K. Cronick
(Los pies de página se encuentran al final.)
I.
INTRODUCCIÓN
En este ensayo
exploraré los enfoques teóricos que han sido elaborados por pensadores del
pasado y la actualidad para describir a las dos posturas ideológicas apeladas
“derecha” e “izquierda”.
Comenzaron a
aparecer en el siglo XIX. Nunca han sido plasmados como regímenes reales en sus
postulados originales en ninguno de los grandes escenarios nacionales donde han
ocurrido “revoluciones” políticas para instalarlas. Siempre han sido modificados
para acomodar los intereses de sus líderes políticos de turno.
Para defender
esta afirmación haré un repaso de algunas descripciones teóricas de dichos
modelos, y luego las compararé con ciertos ejemplos claves de países que se han
hecho llamar derechistas o izquierdistas.
El concepto
de trabajo
Es importante
contextualizar estos enfoques por la historia del trabajo en los dos sentidos
de la labranza y el empleo. Los seres humanos siempre hemos labrado. Estos
vocablos pueden referirse al desempeño en cualquier obra. Hoy en día la palabra
“trabajo” tiende a sugerir una actividad remunerada (empleo), pero se puede
trabajar inclusive en la realización de una pintura cuyo objetivo se limita al
disfrute del pintor. Es algo que resulta cuando la actividad humana produce
algo; puede distinguirse del “juego” y de actividades como los deportes, las fiestas,
los rituales, la lectura recreativa y el canto los cuales no dejan ninguna obra
física. Actividades como limpiar una casa, cocinar y reparar el carro propio
implican esfuerzos y generan la limpieza, la comida y un automóvil que funciona.
Por esta razón pueden considerarse también como trabajo.
Cuando estos
esfuerzos sean ocupaciones retribuidas entran en una categoría de actividades
que forman parte de un sector económico.
Una estructura
económica se refiere a cómo los diferentes sectores productivos se relacionan
entre sí. La historia humana ha generado múltiples sistemas para distribuir el
trabajo y los recursos que provienen de él. Primero hubo sociedades nómadas que
vivían de la caza, la pesca y la recolección. Con la revolución neolítica, apareció
la agricultura, y con ella el intercambio por medio del trueque. En la Edad
Antigua, los egipcios y los griegos adoptaron sistemas dominantes y aun esclavistas,
donde el producto del trabajo no pertenecía a los fabricantes, sino a los
dueños de los labradores. Luego apareció el feudalismo, en que la propiedad de
la tierra quedaba en manos de señores nobles, y los siervos sólo recibían algo
de protección y un mínimo de sustento.
La economía era generalmente local, basada en la agricultura y con un
sistema de comercio basado en mercados y ferias.
El trabajo
remunerado con un salario puede encontrarse en la sal que recibía el legionario
romano como una recompensa por su dedicación. En una época la sal tenía mucho
valor y podía ser usada como una divisa para adquirir otros bienes. El concepto
de salario moderno se origina tras la Revolución Industrial, cuando los obreros
comenzaron a trabajar en las fábricas. De este modo, la recompensa para laborar
comenzó a separarse del producto del trabajo.
Esta distinción
independizó al obrero de una granja o taller particular y le permitió cierta
libertad. Pero a la vez lo hizo anónimo, como parte de una fuerza laboral o un
miembro del proletariado que estaba sujeto a las decisiones de los dueños de
las fábricas. Con este cambio no pudo decidir el precio que iba a cobrar para
vender su producto porque tenía que aceptar las condiciones impuestas sobre
todos los demás empleados.
Estas
condiciones dieron las bases para el nacimiento de las ideologías.
El
nacimiento de las ideologías
La “invención”
de los diferentes enfoques económicos entre la derecha y la izquierda nació
luego de los debates de la Ilustración y prontamente, la aparición de la
Revolución Industrial.
La Ilustración fue
un movimiento filosófico, científico y político que se desarrolló en los siglos
XVII y XVIII, y se extendió en algunos de sus aspectos, hasta el principio del
siglo XIX. Es posible fijar su inicio con la publicación del "Discurso del
Método" de René Descartes en 1637, o con los libros que componen el
"Principia Matemática" de Isaac Newton en 1687. John Locke fue uno de
los fundadores del liberalismo y del empirismo. Reconoció la importancia de la
cultura en la formación del pensamiento.
La Ilustración dio lugar a mucha reflexión sobre la racionalidad, la naturaleza
de la libertad, y los problemas de la repartición de la riqueza. Tuvo una gran
influencia en el sistema parlamentario inglés, y la Declaración de
Independencia estadounidense y su posterior Constitución nacional. Sus anhelos
políticos tenían que ver con la abolición de las monarquías absolutas y la
voluntad para la creación de gobiernos que podrían ofrecer libertad, igualdad,
tolerancia y fraternidad.
Frecuentemente los
dirigentes políticos emplean términos tomados de sus respectivas teorías
fundantes para denotar sus programas administrativos, aun cuando estos
programas tengan escasa relación con el lema empleado. Al final, estos
programas terminan funcionando más como facciosos ejercicios discursivos de
poder que intentos reales para reflejar la esencia de estos modelos.
En este ensayo
argumentaré que el problema que subyace este fenómeno tiene que ver con el
abandono de los ideales básicos de ambas propuestas socioeconómicas. Como
veremos, tanto las aspiraciones de la derecha como las de la izquierda nacieron
de anhelos libertarios y del deseo de aumentar el bienestar de las clases
populares. En la práctica ellas han servido a menudo para fortalecer el uso
arbitrario y despiadado del poder.
Todavía hoy en
día hay quienes ocupan posiciones de poder, o aspiran hacerlo, que emplean los
vocabularios típicos de su marca ideológica, como estrategias de mercadeo. Es
más, los mandatarios se agrupan en alianzas de países que comparten los mismos
discursos. Parte de la razón de estas alianzas es histórica: los partidos y regímenes
de la izquierda han formado lazos diplomáticos e industriales de interés, y
estos lazos tienen un valor estratégico para ellos. De forma similar los de la derecha también
comparten estructuras económicas de producción y comercialización.
Es importante
resaltar que el Estado histórico siempre ha controlado las economías; la
diferencia más básica y formal entre la derecha y la izquierda proviene de la
designación de quiénes deberían ejercer esta autoridad. Como referencias a las
teorías históricas de las doctrinas he resumido sus posiciones básicas en los
siguientes párrafos. Luego consideraré cómo estos enfoques influyen ahora para
manejar las economías mundiales.
II.
EL ENSAYO COMO MÉTODO
El ensayo
analítico es un método teórico, exploratorio y no experimental que no pretende
verificar ninguna hipótesis. Se trata de una exploración de la historia y la
actualidad de un tema para desarrollar nuevos argumentos y críticas, y proponer
nuevas interpretaciones.
La ciencia es
la investigación filosófica basada en la duda. La necesidad de claridad
metodológica es la forma más fiable de generar conocimiento. En las páginas
siguientes evaluaré las diferencias históricas actuales entre las posiciones ideológicas
agrupadas en las categorías generales de la derecha y las de la izquierda.
III.
DESCRIPCIONES HISTÓRICAS DE LAS DOCTRINAS
SOCIO-ECONÓMICAS
A continuación,
haré una breve descripción crítica de los elementos doctrinarios propuestos por
las grandes ideologías que llamamos “derecha” e “izquierda”. Estas ideologías se
conocen por varios nombres, los cuales pueden designar ciertas diferencias
teóricas entre sus autores. Por ejemplo, se ha referido a la derecha como el
liberalismo económico, el neoliberalismo, el conservadurismo, la economía de
mercado y el capitalismo entre otros términos. Estos términos no son
equivalentes; en algunos casos pueden considerarse antónimos, porque el
liberalismo defiende la libertad individual, la igualdad de oportunidades y la
limitación del poder del Estado. En este sentido se opone al autoritarismo en todas
sus formas, mientras el conservadurismo y el neoliberalismo pueden incluir
proyectos proteccionistas, y aun xenofóbicos en oposición al libre mercado.
A la izquierda
se le aplican términos como economía keynesiana,
el asistencialismo, el socialismo, el comunismo,
la economía planificada y el comunitarismo entre otros. De nuevo, se trata de
un conjunto de descriptores cuyos valores y proyectos no siempre coinciden.
A veces se
emplean los términos derecha e izquierda para discriminar entre los principales
sistemas dictatoriales, por ejemplo, el fascismo es considerado derechista,
mientras el comunismo bolchevique tiende a ubicarse en la izquierda. En un
sentido teórico esta discriminación carece de sentido porque los ejemplos
históricos de este tipo de régimen, como los de Hitler o de Stalin, empleaban
similares sistemas absolutos de control económico y social. El uso que daban a
sus lemas políticos no concordaba necesariamente con sus proyectos prácticos.
A continuación,
repasaré los temas socioeconómicos de: 1) la libertad, 2) la condición
económica y social de los trabajadores, 3) el valor de la mercancía, 4) el
mercado libre o controlado y 5) la división del trabajo. Analizaré como ellos han
sido incorporados por las facciones de la derecha y la izquierda y haré unas
breves reflexiones al respecto. Luego,
en la siguiente sección consideraré cómo estos antecedentes teóricos han sido
empleados en los siglos XX y XXI.
1.
La libertad
Como he
señalado, las propuestas originales de la izquierda y la derecha eran
libertarias, y ambas tuvieron raíces en los debates de la Ilustración.
El
nacimiento de ideas libertarias en el siglo XIX
Los términos
“izquierda” y “derecha” nacieron como enfoques ideológicos durante la
Revolución Francesa. Estos descriptores provienen de los lados en que les correspondía
a los delegados de la Asamblea Nacional Constituyente en París sentarse en el auditorio.
Los que defendían al rey Luis XVI se sentaban en el lado derecho de la sala, y
eran conservadores, mientras que sus oponentes, que proponían la abolición del
viejo sistema, se situaban en el otro lado. Los del lado izquierdo de la
Asamblea Nacional abogaban por el fin de la monarquía y el comienzo de un
gobierno que representaría también a los ciudadanos no-aristócratas.
Se trataba de las
aspiraciones para crear un sistema basado en la soberanía popular y la igualdad
ante la ley. Se formularon los principios de los derechos humanos, promoviendo
así la libertad individual, la igualdad y el derecho a la propiedad privada.
Es importante
examinar con cuidado en estas reflexiones la noción de “libertad” propuesta por
la Izquierda política francesa al final del siglo XVIII. El liderazgo del
movimiento llegó a las manos de Maximilien Robespierre y Georges Jacques
Dantón. Eran líderes que paradójicamente aceptaban y promovían el reino de
terror que caracterizaba las incontables ejecuciones en las plazas públicas de
París en estos tiempos. Ambos participaban en los esfuerzos para eliminar a la
realeza y sus nobles, pero estos dos delegados eran también competidores para
ejercer el poder en la Asamblea. Al final ambos murieron bajo la misma
guillotina que habían empleado para eliminar a sus enemigos patricios.
Robespierre
todavía queda en la imaginación popular como un tirano y representa el terror
revolucionario, cuyo legado reaparece cuando ciertos movimientos intentan
afianzarse en el poder.
Queda como una
ironía histórica que estos campeones de la libertad tuviesen diseños tiránicos.
Y el legado de su ejercicio de poder era más tiranía. De hecho, la Revolución
Francesa terminó en el reino imperial de Napoleón Bonaparte en 1804. La Segunda
República Francesa, después de Napoleón duró sólo cuatro años, de 1848 a 1852. Charles
de Gaulle declaró el inicio del sistema actual, la Quinta República, el 4 de
octubre de 1958. Después de los excesos de su Revolución, el país tuvo que
esperar más de 150 años para cumplir con sus ideales.
El inicio de
la idea de libertad como una ideología
Luego de la
derrota de Luis XVI y sus herederos, y el afianzamiento del gobierno
parlamentario inglés, la derecha política comenzó a adoptar ideas libertarias en
el sentido de un mercado libre. Tanto Adam Smith como sus seguidores en el
siglo XX hablaban de la necesidad de proteger a las naciones y sus poblaciones de
posibles limitaciones impuestas por el poder estatal.
El libre
mercado era considerado por la derecha, no sólo como un medio para promover la
prosperidad económica, sino también como un avance cultural que iba a tener un
alto valor civilizatorio. Dijo Milton Friedman (1982, p. 11) que “Los
grandes avances de la civilización, ya sea en arquitectura o pintura, en ciencia
o literatura, en industria o agricultura, nunca han venido de un gobierno
centralizado.”
Defiende
esta afirmación dudosa diciendo que estos innovadores culturales “fueron
producto del genio individual, de opiniones minoritarias firmemente arraigadas
y de un clima social que permitía variedad y diversidad” (ibid.). Es una
afirmación curiosa, y, además, deja afuera la historia de los mártires de la
ciencia y la filosofía como Sócrates, Hipatia de Alejandría, Nicolás Copérnico,
Giordano Bruno, Galileo Galilei, y otros que fueron condenados o severamente
limitados por haber propuesto nuevas ideas.
Sin
embargo, está claro que en un ambiente de libertad política los avances socioculturales
prosperan con más apertura. Nuestras ideas sobre la libertad están muy ligadas
a los conceptos de justicia. Steiner y Vallentyne (2009) refieren a cómo los
requisitos de la justicia en sus varias acepciones moldean lo que al final se
permite:
El término 'justicia' se utiliza comúnmente de
varias maneras diferentes. A veces designa la permisibilidad moral de las
estructuras políticas (como los sistemas jurídicos). A veces designa Equidad
moral (en contraposición a la eficiencia u otras consideraciones relevantes
para la permisibilidad moral). A veces designa legitimidad en el sentido de que
es moralmente inadmisible que otros interfieran por la fuerza en el acto u
omisión […] Finalmente, a veces designa lo que nos debemos mutuamente en el
sentido de respetar los derechos de todos. Por supuesto, estas nociones están
estrechamente relacionadas. Lo que nos debemos mutuamente puede, pero no es
necesario, basarse en parte en cuestiones de justicia. La legitimidad y
permisibilidad de las estructuras políticas están en gran medida, aunque quizás
no completamente, determinadas por los derechos que tienen los individuos de no
interferencia (Steiner y Vallentyne, 2009).
Lo que
estaría permitido o negado por ser justo o injusto afecta la libertad de cada
persona y cada grupo, y las variadas posiciones ideológicas se ocupan de
señalar los límites, las autorizaciones y las licencias. Incluso los sistemas
morales y religiosos que rebasan las ideologías se vinculan a lo que nos
permitimos y lo que nos es permitido por nuestra cultura. Cada cultura es
diferente al respecto.
Con
frecuencia la moralidad permea las mismas ideas ideológicas. José Rafael
Herrera (2026) abre su artículo “La supremacía moral del izquierdismo” con este
párrafo acertado:
Uno de los rasgos característicos de
ciertos sectores de la izquierda contemporánea es la presunción de detentar una
superioridad moral que pareciera darles ventaja sobre sus adversarios. Ya no se
trata, como en otros tiempos, de sostener determinadas ideas sobre la justicia
social, la igualdad o los derechos humanos. Ahora se trata de algo mucho más
profundo y sublime: la creencia de ocupar una posición privilegiada -una suerte
de púlpito invisible- desde donde les resulta oportuno juzgar y dictar
sentencia sobre el resto de la sociedad.
El autor
distingue entre, por un lado, “una fuerza crítica contra las formas
establecidas de dominación” y, por el otro, “doctrina” y “dogma”. Es necesario
reconocer que al final, el fundamento de todas las ideologías tiene rasgos
morales. Herrera habla de “Una energía moral e intelectual que se niega a
aceptar como naturales las jerarquías políticas, económicas o culturales” como
la base de una crítica productiva. Pero al convertirse en dogmas, las
exigencias morales “suelen terminar exigiendo obediencia”, que ya no permite
cuestionamiento. Sigue Herrera:
Hegel analiza la figura de la conciencia
moral abstracta y de la llamada “Alma bella” (die schöne Seele), especie de
conciencia que se contempla a sí misma como depositaria de la pureza moral. Su
problema no consiste en la falta de principios, sino en el exceso de
autocomplacencia espiritual. Está tan convencida de su propia bondad y de sus
inequívocas convicciones que pierde la capacidad de reconocerse en sus
contradicciones reales con el mundo. El alma bella vive en la distancia entre
sus ideales y sus actos. Conserva intacta su “pureza”, precisamente porque
evita confrontarse con las consecuencias efectivas de sus actos. No se mancha.
[…] Es, en el fondo, un ejercicio reflexivo que permite explicar por qué
algunos de los regímenes más cuestionados del mundo contemporáneo continúan
reivindicándose como modelos éticos de emancipación.
Este
fenómeno aparece también en las ideologías y todos los dogmas. Como
he mencionado, la doctrina puede terminar como el sostén de intereses creados.
Los dirigentes políticos y sus seguidores, al llegar al poder, tienen acceso a
recursos y privilegios que no quieren perder, y para resistir sublevaciones y
acusaciones, no permiten desviaciones en las teorías socio-político-económicas
que los llevaron al poder. A veces se han involucrado en actos ilegales, y aun,
en crímenes contra la humanidad, y temen ser juzgados si se cambia o cuestiona
el ambiente ideológico que los llevó al mando.
La condición
económica y social de los trabajadores
La
revolución industrial
La influencia
de la Ilustración se extendió desde la ciencia hasta la tecnología. En el siglo
XVIII comenzó a influir en los medios de transporte, en la fabricación de los
bienes domésticos e industriales, y en la medicina. Este tiempo comenzó a
llamarse la “Revolución Industrial”. Se inició en Gran Bretaña y de allí pasó a
Europa, América y el resto del mundo.
La Revolución
Industrial no solo transformó la producción de bienes, sino que también alteró
radicalmente la forma en que las sociedades se ordenaban. Este proceso afectó la
producción de los bienes y cómo se organizaba el trabajo. Marcó un cambio en la
misma generación de la riqueza. Las sociedades dejaron de cimentarse sobre economías
rurales y agrícolas, y comenzaron a aparecer sistemas productivos e industrializados
impulsados por la maquinaria y la producción en masa.
Una de las
transformaciones fue una nueva consciencia sobre la distribución social de los
bienes económicos. El trabajo barato de los siervos que estaban bajo el control
del señor medieval, y el uso del trabajo esclavizado dejaron de ser una ventaja.
La demanda comenzó a requerir una mano de obra calificada para producir,
manejar y reparar los productos manufacturados en masa. Este nuevo empleado
requería otras condiciones de vida y de derechos civiles.
La historia
del trabajo y el concepto de pobreza
Desde que las
sociedades abandonaran la vida tribal siempre ha habido diferencias de clase
social. La esclavitud ha existido durante casi todos estos milenios, y su
abolición oficial ha sido tanto gradual como muy reciente. En general los
países individuales la han ido eliminando sólo desde los siglos XVIII y el
siglo XIX. Brasil fue el último país americano en 1888, pero no fue sino en
1981 cuando Mauritania la ilegalizó, que dejó de existir (legalmente) en el
mundo.
La consciencia
de la necesidad de estos cambios llegó por la boca de los nuevos teóricos de la
economía. En algunos casos, como en el libro La riqueza de las naciones de Adam
Smith (1996), publicado en 1776, hubo proclamaciones sobre el bienestar general
como si fuera un "fait accompli":
La gran multiplicación de la producción
de todos los diversos oficios, derivada de la división del trabajo, da lugar,
en una sociedad bien gobernada, a esa riqueza universal que se extiende hasta
las clases más bajas del pueblo. Cada trabajador cuenta con una gran cantidad
del producto de su propio trabajo, por encima de lo que él mismo necesita; y
como los demás trabajadores están exactamente en la misma situación, él puede
intercambiar una abultada cantidad de sus bienes por una gran cantidad, o, lo
que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de bienes de los demás. Los
provee abundantemente de lo que necesitan y ellos le suministran con amplitud
lo que necesita él, y una plenitud general se difunde a través de los
diferentes estratos de la sociedad (Smith, p. 41).
Es interesante
contrastar la visión que tenía Adam Smith sobre el bienestar de los obreros en
el siglo XVIII con otras apreciaciones de la distribución de los beneficios
económicos. Laurence Fontaine, en una entrevista con Nicolas Gastineau (2024)
dijo:
[…] la pobreza era [considerada más bien
como] un riesgo [en el siglo XVIII], mientras que hoy en día se considera
mayormente un estado de ser. La pobreza como riesgo afectaba a todas las clases
bajas, no solo a aquellas que habían caído en un estado de indigencia. Ser
pobre significaba depender únicamente del propio trabajo para sobrevivir, lo
que significaba que, ante la primera desgracia, la más mínima enfermedad, no
existía una red de seguridad proporcionada por el Estado.
La preocupación
por estos riesgos, y por la existencia de la pobreza en general, creció, y un
siglo más tarde de la publicación del libro de Smith, en Los Miserables, Víctor
Hugo describiría un retrato desgarrador de la pobreza en Francia. En 1890
Alfred Marshall describió el motivo principal de la escuela fisiocrática como el
de “disminuir el sufrimiento y degradación causadas por la pobreza extrema
(Gastineau, 2024).
En los siglos XIX y XX hubo una creciente preocupación por ciertas
prácticas discriminatorias, sobre todo en los Estados Unidos, en parte debido a
la necesidad de incorporar a los inmigrantes, los esclavos que se habían
liberado con la guerra civil, y eventualmente a las mujeres en la economía.
También después de la Segunda Guerra Mundial, la eliminación de la persecución
de los judíos y otros grupos minoritarios en la Alemania nazi, condujo a una
preocupación al respecto a nivel mundial, especialmente en Europa.
Milton Friedman (1982) dice que estas llamadas al reconocimiento y
a la igualdad de derechos civiles deben surgir de los mismos grupos
discriminados porque:
“Los
intereses en la preservación y fortalecimiento del capitalismo competitivo atañen
sobre todo a aquellos grupos minoritarios porque pueden convertirse más
fácilmente en objeto de desconfianza y la enemistad de la mayoría […. Se
trataría de] los negros, los judíos, los nacidos en el extranjero, por citar
solo las más obvias” (p 26).
La igualdad
Siempre ha habido clases sociales. Con la revolución
industrial comenzó otro fenómeno, el “excedente de producción” (cuando los
trabajadores generan más que lo necesario para su propia supervivencia). Este
excedente suele ser apropiado por la clase dominante -aun cuando sus miembros
hayan sido los dirigentes de países llamados “comunistas”-.
Los teóricos modernos de la izquierda promueven la igualdad económica
común. Aparte de escuelas como el “anarquismo socialista” (Spangler, 2011) que
se oponen inclusive a las limitaciones legales del parlamentarismo electoral,
hay una especie de libertarismo de izquierda similar a los conceptos liberales
clásicos de propiedad privada (Richman, 2000).
Sus proponentes sostienen que es ilegítimo reclamar propiedades cuando
esta acción puede perjudicar a otros. En cambio, los recursos naturales podrían
constituir propiedades en común. La apropiación de tierras privadas solo puede
aceptarse si todos los involucrados pueden posesionarse de una cantidad igual
de terrenos, o si se cobran impuestos para compensar a quienes estén excluidos
de la transacción. La propuesta apoya también algunos programas estatales de
bienestar social y la idea general de la igualdad de oportunidades.
3.
El valor de la mercancía
Según los
dogmas del libre mercado, el vendedor que ofrece sus productos a menor costo
tendría más éxito en su negocio. Esto quiere decir que para tener ganancias el
costo de la producción debe reducirse.
Según Milton Friedman esto se logra en el ambiente de libertad de
intercambio. Uno de los peligros para el establecimiento de estas condiciones
sería la presencia de monopolios que controlen los precios de algunos
productos. Los monopolios carecen de motivos para bajar sus precios.
Según el autor es un desvío económico, que “suele surgir, aunque
no de forma general, del apoyo gubernamental o de acuerdos colusorios entre
individuos” (p. 31). Friedman considera a los monopolios como aspectos que
deben ser controlados y aun eliminados por las leyes estatales. Observa, sin
embargo, “el monopolio también puede surgir porque es técnicamente eficiente
tener un solo productor o empresa […] Un ejemplo sencillo es quizás la
prestación de servicios telefónicos dentro de una comunidad. Me referiré a
estos casos como monopolio "técnico" (Ibid).
Friedman vio tres opciones económicas para los monopolios, y
estuvo en desacuerdo con todas. Ellas eran monopolios privados, públicos o
aquellos que se controlan con la regulación legal. Él consideraba que la
primera opción era la menos peligrosa. Sin embargo, se puede criticar esta
posición. Los monopolios privados tienden a fijar los precios al máximo que el
mercado tolera. Un monopolio privado puede fijar precios y limitar la
competencia porque posee patentes o los canales de distribución. Su objetivo principal
es maximizar sus propias ganancias. Pero éstas no suelen ser repartidas entre
todos los niveles de la organización. Ejemplos hoy en día son las grandes
empresas tecnológicas de Internet, entre cuyos dueños se encuentran los únicos
billonarios de la historia.
La mano de
obra
Hay dos
factores de fácil identificación que han contribuido a los cambios en la
apreciación del valor de los comestibles y los objetos manufacturados. El
primero es el cambio del estatus del trabajador a partir de la Revolución
Industrial. El otro es la facilidad de la producción de mercancías que resultó
del mismo proceso histórico. Estos cambios obligaron a los manufactureros y los
comerciantes a incluir el valor de la mano de obra en el precio del intercambio
de productos. Karl Marx, en el primer capítulo de su libro El Capital (2020) ofrece
una explicación -muy enredada- de la relación entre los precios y el valor del
trabajo requerida para producir los bienes en el proceso de venta. Dice:
La forma general del valor, la cual
presenta a los productos del trabajo como simple gelatina de trabajo humano
indiferenciado, deja ver en su propia estructura que es la expresión social del
mundo de las mercancías. Hace visible, de este modo, que dentro de ese mundo el
carácter humano general del trabajo constituye su carácter específicamente
social (p. 82).
Todo el primer capítulo
requiere interpretación debido a su vaga en redacción. En general se puede
decir que para Marx el valor de los objetos, que son producidos por el trabajo,
debe tomar en cuenta el esfuerzo y el tiempo del trabajador. Así, para calcular
el precio de intercambio hay que incluir los materiales necesarios para su
producción y, además, el esfuerzo (sueldo) del obrero que los preparó.
Dichos
materiales también tienen precios de adquisición, que igualmente incluyen el
esfuerzo de los obreros que los produjeron. De este modo, para Marx, el costo
de una chaqueta incluye: a) lo que cobra el sastre por coserla, b) el costo del
lienzo (y el hilo, las agujas, etc.) usado para fabricar la chaqueta, c) esto a
su vez incluiría el lino, cáñamo o algodón necesario para producir la tela y d)
el sueldo del obrero que tejió la tela. Podríamos seguir: los materiales para
tejer la tela vienen a su vez de campos agrícolas y suponen un reconocimiento,
tanto para el campesino, como para quien los llevó al tejedor y eventualmente,
el costo de almacenarlos si no fueron usados enseguida. El precio de cada
producto tiene incluido el valor del trabajo de quien lo produjo, lo modificó y
lo transportó. Pero la cadena no termina con el tiempo y sudor del obrero, porque,
además, incluye el costo de su estilo de vida y la necesidad de proteger su
bienestar.
4. Mercado
Libre o controlado
En general hoy
en día se refiere a la ideología de la derecha política como liberalismo
económico. Se basa en la idea del “mercado libre”, que puede desarrollarse y
que se corrige sin restricciones estatales, debido a las interrelaciones
-consideradas espontáneas- entre los productores y los consumidores. Según este
enfoque lo ideal es un sistema de propiedad privada en el cual cada quien se
limita a defender sus propios intereses. Autores como Adam Smith y Thomas
Malthus han puesto los fundamentos de este enfoque.
Adam Smith en su
libro, La riqueza de las naciones (1996), argumenta que la búsqueda del interés
propio de los actores económicos va a conducir al bienestar general, porque el
mercado se autocorrige.
Sin embargo,
Smith no consideraba que el mercado debía carecer de toda supervisión porque
pensaba que debería haber ciertas reglas éticas que limitasen la conducta de
los actores económicos. Estas reglas eran los límites morales propios de los
mismos actores. Dijo en su libro, Teoría de los Sentimientos Morales (2020), que
aun el hombre más egoísta tiene algunos principios que le mueven a interesarse
por la suerte de los demás. Siempre tendríamos lazos familiares, de amistad,
vecindad, nacionalidad.
Estos límites
son, sobre todo personales, pero según Smith, las estructuras del Estado que
promueven la paz social también influyen para frenar el egoísmo individual.
Esto implica que la mano invisible que regula la marcha económica de las
naciones tendría el respaldo de un Estado que garantice la paz y la justicia.
Sin embargo, el mercado ideal operaría en base a una “libertad natural” en que
la competencia entre los proveedores y consumidores siempre sería superior a
los monopolios y la intromisión estatal.
En este punto Milton
Friedman del siglo XX está de acuerdo. Dice que el alcance de un gobierno debe
estar limitado a la protección de las libertades individuales de los “enemigos”
que podrían provenir tanto del mismo país como del extranjero. También tiene la
obligación de “preservar la ley y el orden, hacer cumplir los contratos
privados y de promover el mercado libre” (1982, p. 10-11).
En estas
reflexiones sobre el control del mercado nos hemos referido sobre todo al
control que ejerce el Estado. Hay controles privados también, y arriba nos hemos
referido al ejemplo de los monopolios cuyo control entra sólo parciamente en
las preocupaciones de los teóricos del libre mercado. Aunque Friedman los
nombra como posibles frenos al libre desarrollo de las economías, afirma que se
pueden tolerar las compañías privadas que llegan a ser monopólicas.
John Maynard
Keynes (2014), considerado un teórico de la izquierda económica, no estuvo de
acuerdo con estos planteamientos. Básicamente pensaba que la intervención
estatal era un importante recurso para aliviar las crisis. Pensaba que era
necesario estimular la demanda que había en la economía. Proponía que el gasto
gubernamental, aun frente al déficit público, era una herramienta para lograr
esto. Para Keynes el problema principal era el desempleo. Se trata de una demanda
insuficiente para las actividades comerciales, y por esta razón en una crisis
habría trabajadores sobrantes. En resumen, coinciden dos crisis: la primera es
el desempleo con las dificultades que éste representa para las personas que
quedan sin ingresos monetarios. Este factor bajaría la demanda para nuevos productos
porque reduce la demanda. Si los salarios no bajan y los precios sí, eso
supondría que los trabajadores cobrarían más en términos reales, podrían
comprar más cosas cobrando la misma cantidad.
La solución a
la demanda insuficiente sería aumentar el gasto estatal. Keynes, siendo un partidario
de una política fiscal intervencionista, pensaba que, cuando los consumidores gasten
sus ingresos, añadan este valor a la economía. Dado que, con endeudamiento
público no se reducen los ingresos de los trabajadores, el déficit público
conseguiría incrementar la demanda.
Por desutilidad debe entenderse
cualquier motivo que induzca a un hombre o a un grupo de hombres a abstenerse
de trabajar antes que aceptar un salario que represente para ellos una utilidad
inferior a cierto límite (p 33).
El problema se
halla más en la utilidad del empleo que en el costo de la vida. Por esta razón,
para este autor, es de importancia mantener funcionando el mercado laboral.
Todo sindicato opondrá cierta
resistencia a una reducción de los salarios nominales, sin importar lo pequeña
que sea; pero como ninguno pensaría en declarar una huelga cada vez que aumente
el costo de la vida, no presentan obstáculos a un aumento en el volumen total
de ocupación, como lo pretende la escuela clásica (p.38).
5. La
división del trabajo
Smith (1996, p.
28) observó que los sistemas productivos se instituyen “naturalmente entre las
distintas clases [sociales] y condiciones del hombre en la sociedad”. En esto
es importante la división del trabajo en múltiples tareas distintas pero
coordinadas. Además de la división de las tareas de la manufactura de un
producto (por ejemplo, las diferentes etapas en la producción de alfileres)
existe el trabajo de los “filósofos”, el término empleado por Smith para
referir a quienes no tengan oficios prácticos en la manufactura de los bienes,
sino que analicen los trajines de los labradores. Ellos están en condiciones
para sugerir nuevos procesos e, inclusive, inventar máquinas para agilizar los
procesos de producción. El resultado de este aumento de producción redundaría
en el bienestar general, según Smith (1996).
Por otro lado,
la izquierda política y económica propone que el Estado intervenga y controle
la economía. Su doctrina inicial planteaba que el movimiento libre del mercado
ha producido disparidades y desigualdades, y que es sólo por medio de una
redistribución promovida y dirigida por un Estado controlado por “las masas”
que la riqueza puede beneficiar a la población en general.
La dictadura
del proletariado
En su primera
encarnación estatal, en la Revolución Bolchevique en Rusia, la izquierda
propuso la nacionalización de algunos de los sectores productivos. Según este
enfoque el control debe ser ejercido por “el proletariado”, es decir, las
clases sociales de los obreros que siempre han sido excluidas de participación
en la planificación de las economías tanto por la aristocracia como por los
mercantilistas. El término que comenzó a describir este control era la
“dictadura del proletariado”, que, en sus inicios se refería a un cambio en el
cual las clases obreras en su conjunto llegarían a dirigir toda la economía. En
la práctica, la revolución bolchevique fue un despotismo que se convirtió en control
sobre el proletariado en los tiempos de Lenin y Stalin en la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que duró en Rusia por casi 70 años
entre 1922 y 1991.
LA DERECHA Y
LA IZQUIERDA EN LOS SIGLOS XX Y XXI
En esta sección
haré una breve descripción de cómo las orientaciones socio-político-económicas que
hemos llamado ideologías han sido adaptadas y empleadas en escenarios reales y
actuales.
He descrito
cómo las ideas llegaron a ser las ideologías de la derecha y de la izquierda
nacieron paralelamente al pensamiento de la Ilustración, obedeciendo a las
diferentes preocupaciones de pensadores como René Descartes y John Locke. He
mencionado cómo las varias maneras de apreciar la “realidad” y abogar por
cambios sociales se originaron en preocupaciones libertarias. Sus principales
diferencias tienen que ver -sobre todo- con sus distintas opiniones sobre
quiénes deben ser más libres.
En algunos
casos las ideologías han contribuido a la resolución de problemas reales,
aunque cambiantes. No hay duda que han influido en la creación de las
democracias modernas y programas de bienestar. Raúl Rojas (2025) ha descrito
como las ideologías y dogmas religiosos corren paralelos hoy en día entre las
organizaciones comunitarias locales para producir cambios y resolver los asuntos
de salud, recreación, empleo, acceso a comida, transporte y otros. Cronick y
Llorens (2026) describen cómo los equipos deportivos generan reglas de
convivencia y protección para los participantes, y se podría afirmar que la
idea de reglas que nacen de acuerdos mutuos en un sistema social puede trazarse
a la Ilustración.
He mencionado
cómo, en algunos casos, las ideologías han sido usadas para justificar
tiranías. He mencionado cómo hay gobiernos de turno del siglo XX que han empleado
ideologías que antes eran libertarias para justificar regímenes totalitarios.
Esto ha ocurrido tanto para las doctrinas de la derecha como de la izquierda.
Ejemplos históricos de ideologías tiránicas de la derecha pueden encontrarse en
las dictaduras de Hitler en Alemania, de Jorge Rafael Videla en Argentina, de
Augusto Pinochet en Chile, de Juan María Bordaberry en Uruguay y de Humberto de
Alencar -entre otros militares- en Brasil. Para la izquierda se pueden
mencionar las dictaduras de Stalin en Rusia, de Mao Tse Tung -Mao Zedong- en
China, de Fidel Castro en Cuba y de Daniel Ortega en Nicaragua, entre otros.
Ya me he
referido a las reflexiones de Herrera (2026) sobre cómo críticas sociales y
propuestas nuevas han ido convirtiéndose, desde las afirmaciones que se
originaron en formulaciones racionales de pensamiento, a cuestionables declaraciones
de fe. Esta transformación tiene dos
orígenes. El primero es la necesidad que tienen los creyentes para sostenerse
existencialmente sobre bases que ellos puedan considerar sólidas. El segundo es
que esta necesidad es útil para los líderes totalitarios cuando quieren
justificar sus aspiraciones de dominio.
Hemos examinado
este fenómeno en Cronick y Rojas (2026); analizamos varios factores: a) los
mecanismos culturales que generan estas explicaciones, b) criterios para juzgar
su veracidad, c) su adopción y su perdurabilidad en sistemas democráticos y
totalitarios, d) el papel de la empatía en su generación y mantenimiento y e)
las posibilidades de disidencia en estos sistemas. En las reflexiones que hago
en las páginas actuales no volveré a revisar estos temas, excepto para
considerar la permeabilidad o la intransigencia que adquieren con el paso del
tiempo.
Algunas
manipulaciones ideológicas que se derivan de ejercicios evidentes de poder tienen
que ver con el control sobre cuáles ideas e ideales serán permitidos. Las
estrategias de control son múltiples, por ejemplo, crear un cuerpo permitido de
creencias e ideales de cambio, ilegalizar manifestaciones políticas contrarias
a estas creencias, controlar publicaciones y programas de televisión no
autorizados, prohibir críticas al gobierno de turno y sus líderes, encarcelar a
los disidentes, y crear situaciones que enfaticen la distinción xenofóbica
entre “nosotros” y “ellos”.
Otras manipulaciones tienen que ver con el uso de símbolos de posturas ideológicas
que se asimilan a la idea de “patria”. Todos los gobiernos, independientemente
de su adhesión ideológica, emplean símbolos patrios. Todos los gobiernos,
democráticos o totalitarios, emplean símbolos con claras referencias a una
ideología de base. Los estadounidenses usan la Estatua de la Libertad cuya ascendencia
a los valores libertarios de la Revolución Francesa es evidente. Los británicos
reconocen el Big Ben, la campana del Palacio de Westminster en Londres,
como una referencia a su historia y su sistema parlamentario. Entre los más
nefastos se encuentran la esvástica nazi, y la hoz y el martillo soviético;
señalan tanto el poder de los dirigentes, como una supuesta adhesión ideológica.
No hay ni un
solo país en el mundo que no tenga una bandera, aunque algunos, sí, excluyen el
color rojo de su emblema debido a su referencia a la valentía bélica y la
sangre derramada por la libertad, la patria o el gran líder. Esta exclusión
también tiene valor ideológico, por ejemplo, en Arabia Saudí y Pakistán, el
verde representa el islam, mientras en Jamaica y Nigeria, representa la riqueza
natural y la esperanza
Cambios en
las necesidades y cambios ideológicos
Las necesidades
socio-económicas van cambiando, y con ellas, las maneras de entenderlas. Hoy en
día hay modificaciones ideológicas que responden a problemas actuales como la identidad
de género, el feminismo, la exclusión social basada en la raza o la religión, el
ambientalismo (que involucra el uso industrial de tierras vírgenes, la contaminación
del aire y el agua por residuos industriales, el uso de insecticidas en los
campos agrícolas, y recientemente, la construcción de enormes data centers digitales
para alimentar la industria de la Inteligencia Artificial). Estos proyectos emergentes requieren
adaptaciones ideológicas que afectan la construcción de valores e identidades comunes.
Está claro que, para los defensores de las industrias petroleras, las que
manufacturan productos como insecticidas o aquellas que ofrecen recursos de
internet, les convienen las referencias a alguna variante de la ideología del
libre comercio. En algunos casos, quienes se oponen a estos proyectos apelan a
conceptos relacionados con el control comunitario sobre los recursos que tienen
su origen en doctrinas de la izquierda.
El presente
ensayo no es el lugar para analizar estos peligros. Por ahora me limito a
señalar cómo ellos son recogidos ideológicamente. Me refiero a las bases
económicas que los promueven. Team Zeteo (2026) describe como empresas como
Amazon, Microsoft, Google, Meta y Oracle ofrecen nuevos empleos e ingresos
fiscales a comunidades que al fin sufrirán daños ecológicos. Su mensaje
mercantil dista mucho de los efectos físicos verdaderos. La resistencia a estas
inversiones crece en el mundo, y aunque los inversores están claramente
alineados con su propia versión de la derecha económica, los opositores surgen
de grupos comunitarios y ambientales, e inclusive de legisladores de ambos
partidos principales en Los Estados Unidos, junto con voceros en China, España,
Francia, Alemania y varios países latinoamericanos.
Incluso se
puede mencionar la tendencia política de resolver los problemas internacionales
con guerras, aun con amenazas de conflictos nucleares. El Newsletter Clarín
(2026) se refirió muy recientemente a unas predicciones catastróficas hechas
por el astrofísico David Gross:
“Actualmente, dedico parte de mi tiempo
a comunicar a la gente que las posibilidades de que vivan 50 años más son muy
reducidas”, declara Gross. Esta afirmación impacta como una dosis de realidad
basada en estadísticas y probabilidades. David Gross no es un científico
cualquiera; es una figura clave que contribuyó a desentrañar el funcionamiento
más íntimo de la materia, lo que le confiere una autoridad considerable en el
debate sobre el futuro. La reflexión, recogida en una entrevista concedida al
medio Live Science, apunta directamente a los crecientes riesgos a los que se
enfrenta el mundo. […] Según explica,
existe aproximadamente un 2% de probabilidad anual de conflicto nuclear, lo que
reduciría la esperanza de supervivencia global a unos 35 años.
El
Nacionalismo como ideología
El amor a la
patria (reino, imperio, etc.) ha sido un valor casi universal desde los inicios
de la historia. Es un valor identitario que supera muchas de las lealtades
locales, incluso las de las subculturas dentro de la patria grande. Sin embargo,
las fronteras nacionales han sido móviles y cambian con el régimen del momento.
Si bien los celtas resistieron a César,
los romanos terminaron conquistando una gran parte de su territorio. Luego de
la resistencia a los romanos en las Islas Británicas, y después del colapso del
Imperio, los reyes locales defendían la cultura romana como valiosos restos
civilizatorios frente a las invasiones anglosajonas en el siglo VII. Son
lealtades y fronteras siempre cambiantes.
La conquista y la
incorporación de nuevos territorios constituyen una larguísima historia y
forman parte de motivos imperiales y nacionalistas. Relatos de estos eventos aparecen
en el Viejo Testamento, en los relatos de las ciudades-Estados griegas, en las
historias medievales, en las conquistas coloniales y en invasiones que han
ocurrido en los siglos XX y XXI. Cuando
los rusos intentan incorporar a Ucrania, cuando los israelís anexan a Palestina
y cuando los chinos ocupan territorios tibetanos lo llaman “liberación”, como
si se tratara de la recuperación de provincias perdidas. No se les ocurre a los
líderes de estos países preguntar a los habitantes de los territorios “en
reclamación” si desean formar parte de la nación conquistadora.
A pesar de la
influencia de la patria grande, con frecuencia las lealtades locales quedan
intactas, y cuando pueden, surgen con renovados reclamos. Sobre la historia
actual, Anderson (2006) observa:
Las Naciones Unidas admiten nuevos
miembros casi todos los años. Y muchas "naciones antiguas", que se
creían plenamente consolidadas, se ven desafiadas por "sub" nacionalismos
dentro de sus fronteras, es decir, nacionalismos que naturalmente sueñan con
desprenderse de ese sufijo "sub", un buen día. La realidad es
evidente: el "fin de la era del nacionalismo", anunciado durante
tanto tiempo, no se encuentra ni remotamente a la vista. En efecto, la
nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de
nuestro tiempo (p. 19).
A pesar de los
valores cambiantes de la lealtad a la patria, el nacionalismo es una forma de
conservadurismo que cualquier líder político que sepa usarlo podría apoyar. Es
una amalgama de credo religioso y tendencias culturales que en los Estados
Unidos nunca fueron ni examinados ni superados. En Cronick (2024) he analizado
cómo la democracia estadounidense ha convivido desde el siglo XIX con los
residuos discriminatorios de la esclavitud y la casi exterminación de las
poblaciones aborígenes. Esta coexistencia nefasta no fue resuelta nunca, y el
resultado es una continuación de un racismo de fondo que no ha permitido la
asimilación de los valores de la libertad que rezan: “todos los hombres fueron
creados iguales”.
Grupos
religiosos que se apoyan en el nacionalismo
El nacionalismo
religioso combina los afectos patrióticos con una afiliación religiosa en
particular. Esta relación tiene varias implicaciones: por un lado, puede tener
un efecto polarizante dentro del país donde existe; por otro lado, si se trata
de una religión con muchos adeptos puede funcionar como una plataforma para el
ascenso político de sus líderes; finalmente el culto puede funcionar como un
apoyo ideológico para los líderes políticos que ya ocupan el poder. Uno de los
peligros de la combinación de sentimientos nacionalistas y religiosos es que
puede conducir a expresiones de xenofobia y la exclusión social de quienes no
aceptan este dogma. Ejemplos de esta combinación son el nacionalismo cristiano
en los Estados Unidos, el hindú en la India, el musulmán en el Medio Oriente y
Paquistán y el judío en Israel.
Michael Luo
(2026) describe el nacionalismo cristiano estadounidense así:
[…] a river of belief closely tied to the election of President Donald
Trump in 2016, and again in 2024, which eludes strict definition. It is less a
coherent ideology and more a collection of attitudes and impulses, rooted in
nativism and racial intolerance, that has seeped into white evangelicalism. Its
muscular approach to faith and politics now holds sway over much of the
country.
Este tipo de
nacionalismo se nutre de las identidades de exclusión como el racismo y la
xenofobia.
REFLEXIONES
FINALES
Para finalizar
estas reflexiones consideraré brevemente dos temas: a) la necesidad de crear
ambientes culturales y socio-políticos que permitan el cuestionamiento
ideológico y b) la necesidad de valores empáticos de base para guiar este
cuestionamiento.
Frank (2025)
emplea el término “incompatibilidad ontológica de la persona” para referir a
“su carácter único e irrepetible, [que] es también razón de la especial
dignidad que le reconocemos” (p. 15). El
sustantivo “incompatibilidad” tiene el propósito de señalar, tanto la unicidad
de cada quien, como lo que comparten todas las personas. Dice el autor que la
experiencia particular y única de cada persona puede tomarse como punto de
partida para afirmar su dignidad. Con referencia a Hegel, se basa en:
[…] su racionalidad, un rasgo común a la
naturaleza humana que sería fuente de la autoconciencia, de la capacidad moral,
de la posibilidad de trascender, etc […Esto] no sería privativa de ninguna
persona, pero ésta es un individuo incomunicable, tiene algo que pertenece solo
a ella, y sin atender a eso único y propio de cada una no se habría llegado a
fundamentar suficientemente su dignidad.” (p. 16).
Podríamos afirmar
que la unicidad de la persona no se limita a su capacidad para la racionalidad,
porque involucra su capacidad de amar. Dice Frank:
Se podría decir que la unicidad de la
persona es en primer lugar para ella misma, es decir que su ser irreemplazable
es una autoposesión tanto cognitiva como afectiva, no un simple hecho bruto, y
que lo es en virtud de la racionalidad. De allí que el amor a otro presuponga
el amor de sí […] (p. 25).
El respeto a la
individualidad del Otro podría considerarse una postura inicial, que sería una
postura ética de base, y un mensaje que podría enseñarse en las escuelas y otros
lugares de formación como grupos comunitarios y sistemas legales. Sería un
derivado a la capacidad empática, que también puede ser formada en los sistemas
educativos.
Una vez que la
cultura haya desarrollado una postura de respeto interpersonal, se puede hablar
también de reglas que protejan a los individuos frente al grupo. A nivel legal
estas reglas serían garantías, como el derecho a la libre expresión y la igualdad
frente a la ley. Esto se deriva claramente de la Ilustración.
Santiago Díaz
(2025) también habla de la combinación de la individualidad con la “relacionalidad”:
“[…] la máxima individualidad ―y por lo
tanto, incomunicabilidad― supone una máxima relacionalidad. De allí que es
precisamente nuestra incomunicabilidad lo que subraya y hace posible las formas
más profundas de vida interpersonal” (p. 43).
El hombre visto
como una tabula rasa en el sentido de Locke no existe. Su incomunicabilidad,
mencionada por Frank y por Díaz refiere a su esencial capacidad para evaluar y
decidir por sí mismo cuales serán sus creencias y sus acciones. Casi todas las
apreciaciones de la psicología moderna afirman que el ser individual se cría
dentro de un contexto interpersonal, y que el niño criado en aislamiento no
puede existir. Como mínimo necesita alimentos, pero además requiere modelos,
afectos, lenguaje y otros insumos socioafectivos para convertirse en una
persona.
Entonces, sí,
cada ser es, en sí, un ser único e irrepetible, y digno de respeto. Pero su “en
sí” se ha nutrido necesariamente de lo interpersonal, lo cultural y de los
recursos compartidos. Por esta razón cada persona es inseparable de su familia,
su comunidad y su cultura. Las personas criadas dentro de más de una cultura
particular, como los inmigrantes, no carecen de formación; más bien desarrollan
mundos más amplios. Sin embargo, cada persona es, por definición, un ser único
y a la vez inmerso en el mundo.
La empatía es
una capacidad compartida por casi todo el reino animal. Tiene que ver con la habilidad
de sentir las emociones de otros seres. Proponer una cultura basada en la
empatía es un enunciado utópico, porque de manifestarse plenamente, algo así
incluiría la idea de la comprensión y la compasión hacia todas las demás
personas del mundo.
Al combinar el
reconocimiento y respeto de la individualidad de cada persona con la capacidad
de entenderla empáticamente, se puede desarrollar la tolerancia para las
diferencias, y la capacidad para llevar a cabo conversaciones productivas con
los demás. El objetivo sería llegar a acuerdos, pero también la habilidad para
defenderse y asumir posturas disidentes. Este es el ideal de un parlamento y
una casa de representantes. Incluso refiere a las conversaciones en las
reuniones vecinales y en los partidos políticos.
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