante siglos estos dos poemas fueron la base de la educación griega, tanto de
la educación formal de la escuela, como de la vida cultural del ciudadano
común. [….] Cundió una especie de Fundamentalismo, semejante a las
interpretaciones de la Biblia de algunas sectas protestantes” (Kitto, p.
20).
Historiadores griegos como Heródoto no dudaron la veracidad
del poema. Lo que me interesa aquí es el significado de estos tiempos homéricos
para la cultura griega que surgió después. En estas reflexiones no importa
tanto la historia arqueológica de Troya, y ni siquiera la autenticidad de las
leyendas. Interesa el mundo de vida que se encuentra en La Ilíada, es decir,
sus ideas sobre el liderazgo, el heroísmo, el papel de los dioses en la vida
humana, sus nociones sobre el amor y la amistad, la sabiduría y la virtud.
Hasta el siglo VI a. C. en Atenas, el papel de los reyes y
gobernantes era decidir sobre los asuntos importantes de su reino o dominio.
Hubo escasa consulta con los habitantes. Esto cambió con la llegada de Solón.
Pero en todo el primer milenio a. C., en los imperios circundantes había
siempre una suerte de “permiso” cultural para que los reyes y los gobernantes
actuasen según su propia voluntad. Plutarco (siglo I d.C. /10/11/2017), en su
libro “Máximas de reyes y generales”, presenta una serie de adagios morales
sobre la conducta de monarcas y otros poderosos, desde los persas hasta los
espartanos y los macedonios. Se puede apreciar como este historiador revela su
admiración por las ingeniosidades individuales de los reyes, que a veces él
toma como instancias de “justicia”. Por ejemplo, Felipo II, después de iniciar
la conquista de Grecia (acompañado por su hijo Alejandro[33]) en 338 a. C., fue aconsejado
así por algunos de los funcionarios: le sugirieron “que colocara
guarniciones en las ciudades. No, dijo él, prefiero que me llamen
misericordioso un buen rato, que señor un poco.” (Plutarco, Máximas, Siglo
1 a. C. /10/11/2017, p. 11).
Es algo que Plutarco interpreta como una especie de
magnanimidad, pero hay que contrastar esta actitud de un conquistador, que
puede hacer todo lo que quiere, con la actitud de los ciudadanos libres de
Atenas después del Siglo VI a. C. Dice Kitto (1957/1985, p. 3):
“El gobierno arbitrario constituía para el griego
una ofensa que lo hería en lo más íntimo. Por eso cuando consideraba los países
orientales, más ricos y civilizados, veía en realidad cómo un régimen de
palacio, encabezado por un rey absoluto, gobernaba no según las normas de los
primitivos monarcas griegos, normas procedentes de Temis o que respondían a una
ley derivada del Cielo, sino de acuerdo con su voluntad personal, la cual no
era responsable ante los dioses, porque él mismo resultaba dios. El súbdito de
tal amo vivía en la condición de esclavo.”
Con el tiempo, después del período homérico, los atenienses
lograron establecer leyes humanizadas, creadas por los ciudadanos en libre
ejercicio de su voluntad.
Había entre los griegos una cierta predisposición al localismo
evidenciada por la existencia de distintas zonas en que los reyes y gobernantes
pudieron obrar con independencia. Esta autonomía perduró y se expresó en la
creación de las ciudades/Estado, más o menos en el siglo VIII a. C. Cada
ciudad, junto con el territorio inmediato, formaba una entidad política
separada, aunque todos se reconocían entre sí como aqueos o argivos – y luego
helenos-, y en los tiempos romanos: griegos. Se organizaban a veces
en ligas en que participaban algunas ciudades/Estados, como la Jonia contra
Persia, la Liga del Peloponeso y la Anfictionía Olímpica, pero nunca llegaron a
formar una alianza general de colaboración económica y cultura, ni a formar un
Estado heleno a pesar de un intento en serio pero fallido, iniciado por Pericles.
Hubo algunos intentos hegemónicos por parte de algunas ciudades –sobre todo de
Esparta- para expandir su influencia por medio de la conquista de sus vecinos,
pero en general los helenos mantuvieron sus distintas identidades y espacios de
dominio.
Esta independencia era a la vez una ventaja y una debilidad.
Permitió la evolución cultural que ocurrió en Atenas, pero la falta de
concordia y de colaboración militar debilitaron a los griegos frente a sus
adversarios como los persas, e incluso frente a las rivalidades hegemónicas
internas entre las mismas ciudades.
Atenas y Esparta
He considerado como las monarquías aisladas evolucionaron
hacia regímenes aristocráticos. Parte de esta evolución tuvo que ver con el
papel de ciudadanos/soldados: he descrito como el papel de los hoplitas era
distinto en las ciudades de Atenas y Esparta. En Atenas fueron incluidos como
ciudadanos en las decisiones políticas con el derecho de votar en la Asamblea;
eran milicianos que salían en la defensa de su ciudad cuando ella peligraba. De
hecho, los atenienses consideraban que su sistema político democrático había
facilitado algunos de sus logros militares, como su éxito en rechazar la
invasión persa. Consideraban que la Hélade[34] fue salvado por los atenienses
libres y democráticos. En este sentido, el éxito militar de los
atenienses puede hallarse en su alta moral, ya que luchaban por su tierra y su
sistema de gobierno. En Esparta, en cambio, los hoplitas eran
soldados profesionales; aunque eran sumamente capaces y dispuestos, sólo se les
esperaba obediencia y heroísmo. Esta limitación frenó la capacidad espartana
para desenvolverse política e intelectualmente, y se puede decir, encausó su
crecimiento casi exclusivamente hacia la conquista y el dominio.
Tanto para los atenienses como para los espartanos, los
intereses de los hoplitas coincidían con los incentivos
imperiales de sus pueblos. Durante la democracia de los siglos V y IV en
Atenas, la expansión colonial hacia los mercados del Egeo era importante debido
a su comercio marítimo. Los hoplitas y las fuerzas náuticas
eran cruciales en este crecimiento económico, y los beneficios se extendían
hasta la clase social de pequeños comerciantes urbanos en Atenas. La democracia
en la vida política de la Asamblea y el Consejo se amplió hasta incluir a
muchos desposeídos, alrededor de 5000 ciudadanos sin propiedad, y todos fueron
favorecidos por la actividad de los intereses militares.
Además de predisponer los habitantes hacia las dudosas
aventuras imperiales de ambas ciudades, la presencia de los hoplitas en
Atenas, como milicias y ciudadanos con el derecho a voto, influía en el apego a
la democracia. Ellos defendían su libertad, y se oponían a los
represores, sobre todo en dos intentos de instalar dictaduras en el siglo V. En
estas dos ocasiones los hoplitas oponían resistencia a los que
estaban aprovechando del despotismo. De nuevo, es importante contrastar los
milicianos atenienses con los soldados profesionales sin derechos políticos en
Esparta, aunque en ambas ciudades se consideraban “libres”.
Las leyes
Probablemente una de las contribuciones más grandes de estas
ciudades/Estados fue la elaboración de reglas formales para el ejercicio de
poder, es decir, sus constituciones y sus leyes. Aun si el origen de estos
acuerdos se pierde en los tiempos de leyenda prehistórica, limitar el manejo de
poder fue un hito fundamental para toda nuestra historia occidental. He
descrito como los espartanos construyeron un complejo sistema de mando basado
en la existencia simultanea de dos reyes, y aunque esto restringía la aparición
de un dictador único, no incluyó a todos los ciudadanos en el proceso de toma
de decisiones. En cambio, los atenienses elaboraron leyes abstractas, sujetas a
la voluntad de los ciudadanos. Se trata de la primera vez en la historia que
esto haya ocurrido.
Hemos visto que las reglas de Atenas y Esparta eran muy
distintas, y condujeron a estilos muy diferentes de vida. Este hecho es muy
digno de reflexión: aunque hubo discrepancias culturales de base desde mucho
antes, al formalizarlas, se perduraron. Esparta quedó como un régimen
militarista, comunal y muy regimentado. Atenas, en cambio, se abrió al
cuestionamiento, a la exploración política y un inusitado desarrollo en la
filosofía, la matemática, las artes y el pensamiento formal en general.
La duda
El paso desde el fundamentalismo homérico hacia el
cuestionamiento de los filósofos pre-socráticos es algo que debe interesarnos a
todos. Es un problema que todavía nos atañe como tarea civilizatoria. Para
examinar este paso ha sido imprescindible en este libro reflexionar sobre la
diferencia entre Atenas y Esparta.
Kitto habla de la vida cotidiana de los ciudadanos
atenienses, hombres que poseían esclavos para las tareas ordinarias, y que
tenían tiempo para andar por las calles, conversar y reflexionar. Dice que era
un pueblo “sociable”:
¿Qué otra sociedad sino Atenas pudo haber producido una
figura como Sócrates, el hombre que cambió la corriente del pensamiento humano
sin escribir una palabra, sin predicar una doctrina, simplemente conversando en
las calles de la ciudad que sólo abandonó dos veces para ir a la guerra? [....]
La verdadera educación del ateniense ... era impartida en los lugares de
reunión en las horas de charla en la plaza del mercado, en el peristilo o en el
gimnasio, en las asambleas políticas, en el teatro, en los recitales públicos
de homero y en las celebraciones y procesiones religiosas” (Kitto,
1957/1985, p. 18).[35]
La innovación ateniense era aplicar la racionalidad a su
propia sociedad y a la administración pública, y darse cuenta que el
autogobierno no sólo era posible, sino también, que tenía la capacidad de
aumentar el bienestar de sus ciudadanos.
Para los propósitos de este libro, llamo “aceptación de la
incertidumbre” a la posibilidad de la duda, sobre todo respecto a las
tradiciones míticas de la antigua Grecia. Hay que admirar a los esfuerzos
asombrosos de los antiguos para poder pensar con independencia y tener
confianza en sus propias capacidades para deliberar y llegar a conclusiones
verosímiles.
Un buen rey Vs una constitución
Arriba mencioné el “permiso” que tenían los reyes para tomar
decisiones sin consultar a su pueblo. Los escritores atenienses de los siglos V
y IV prestaron mucha atención a este problema, y estas reflexiones hacían eco
de un sentimiento extendido en la ciudad. Es decir, el paso de una monarquía
sin restricciones, a una autocracia y finalmente a una democracia, era un
superación pensada y madurada en el tiempo. No había nada azaroso en este
progreso, aunque, sí, hubo mucho vaivén político y caos estatal
recurrente. En el tercer capítulo hablé de la obra “Antígona” de
Sófocles y las dos obras sobre Ifigenia escritas por
Euripides. Detrás de las tres tragedias está el problema del tirano.
En Ifigenia en Áulide el padre de ella, Agamenón, la sacrifica
para poder zarpar a la guerra de Troya,[36]. Subyacente a estas dos figuras (de
Ifigenia y de Antígona) está el problema de la prerrogativa del rey para actuar
sin restricciones.
Agamenón era un antiguo rey (de los tiempos homéricos)
porque se casó con Clitemnestra, la hija de Tindáreo el rey anterior. Lo que
nos interesa aquí es como Agamenón se apoderó del trono y el poder. Cuando se
casó con Clitemnestra, mató al primer hijo de ella (de otro padre) para
garantizar su derecho al mando. Luego, mató a su propia hija Ifigenia para no
perder el control del ejército que estaba a punto de llevar a Troya. Era un
monarca brutal sin limitaciones salvo aquellas impuestas ocasionalmente por sus
generales subalternos.[37] Se trataba de un mando marcado por
el ejercicio visceral del poder.
Esparta se adoptó una constitución en que siempre había dos
reyes hereditarios, uno que iba a la guerra y el otro que quedaba administrando
la ciudad. Pero el poder real se ubicaba en una asamblea de guerreros, y en un
consejo de ancianos mayores de 60 años. Se trataba de un frágil equilibrio
entre instituciones, basado en la ley de la ciudad. Aun así, la potestad de decisión
se limitaba a pocas personas.
Atenas se inició de otro modo, con un “buen rey”. He hablado
del mitológico rey Cecrops en el segundo capítulo, el primer rey de Atenas.
Este monarca de leyenda (mitad humano, mitad serpiente) fue quien eligió a la
diosa Atenea como la protectora de Atenas[38]. La diosa tenía autoridad en asuntos
relacionados con la civilización, la sabiduría y la estrategia, y no era una
guerrera de heroísmos ciegos como el dios Ares. En breve, a pesar de la
autoridad real e indiscutible del rey Cecrops, era un gobernante “sabio” más
que un tirano. De estos inicios, Atenas iba eligiendo caminos que
fomentaban la razón sobre la irreflexión y la tradición.
Solón, Clístenes y Pericles
Atenas iba seleccionando sus gobernantes de un grupo
reducido de hombres. Nos cuenta Plutarco, por ejemplo, que:
“Pericles era […] de la más noble cuna tanto del lado del
padre como de la madre. Jantipo, su padre, quien venció los generales del rey
de Persa en la batalla, se casó con Alcmeónida Agarista, la nieta de Clístenes,
que expulsó los hijos de Pisistratos, y de la manera más noble terminó con su
usurpación tiránica [….]” (Plutarco, Vida de Pericles, traducción del
inglés es mía).
He referido a Solon, Clístenes y Pericles en varios
momentos. Ahora toca hacer una última reflexión sobre estos tres hombres y sus
tiempos. Estos tres líderes comenzaban a gobernar en momentos difíciles para la
ciudad. A pesar de pertenecer a una clase poderosa, optaron para
compartir el mando con los demás ciudadanos. Parte de su motivación era
claramente práctica, es decir, recuperar la paz ciudadana en tiempos de discordia
y penuria en la población, y probablemente usaban la participación como un
ardid político. Pero además respondían a un anhelo particularmente ateniense
para lograr un sistema en que hubiera intervención ciudadana en el poder
(aunque no todo el mundo compartía este deseo). Pericles quedó como estratega
(o general) de Atenas por treinta años, fue reelegido cada año, manteniendo
siempre una postura democrática, aunque se puede especular que a veces su
tiempo en el poder se asemejaba a una especie de populismo benéfico.
He notado que esta participación, se basaba en parte en la
existencia de mucho tiempo libre que tenían los hombres libres para
intercambiar ideas en las calles y las plazas, porque contaron con esclavos
para hacer el trabajo práctico. Pero también he observado que la esclavitud no
fue responsable por la democracia ateniense. Aristóteles defendió el vasallaje.
Había de hecho, mucho prejuicio de clase social, un gran rechazo entre los
ciudadanos acaudalados y aristocráticos contra quienes hacían el trabajo
productivo. Plutarco observó: “[…] cuando un trabajo nos agrada,
menospreciamos al trabajador o al artista mismo, como, por ejemplo, en los
perfumes y tintes púrpuras, nos encantan las cosas en sí mismas, pero pensamos
que los tintoreros y perfumistas sean gente sórdida” (en Pericles, párrafo
4).
Es tal vez un desacierto asociar el tiempo libre con el
crecimiento de la democracia. He señalado que en la antigüedad había esclavitud
en todas las ciudades y reinos, y sin embargo Atenas fue la única ciudad en
desarrollar la idea de la intervención ciudadana en el gobierno. Hubo algo en
la cultura Ática[39] que abrió la posibilidad de ver al
hombre como agente capaz de evaluar y decidir sus acciones. Este adelanto
político vino acompañado necesariamente por un nuevo afán científico, es decir,
la búsqueda de evidencia (en contraste con la creencia), y como he venido observando,
por el cultivo de la duda. Plutarco (en Pericles) cuenta como en una ocasión la
gente se maravillaba y buscaba significados y revelaciones frente al portento
de la testa de un carnero con un solo cuerno en el centro de su cabeza. En
respuesta Anaxagoras partió el cráneo del animal, mostrando que su cerebro
tenía una anomalía que había causado el fenómeno. Quienes observaban este
esclarecimiento racional lo aceptaron y abandonaron la búsqueda de
explicaciones místicas.[40]
La caída de Atenas
Atenas y todas las ciudades/Estados de la antigua Grecia
perdieron su autonomía en gran parte debido a las guerras internas y su
incapacidad para formar, por un lado, una entidad política general basada en
acuerdos y por otro, una decisión de desarrollar la concordia entre todas las
ciudades/Estados. En la parte final del gobierno de Pericles, hubo una peste
que debilitó a Atenas; la enfermedad alcanzó a Pericles mismo y mató a una gran
parte de su familia. La falta de su presencia desestabilizó a la economía y la
vida política, y emergieron los dictadores de siempre que surgen de las miasmas
de la inseguridad. Como observó Kitto:
“La guerra del Peloponeso significó virtualmente el fin
de la ciudad-estado como una fuerza creadora que adaptaba y conformaba la vida
de todos sus miembros. Durante el siglo IV Grecia se desplaza con firmeza hacia
nuevos modos de pensar y de vivir. [….] Entre las oligarquías establecidas o
sostenidas por Esparta, hubo en Atenas un grupo cruel y sanguinario, conocido
por los "Treinta", dirigido por un tal Critias, [….] Gobernaron por
el terror unos pocos meses, pues la oligarquía no podía durar mucho tiempo en
el Ática. La democracia fue restaurada, y con un valor y una moderación que
compensó un tanto la locura y la ocasional violencia que ella había mostrado
durante la guerra” (Kitto, p. 73).
Después aparecieron Felipo II y Alejandro III de Macedonia.
Aunque los atenienses hubiesen recuperado su democracia después de la
dictadura, se quedaron extenuados de tanto desasosiego (las guerras, la peste y
la crueldad de Critias) y no podían oír a las advertencias de Demóstenes. Los
macedonios, en cambio, se habían enriquecido bajo Felipo, y por medio de
conquistas y acuerdos entre reinos habían aumentado su capacidad bélica y de
influencia. Tenían un antiguo resentimiento contra los persas y deseaban
venganza; adicionalmente, el proceso democrático de los áticos no valía nada
para ellos. Sin embargo, Felipo admiraba a los filósofos griegos, e invitó
inmigrantes helenos a su corte; “aquellos hombres que aceptaban su
patrocinio se les concedían generosas donaciones de tierra y un buen lugar en
la corte. En el estrecho círculo de los amigos de la infancia de Alejandro,
tres no eran macedonios [….]” (Meotto, 27/5/2021). Probablemente este
patrocino disimuló las intenciones de Macedonia, calmó los miedos de los
griegos y contribuyó a que no oyesen a Demóstenes[41].
Lo importante aquí es que el afán de imperio y poder de
Filipo y Alejandro destruyó la democracia helena. Filipo, por lo menos, es un
retrato perfecto del rey expansionista y auto-centrado. Como Luis XIV de
Francia más de un milenio después, creó una monarquía donde él se ubicaba
indiscutiblemente en el pináculo: "L'État, c'est moi"[42]. Filipo dejó un reinado para su hijo,
pero Alejandro se impacientó y quiso un imperio: conquistó un vasto territorio,
de Egipto hasta la India, pero en su apuro no fundamentó una base de poder para
salvaguardarlo, y su influencia imperialista sobrevivió muy poco después de su
muerte. Era un general militar estupendo, pero no tomó el tiempo para
consolidar los territorios conquistados, y después de él las rivalidades entre
sus gobernadores hicieron derrumbar todo. Destruía, pero no construía -aunque,
hay que reconocerlo- el mundo conocido en este entonces quedó afectado por
mucho tiempo.
Alejandro, aunque el “Grande” fue un conquistador más, y tal
como Julio Cesar, el Gengis Kan, Napoleón y Hitler, su imperio no sobrevivió.
Sin embargo, aunque los macedonios acabaron con la democracia ateniense, la
influencia cultural de Grecia perduró por mucho tiempo. En los territorios
conquistados por Alejandro se asumieron mucha de la herencia cultural de
Hélade. Después de la muerte de Alejandro, algunos de sus sucesores fundaron
sucesiones reales, como la Ptolemaica en Egipto y la Seléucida en Siria. Los
romanos cultos hablaban griego y empleaban los filósofos helenos como tutores
para sus hijos. Repito la famosa frase de Horacio: “La cautiva Grecia
cautivó a su rudo conquistador” (Horacio, Epístolas II, Siglo 1 c. C/1909).
Al final
Atenas ha sobrevivido como una posibilidad de gobierno y un
modelo de abstracción política.[43] Su poesía nos ha inspirado por dos
milenios. Vive en las reflexiones filosóficas de todos los tiempos y en el
fundamento que dio a la posibilidad de la ciencia como un modelo de
pensamiento. Pero la reaparición de las democracias tardó mucho, más de dos
milenios. No fue sino en el siglo XVIII d. C. que nuevas democracias
aparecieron, en parte basadas en el modelo británico, y en parte en los
estándares atenienses. A diferencia del modelo británico[44], los nuevos experimentos con la
autogestión se caracterizaron por la elaboración de constituciones formales,
como la de la República de las Dos Naciones de la mancomunidad polaco-lituana
en el siglo XVI d. C., la de los Estados Unidos, ratificada en 1789 y la
constitución francesa de 1791.
La democracia nunca ha sido fácil. Las mismas inquietudes
que plagaron a Atenas siguen violentando los sistemas modernos: el
colonialismo, los golpes de Estado, las dictaduras, los populismos, las
guerras, la falta de acuerdos sostenibles entre naciones, la esclavitud y la
inquietud de las clases desposeídas. Podemos usar la experiencia
griega para estar prevenidos y para evitar los peligros que les acecharon a
ellos.
Referencias:
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Notas Finales: las citas originales en inglés de la
Ilíada (Traducción de Pope)
(1)“What
cause have I to war at thy decree?
The distant
Trojans never injured me”….
Hither we
sail'd, a voluntary throng,
To avenge a
private, not a public wrong (p. 13).
(2) “Full
in the blazing van great Hector shined,
Like Mars
commission'd to confound mankind.
Before him
flaming his enormous shield,
Like the
broad sun, illumined all the field;
His nodding
helm emits a streamy ray;
His
piercing eyes through all the battle stray” (p. 411).
(3)Think of
your hopes, your fortunes; all the care
Your wives,
your infants, and your parents share:
Think of
each living father's reverend head;
Think of
each ancestor with glory dead;
Absent, by
me they speak, by me they sue,
They ask
their safety, and their fame, from you:
The gods
their fates on this one action lay,
And all are
lost, if you desert the day" (p. 468).
(4) For
this in arms the warring nations stood,
And bathed
their generous breasts with mutual blood.
No room to
poise the lance or bend the bow;
But hand to
hand, and man to man, they grow:
Wounded,
they wound; and seek each other's hearts
With
falchions, axes, swords, and shorten'd darts.
The
falchions ring, shields rattle, axes sound,
Swords
flash in air, or glitter on the ground;
With
streaming blood the slippery shores are dyed,
And
slaughter'd heroes swell the dreadful tide” (p. 470).
(5) “[Tydides]
spoke, and rising hurl'd his forceful dart,
Which,
driven by Pallas, pierced a vital part;
Full in his
[Anchises’] face it enter'd, and betwixt
The nose
and eye-ball the proud Lycian fix'd;
Crash'd all
his jaws, and cleft the tongue within,
Till the bright
point look'd out beneath the chin.
he falls,
his helmet knocks the ground:
Earth
groans beneath him, and his arms resound;
The
starting coursers tremble with affright;
The soul
indignant seeks the realms of night. P. 150
(6)
“Lamented youth! in life's first bloom he fell,
Sent by
great Ajax to the shades of hell (p. 525).
(7) Fix'd
on “the spot they war, and wounded, wound
A sanguine
torrent steeps the reeking ground:
On heaps
the Greeks, on heaps the Trojans bled,
And,
thickening round them, rise the hills of dead” (p. 528).
(8)“The war
renews, the warriors bleed again:
As o'er
their prey rapacious wolves engage,
Man dies on
man, and all is blood and rage.” (p. 131).
(9)
"Cursed is the man, and void of law and right,
Unworthy
property, unworthy light,
Unfit for
public rule, or private care,
That
wretch, that monster, who delights in war” (p. 264).
(10)
“So fought each host, with thirst of glory fired,
And crowds
on crowds triumphantly expired” (p. 134)
(11)
"O first of Greeks! (his noble foe rejoin'd)
Whom heaven
adorns, superior to thy kind,
With
strength of body, and with worth of mind!
Now martial
law commands us to forbear;
Hereafter
we shall meet in glorious war,
Some future
day shall lengthen out the strife” (p. 222).
(12) “The
gallant man, though slain in fight he be,
Yet leaves
his nation safe, his children free” (p. 461).
(13)
"Trojans! your great Ilioneus behold!
Haste, to
his father let the tale be told:
Let his
high roofs resound with frantic woe,
Such as the
house of Promachus must know;
Let doleful
tidings greet his mother's ear,
Such as to
Promachus' sad spouse we bear,
When we
victorious shall to Greece return” (p. 438).
(14) “When
Hector view'd, all ghastly in his gore,
Thus sadly
slain the unhappy Polydore,
A cloud of
sorrow overcast his sight.
His soul no
longer brook'd the distant fight:
Full in
Achilles' dreadful front he came,
And shook
his javelin like a waving flame” (p. 610).
(15)
"Oh, take not, friends! defrauded of your fame,
Their
proffer'd wealth, nor even the Spartan dame.
Let
conquest make them ours: fate shakes their wall,
And Troy
already totters to her fall” (p. 226).
(16) “Once
more bold Teucer, in his country's cause,
At Hector's
breast a chosen arrow draws:
And had the
weapon found the destined way,
Thy fall,
great Trojan! had renown'd that day.
But Hector
was not doom'd to perish then:
The
all-wise disposer of the fates of men
(Imperial
Jove) his present death withstands;
Nor was
such glory due to Teucer's hands.
At its full
stretch as the tough string he drew,
Struck by
an arm unseen, it burst in two;
Down
dropp'd the bow: the shaft with brazen head
Fell
innocent, and on the dust lay dead.
The
astonish'd archer to great Ajax cries;
"Some
god prevents our destined enterprise:
Some god,
propitious to the Trojan foe” (p. 459).
(17) “Yet
Jove deferr'd the death he was to pay,
And gave
what fate allow'd, the honours of a day!” (p. 465),
(18) “… it
sounds thy death:
Insulting
man, thou shalt be soon as I;
Black fate o'erhangs
thee, and thy hour draws nigh;
Even now on
life's last verge I see thee stand,
I see thee
fall, and by Achilles' hand" (p. 510).
(19)
“Hector in proud Achilles' arms shall shine,
Torn from
his friend, by right of conquest mine” (p. 520).
(20)
“Patroclus dead, Achilles hates to live.
Let me
revenge it on proud Hector's heart,
Let his
last spirit smoke upon my dart;
On these
conditions will I breathe: till then,
I blush to
walk among the race of men" (p. 549).
(21) “I
know my fate: to die, to see no more
My
much-loved parents, and my native shore—
Enough—when
heaven ordains, I sink in night” (p. 591).
(22) “This
way and that, the spreading torrent roars:
So sweeps
the hero through the wasted shores;
Around him
wide, immense destruction pours
And earth
is deluged with the sanguine showers….
High o'er
the scene of death Achilles stood,
All grim
with dust, all horrible in blood:
Yet still
insatiate, still with rage on flame;
Such is the
lust of never-dying fame!” (p. 613).
(23)
"Have mercy on me, O my son! revere
The words
of age; attend a parent's prayer!
If ever
thee in these fond arms I press'd,
Or still'd
thy infant clamours at this breast;
Ah do not
thus our helpless years forego,
But, by our
walls secured, repel the foe.
Against his
rage if singly thou proceed,
Should'st
thou, (but Heaven avert it!) should'st thou bleed” (p. 645).
(24) “I
feel my folly in my people slain.
Methinks my
suffering country's voice I hear” (p. 647).
(25) “Death
and black fate approach! 'tis I must bleed” (p. 654).
(26) “When
once the last funereal flames ascend,
No more
shall meet Achilles and his friend;
No more our
thoughts to those we loved make known;
Or quit the
dearest, to converse alone.
Me fate has
sever'd from the sons of earth,
The fate
fore-doom'd that waited from my birth:
Thee too it
waits; before the Trojan wall
Even great
and godlike thou art doom'd to fall.
Hear then;
and as in fate and love we join,
Ah suffer
that my bones may rest with thine!” (p. 671).
(27)
"Tis true, 'tis certain; man, though dead, retains
Part of
himself; the immortal mind remains:
The form
subsists without the body's aid,
Aerial
semblance, and an empty shade!
This night
my friend, so late in battle lost,
Stood at my
side, a pensive, plaintive ghost:
Even now
familiar, as in life, he came;
Alas! how
different! yet how like the same!” (p. 672).
(28) “Then
last of all, and horrible to tell,
Sad
sacrifice! twelve Trojan captives fell
On these
the rage of fire” (p. 676).
(29) “A
lion, not a man, who slaughters wide,
In strength
of rage, and impotence of pride;
Who hastes
to murder with a savage joy,
Invades
around, and breathes but to destroy!
Shame is
not of his soul; nor understood,
The
greatest evil and the greatest good.
Still for
one loss he rages unresign'd,
Repugnant
to the lot of all mankind; (p. 709).
(30) “He
violates the laws of man and god” (p. 710).
(31) “Yet
suffer not thy soul to sink with dread;
From me no
harm shall touch thy reverend head;
From Greece
I'll guard thee too; for in those lines
The living
image of my father shines" (p. 724).
(32) “Now
each by turns indulged the gush of woe;
And now the
mingled tides together flow:
This low on
earth, that gently bending o'er;
A father
one, and one a son deplore:
But great
Achilles different passions rend,
And now his
sire he mourns, and now his friend.
The
infectious softness through the heroes ran;
One
universal solemn shower began;
They bore
as heroes, but they felt as man” (p. 732).
(33) “Apolo
thus from Ilion's lofty towers,
Array'd in
terrors, roused the Trojan powers:
While war's
fierce goddess fires the Grecian foe,
And shouts
and thunders in the fields below…” (p. 157-158)
(34)
"What means the haughty sovereign of the skies?
(The king
of ocean thus, incensed, replies;)
Rule as he
will his portion'd realms on high;
No vassal
god, nor of his train, am I” (448).
(35) “The
goddess then: "O son of Priam, hear!
From Jove I
come, and his high mandate bear.
While
Agamemnon wastes the ranks around,
Fights in
the front, and bathes with blood the ground,
Abstain
from fight; yet issue forth commands,
And trust
the war to less important hands:
But when,
or wounded by the spear or dart,
The chief
shall mount his chariot, and depart,
Then Jove
shall string thy arm, and fire thy breast” (321).
(36)
"The hour draws on; the destinies ordain,
My godlike
son shall press the Phrygian plain:
Already on
the verge of death he stands,
His life is
owed to fierce Patroclus' hands,
What
passions in a parent's breast debate!
Say, shall
I snatch him from impending fate,
And send
him safe to Lycia, distant far
From all
the dangers and the toils of war;
Or to his
doom my bravest offspring yield” (p. 492-493)
(37) “Short
is the date prescribed to mortal man;
Shall Jove
for one extend the narrow span,
Whose
bounds were fix'd before his race began? (p. 493)
(38) “The
god who gives, resumes, and orders all,
He urged
thee on, and urged thee on to fall (p. 503)
(39) “The
god … at Tydides flies.
Now rushing
fierce, in equal arms appear
The daring
Greek, the dreadful god of war!
Full at the
chief, above his courser's head,
From Mars's
arm the enormous weapon fled:
Pallas
opposed her hand, and caused to glance
Far from
the car the strong immortal lance.
Then threw
the force of Tydeus' warlike son;
The javelin
hiss'd; the goddess urged it on:
Where the
broad cincture girt his armour round,
It pierced
the god:. ….Mars bellows with the pain:….
In such a
cloud the god from combat driven,
High o'er
the dusky whirlwind scales the heaven.
Wild with
his pain, he sought the bright abodes,
There
sullen sat beneath the sire of gods,
Show'd the
celestial blood, and with a groan
Thus pour'd
his plaints before the immortal throne: (p. 176)
(40)
"…On Greece no blame be thrown;
Arms are
her trade, and war is all her own.
Her hardy
heroes from the well-fought plains
Nor fear
withholds, nor shameful sloth detains:
“Tis
heaven, alas! and Jove's all-powerful doom,
That far,
far distant from our native home
Wills us to
fall inglorious! …" (p. 388).
(41) “When
Paris thus: "My brother and my friend,
Thy warm
impatience makes thy tongue offend,
In other
battles I deserved thy blame,
Though then
not deedless, nor unknown to fame:
But since
…,
I scatter'd
slaughter from my fatal bow…..
What with
this arm I can, prepare to know….
But 'tis
not ours, with forces not our own
To combat:
strength is of the gods alone" (p. 410).
(42) “The
babe clung crying to his nurse's breast,
Scared at
the dazzling helm, and nodding crest.
With secret
pleasure each fond parent smiled,
And Hector
hasted to relieve his child,
The
glittering terrors from his brows unbound,
And placed
the beaming helmet on the ground;
Then kiss'd
the child, and, lifting high in air,
Thus to the
gods preferr'd a father's prayer” (p. 204).
(43) “You
then, O princes of the Greeks! appear;
'Tis Hector
speaks, and calls the gods to hear:
From all
your troops select the boldest knight,
And him,
the boldest, Hector dares to fight” (p. 212)
(44) “Without
the gods, how short a period stands
The
proudest monument of mortal hands!
This stood
while Hector and Achilles raged.
While
sacred Troy the warring hosts engaged;
But when
her sons were slain, her city burn'd,
And what
survived of Greece to Greece return'd;
Then
Neptune and Apollo shook the shore,
Then Ida's
summits pour'd their watery store; ----
Helmets,
and shields, and godlike heroes slain:
These,
turn'd by Febo from their wonted ways,
Deluged the
rampire nine continual days;
The weight
of waters saps the yielding wall,
And to the
sea the floating bulwarks fall.….
Now
smooth'd with sand, and levell'd by the flood,
No fragment
tells where once the wonder stood;
In their
old bounds the rivers roll again,
Shine
'twixt the hills, or wander o'er the plain” (356).
[1][1] Hélade es un término usado por los
antiguos griegos para referir al territorio geográfico de lo que ahora es
Grecia.
[2] La constitución estadounidense fue
adoptada en su forma original en 1787 en Filadelfia (Pensilvania) y luego
ratificada por el pueblo. Fue el primer intento de seguir el modelo ateniense
de una constitución formal para regir una democracia en dos milenios.
[3] En este libro hablamos principalmente
de los griegos. Hubo antes de ellos civilizaciones avanzadas en el Oriente
Medio, como los egipcios, los sumerios, los acadios, babilonios y los asirios.
[4] El mar Jónico es un brazo del mar
Mediterráneo, al sur del mar Adriático.
[5] El Egeo es la parte del mar
Mediterráneo entre Grecia y Turquía.
[6][6] Uno de los nombres antiguos para los
griegos.
[7] Homero no refiere al Caballo de Troya
en “La Ilíada”. En “La Odisea” el personaje de Ulises lo menciona en unas
breves líneas. Sin embargo, esta historia no se desarrolló sino siete siglos
después de Homero en “La Eneida” de Virgilio.
[8] Cantores profesionales de la poesía de
leyendas
[9] Uno de los nombres usados por Homero
para referir al conjunto de los grupos que participaron en el asedio de Troya.
[10] Hay momentos en el poema en que Helena
mira a Menelao desde las torres de Troya, y admira la valentía de su esposo
abandonado.
[11] Frigia fue una región de Asia Menor en
la península de Anatolia, en el territorio que actualmente corresponde a
Turquía.
[12] Son términos que refieren a las tribus
griegas originales. Los eolios se concentraron en el norte, en Tesalia; los
jonios se establecieron en la zona que luego sería Atenas y se extendieron al
oeste de Anatolia (hoy Turquía). Con el tiempo se refrieron a las colonias de
Anatolia como Jonia. Los dorios su ubicaron en Peloponeso. “Aqueo” es uno de
los nombres empleados por Homero para referir en general a los griegos en la
Ilíada de Homero.
[13] el espíritu del bosque
[14] “Los jonios” en este contexto refiere
a los habitantes del oeste de Anatolia en las colonias atenienses.
[15] Alrededor del 3000 a. C., cuando
construyeron algunos de sus pirámides, los egipcios ya habían desarrollado su
escritura jeroglífica. Lograron imponentes construcciones físicas, Por ejemplo,
la Gran Pirámide de Giza se construyó alrededor del 2650 a. C., Tenían su
propio sistema para calcular, y podían hacer operaciones de multiplicación y
división. Esto indica el nivel de desarrollo que lograron desde muy temprano
(Robertson y O’Connor, s/f).
[16] Para Atenas, la idea de colonización
tenía dos sentidos. El primero era el tradicional, es decir, la conquista de
territorios con el motivo de lucrarse de los recursos que se encuentran en
ellos, incluyendo la mano de obra barata. El segundo sentido era la
diseminación de los ideales de la democracia. Mileto, por ejemplo, tenía
profundas aspiraciones de auto gobierno. Pero también hay que recordar que la
estructura social que Atenas exportaba tenía clases, obreros que carecían de
ciudadanía y también esclavos. Las colonias podrían ser lugares donde sembrar
ideales, y al mismo tiempo terrenos de explotación.
[17] Clistenes no siguió a Solon en el
poder. Después de Solón hubo un tiempo de arcontes sucesivos que eran débiles,
y de dictaduras como Pisistrato y sus hijos. Las fechas en que eran arcontes
son: Solon 594- 593, y Clístenes 525-524. Evidentemente hubo un gran
lapso entre estos dos gobernantes asombrosos.
[18] Sin embargo, había mujeres con
influencia, por ejemplo, Elpinice, una mujer de la aristocracia ateniense, que
tuvo varios encuentros en que públicamente denunciaba a Pericles (Plutrarch’s
Lives. "Pericles").
[19] Recordamos que Thomas Jefferson y
George Washington eran dueños de esclavos en los inicios de la república de los
Estados Unidos. Sin embargo, tenían remordimientos de consciencia al respecto,
especialmente Jefferson. Nunca defendieron la práctica.
[20] “Nunca traeré reproche sobre mis
armas sagrados, ni abandonaré al camarada a cuyo lado estoy, pero defenderé
nuestros altares y nuestros hogares, solo o con el apoyo de muchos. A mi tierra
natal no dejaré una herencia disminuida sino mayor y mejor que cuando la
recibí. Obedeceré a quien tenga autoridad y me someteré a las leyes
establecidas y a todas las demás que el pueblo promulgue armoniosamente. Si
alguien intenta derrocar la constitución o la desobedece, no se lo permitiré,
sino que saldré en su defensa, solo o con el apoyo de todos. Honraré la
religión de mis padres. Que los dioses sean mi testigo, Agraulus, Enyalius,
Ares, Zeus, Thallo, Auxo, Hegemone” (Wikipedia, 2021).
[21] Jonia es el nombre antiguo de la costa
centro-occidental de Anatolia, que incluía además las islas adyacentes. En la
actualidad, la parte continental pertenece a Turquía, y las islas como Samos
pertenecen a Grecia.
[22] Esquilo era ateniense. Fueron ellos
los que triunfaron en la batalla de Salamis. El poeta se siente con el derecho
de extender los motivos de su ciudad a toda Grecia.
[23] El ónfalos en la
mitología griega era la piedra cubierta en cobijas de infante que la madre de
Zeus usó para engañar a Cronos, su padre, para que no devorara al bebé.
[24] Fecha de la Declaración de Independencia
de los Estados Unidos de Gran Bretaña.
[25] “Black Lives Matter” (Las vidas de los negros son importantes”) es
un movimiento estadounidense que se opone a la violenta represión policial de
personas de la raza negra.
[26] En la modernidad se puede hablar de modelos estadísticos y matemáticos,
programas de computación y de sistemas físicos.
[27] Con algunas excepciones notables. Por
ejemplo, la condena de Sócrates y otras decisiones populistas por parte de la
Asamblea.
[28] Draco, o Dracón, fue un arconte o
líder político en Atenas en el siglo VII a. C.; creó un sistema que asociaba
cada delito con un castigo predeterminado. Debido a la severidad de los castigos
su nombre se asocia con el adjetivo “draconiano”.
[29] Aun así, muchos niños, hijos de ciudadanos pobres, no tuvieron el
privilegio de una educación formal.
[30] Con la posible excepción de Chilon, un
consejero del rey Anaxandridas. No dejó nada escrito, pero era responsable de
políticas humanizadoras en Esparta, como la creación de una alianza con Tegea
después de conquistarla en 560 a. C., en vez de esclavizarla como había hecho
en otras provincias.
[31] Sus pensamientos fueron recogidos por sus discípulos como Platón.
[32] Podemos decir que se enloqueció.
[33] Alejandro tenía 16 años.
[34] Hélade es un término usado por los
antiguos griegos para referir al territorio geográfico de lo que ahora es
Grecia.
[35][35] He reflexionado varias veces sobre
el papel de la esclavitud en la antigua Atenas. Es necesario recalcar que en
toda la región había esclavos, pero sólo en Atenas se logró una democracia
altamente desarrollada. La presencia de los esclavos no era causal en este
desarrollo.
[36] Pero en Ifigenia en Tauris ella es
salvada por la diosa Artemisa, la misma que exigió a su padre que le inmolara.
[37] Hemos visto en el capítulo I como
Aquiles, por ejemplo, negó seguir bajo sus órdenes.
[38] Además Cecrops promovió el cultivo de
las viñas y el uso de censos para conocer la población de la ciudad.
[39] Ática es la zona geográfica alrededor
de la ciudad de Atenas.
[40] Pero Plutarco añade a su relato la
observación que tal vez las dos maneras de pensar pueden coexistir, que la
explicación describe el “cómo” de un fenómeno, y el significado expresa el “por
qué”.
[41] Atenas y Tebas enfrentaron a los
macedonios en la batalla de Queronea, y Demóstenes formó parte de esta
oposición. Luego, Antípatro, el sucesor de Alejandro, mandó asesinos contra
Demóstenes, pero él se suicidó antes de que lo matasen.
[42] El Estado soy yo.
[43][43] Al decir abstracción política
refiero a la política regida por reglas y leyes. Las leyes son abstractas en el
sentido de quedar por encima de las contiendas individuales en la Asamblea. Las
disputas individuales tienen un carácter cambiante que depende de los
resultados de las decisiones transitorias de los participantes.
[44] El modelo británico se basó en la
Magna Carta (1215 d. C.) y la Declaración de derechos (1689).
PUBLICADO POR KAREN EN 10:05
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