EVALUACIÓN PARTICIPATIVA: UN ENFOQUE CONSTRUCCIONISTA
Karen Cronick
Instituto de Psicología
Facultad de Humanidades y
Educación
Universidad Central de Venezuela
Versión inicial del libro:
Cronick, K. (2009). Evaluación
Participativa. Caracas: Fondo Editorial de Humanidades, Universidad Central
de Venezuela
Índice
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INTRODUCCIÓN |
1 |
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CAPÍTULO
1: Teoría psicosocial de necesidades |
12 |
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I. Freud |
14 |
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II. La psicología social capitalita y
liberal |
16 |
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III. La Reificación de Lukács y Heller |
18 |
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IV. El Relativismo y el mundo-de-vida |
20 |
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V. La pobreza y los enfoques económicos |
22 |
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5.1. La
determinación de la pobreza y la riqueza |
24 |
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VI. La Potenciación |
26 |
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6.1. La
problematización práctica de las necesidades sentidas |
28 |
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6.2. Resumen de
los tipos de necesidades |
31 |
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VII. Consideraciones finales |
32 |
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CAPÍTULO
2: Evaluación de proyectos participativos de intervención: Consideraciones
teóricas |
34 |
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I. Introducción General al tema |
34 |
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1.1. Evaluaciones tradicionales y
evaluaciones participativas |
34 |
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II. Procesos y valores en la indagación
psicosocial y comunitaria: Participación, potenciación y problematización |
36 |
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2.1. La
participación |
38 |
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2.2. La potenciación
como una meta práctica de la facilitación |
42 |
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2.3. La
problematización de las metas de las intervenciones |
45 |
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III. Aspectos facilitativos de la evaluación |
49 |
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IV. Reflexiones finales |
52 |
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Capítulo
III: Evaluación de proyectos participativos de intervención: Consideraciones
metodológicas |
53 |
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I. Lograr la participación de todos los
involucrados |
53 |
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II. Buscar construcciones sociales nuevas y
su transformación, potenciación y transmutaciones en nociones colectivas
capaces de generar acciones concretas |
57 |
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III. Desarrollar un impulso hacia la acción |
60 |
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IV. Orientar el trabajo hacia el tema de la
justicia social |
62 |
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V. Crear una relación horizontal de poder e
influencia entre el investigador y los demás participantes |
63 |
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VI. Examinar las necesidades epistemológicas
que tienen hacia el aprendizaje mutuo y participativo |
65 |
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VII. Atando hilos |
68 |
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CAPÍTULO
4: La institucionalización y la intersubjetividad |
70 |
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I. Posibles escenarios para evaluaciones
participativas |
71 |
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1.1. La vida de
las instituciones |
71 |
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1.2. L
participación solidaria en los escenarios institucionales |
78 |
|
II. La creación y monitoreo de prácticas
institucionales |
83 |
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2.1. Las
características básicas |
83 |
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2.2. El cambio
institucional |
84 |
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2.3. La
facilitación del liderazgo y la “voluntad popular” |
87 |
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2.4. El
conocimiento y el poder |
88 |
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2.5. La
comunicación y la retroalimentación |
91 |
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III. Consideraciones finales |
96 |
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CAPÍTULO
5: A modo de cierre |
96 |
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I. La libertad y la participación |
96 |
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II. Nuestra capacidad para crecer |
98 |
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III. Nuestro mudo lingüístico y simbólico |
100 |
|
IV. Las construcciones sociales individuales
y colectivas |
101 |
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BIBLIOGRAFÍA |
103 |
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ÍNDICE DE FIGURAS |
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Figura I |
55 |
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Figura II |
60 |
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ÍNDICE DE TABLAS |
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Tabla I |
87 |
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Agradecimientos
Quisiera
agradecer a varias personas que han revisado este manuscrito, incluyendo a las
profesoras Leonor Mora y Antonieta Rodríguez, y al Dr. Eduardo Ludeña. Las dos
profesoras Mora y Rodríguez no sólo repasaron y corrigieron la redacción, sino
que también ofrecieron sugerencias sobre la organización de este trabajo y
aspectos relacionados con el contenido.
INTRODUCCIÓN
Este es un libro muy personal sobre
la evaluación participativa. He intentado producir un texto que combine
consideraciones epistemológicas con consejos prácticos, y a pesar de haber citado algunos autores y
recursos que podrían ser útiles para los lectores de este trabajo, he querido
moderar las características académicas en este libro. Pretendo que el texto
fluya tanto de mi experiencia de campo como de
las fuentes escritas que me han nutrido en el pasado. Es decir, aspiro
que el libro sea una etapa de reflexión después de un largo período de praxis
en el sentido de la Investigación Acción Participativa.
También es un libro en que he
abandonado todo pudor ideológico, y me he permitido hablar de temas
emancipatorios como la libertad. Esta es una palabra camaleónica que significa
lo que el hablante desea que signifique. Aparece en boca de insurrectos,
presidentes, neo-liberales, adolescentes rebeldes y todo tipo de individuos
descontentos. Sin embargo, en estas páginas he intentado acercarme a ella,
aunque sea de manera indefinida. Para mí no es una palabra que puede definirse
fácilmente porque no se refiere a la falta de restricciones y límites. Es una
meta que, para lograrla, requiere trabajo, análisis, reconocimiento de los
deslindes de lo aceptable y solidaridad con los demás.
Este es principalmente un libro
sobre la evaluación participativa (EP). Sin embargo, creo que evaluación e
intervención son partes de un mismo proceso. No se puede pasar un cuestionario,
grabar la respuesta de una pregunta o llamar a una reunión de personas
involucradas en un proyecto de cambio social, sin introducir cambios en lo que
uno está evaluando. Si la ciencia tradicional nos enseñó la importancia de
dejar pulcro e intocado al “objeto” de estudio para que nuestros resultados
fueran confiables y verificables, la EP proclama lo opuesto. Mi objetivo es
producir una exploración del tema y promover cambios en las construcciones
sociales de los participantes.
¿Qué son estas “construcciones
sociales”? Cuando la gente habla sobre lo que siente, lo que necesita o lo que
aspira y lo que considera correcto, justo, apropiado y cierto, las está elaborando.
Son textos o diálogos, es decir, se trata de lo que dicen las personas. Éstos
están inmersas en nuestra cultura, Mundo-de-Vida, Weltanshaung y en general
nuestro mundo lingüístico.
Nosotros
nacemos en este mundo lingüístico, no lo inventamos. Ha estado allí desde que
el ser humano ha sabido hablar. Una construcción social es un tipo de
conocimiento inestable en el tiempo porque las personas, como seres capaces de
lenguaje, razón y acción, es decir, “agentes”, modifican sus ideas debido a su
interacción social y al acceso que tienen a nueva información. Es conocimiento
“relativo” porque cada pensador o agente pertenece a una cultura, clase social,
nacionalidad o etnía, y dicha pertenencia heterogénea enriquece el acervo
universal del patrimonio de saberes. Un saber particular no tiene más derecho
que los demás para anotarse en un proceso de evaluación psicosocial. Sin
embargo, como veremos en los capítulos que siguen, algunas construcciones son
“mejores” porque han sido problematizadas y provienen de caudales más
inclusivos de fuentes de información involucrados en el proceso a evaluar.
Debido a la naturaleza semi-
académica de este trabajo, puede haber en él referencias incompletas para
quienes no han coincidido conmigo en la lectura de los mismos libros. Entender
las fuentes que han influido en mis ideas también puede ayudar a entender las
experiencias que describo. Por esta razón he decidido emplear esta introducción
para explicar mi propia formación práctica y teórica como evaluadora.
Comencé mi experiencia con la
evaluación e intervención participativa junto con un grupo de profesores
universitarios y damnificados en un proyecto de autoconstrucción en el comienzo
de la década de los 80. Mi papel en esta tentativa de trabajar
participativamente en un diseño
interventor y evaluativo emergente, era de aprendiz. Varios investigadores y
estudiantes de la Universidad Central de Venezuela estuvieron involucrados
y puedo mencionar a Beatriz Rodríguez
de la Escuela de Psicología, Euclides Sánchez y Esther Wiesenfeld del Instituto
de Psicología y José Matamorros de la Facultad de Arquitectura. Además de estos
profesores, varios líderes comunitarios hábiles y talentosos, particularmente
Beatriz Rodríguez (sin relación con la profesora homónima) y Wilfredo Rodríguez
supieron conducir el proceso con tacto, maestría y sabiduría. Fue una
experiencia reveladora para todos porque no sabíamos en aquel entonces que lo
que hacíamos era Investigación Acción Participativa (IAP). Únicamente sabíamos
que todo se consultaba entre todos los participantes; y que los resultados
prácticos de nuestra colaboración surgían de estas discusiones. Los discursos
de las asambleas se convertían en acción que luego criticábamos colectivamente.
Los aspectos relacionados con la construcción de las viviendas conducían a
nuevos problemas sociales, por ejemplo, ¿Cómo cuidar a los niños cuando las
madres trabajan en el campo? ¿Qué es el machismo y cómo afecta nuestro proyecto? No voy a
re-describir lo que pasó allí porque ha sido ampliamente cubierto en otros
informes (Sánchez, Cronick, Wiesenfeld, 1988; Wiesenfeld, Cronick, y Sánchez, 1988, Sánchez, 1989,
Wiesenfeld, 2000). Sólo voy a decir que las semillas del deseo de trabajar
participativamente fueron sembradas en mí gracias a las experiencias que tuve
en aquella comunidad.
Aprendí
en aquella experiencia el poder de la palabra, las nociones de la
problematización y la potenciación, y el respeto por el trabajo compartido.
Después siguieron otras lecciones, que provenían de algunas actividades propias
de la facilitación en grupos, y otros ensayos que resultaron del trabajo de
alumnos que cursaron la Especialización en Intervención Psicosocial en la
Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela.
Cito algunas de ellas en los capítulos que siguen. En el verdadero espíritu de
la IAP experimenté que uno aprende de la praxis y que el trabajo investigativo
sustenta la acción.
En los años subsecuentes leí sobre
variados testimonios, análisis y reflexiones que tienen que ver, tanto con el
tema de la evaluación como con la participación en sí. Quisiera compartir con
los lectores de este libro mi apreciación de algunas de estas fuentes y contar
lo que me ha impresionado en ellas.
Uno de los problemas centrales para
la facilitación de una evaluación participativa es lograr que las personas
involucradas (PI) produzcan y problematizen sus construcciones sociales. Mucho
en las páginas que siguen trata de este tema. Pero antes, sería útil examinar
los orígenes teóricos de esta dificultad. El producto de la problematización
sería la “concienciación” o la “toma de conciencia”. Estos últimos términos a
veces se confunden con la pedagogía tradicional: el acto de pasar información y
conceptos que son pre-elaborados e intachables. Un profesor o maestro clásico
puede medir el grado de la “concienciación” de sus alumnos y alumnas por medio
de un examen en que ellos deben responder “correctamente” a sus preguntas. En
cambio, en estas páginas, cuando hablo de concienciación me refiero más bien a
un proceso dialéctico y transformador donde las respuestas no son “correctas”
sino comprensivas y consensuadas.
Entre
los autores que me han influido al respecto se encuentra Gramsci (1972) quien
ha elaborado una noción propia, fundamentada en el marxismo, sobre la necesidad
de combinar praxis y filosofía. También habló de la creación de pensadores
intermediarios entre la filosofía formal y el sentido común que tendrían una
relación “orgánica” con las personas que no pertenecen a la clase dominante, pero
que producen los bienes de la sociedad. Refiriéndose a la relación entre estos
“intelectuales” y las personas que no han podido gozar de una educación formal,
dijo:
“...
sólo podía existir organicidad de pensamiento y solidez cultural si entre los
intelectuales y las gentes sencillas hubiese habido la misma unidad que debe
existir entre la teoría y la práctica, esto es, si los intelectuales hubiesen
sido ya orgánicamente los intelectuales de esas masas, si ya hubiesen elaborado
y hecho coherentes los principios y los problemas que las masas planteaban en
su actividad práctica, constituyendo de este modo un bloque cultural y social”
( 1972, p. 20).
Con el
paso de los años, la idea de “gentes sencillas” es anacrónica. Pero la noción
de un saber que surge de los voceros de las personas que padecen los problemas
prácticos de la vida y que no tienen acceso a los recursos para resolverlos, no
lo es. Beatriz y Wilfredo Rodríguez, los líderes comunitarios que trabajaron en
el proyecto mencionado arriba son “intelectuales orgánicos”. Aquel trabajo no
hubiera sido posible sin estas personas. También lo son (espero) algunos de los
estudiantes que han pasado por nuestra Especialización en Intervención
Psicosocial de la Universidad Central de Venezuela. Una de las tareas de la
facilitación comunitaria que emplea facilitadores “desde afuera”, por ejemplo
el gobierno y agencias u organizaciones no gubernamentales (ONG’s), tiene que
ser la identificación de estos intelectuales cuyo papel es constituir un enlace
entre los burócratas, ingenieros, científicos y demás personajes que llegan
para ayudar a los miembros de la comunidad. Ambos sectores aprenden los unos de
los otros y no puede haber un sector predominante si el proyecto quiere tener
éxito.
Por
otro lado, Gramsci (2000), hablando de la movilización liberadora de las masas,
sugiere que en el “Príncipe” de Maquiavelo se pueden encontrar aspectos del
intelectual orgánico. Es un ejemplo muy diferente a lo que hemos considerado
hasta ahora, pero también útil para entender ciertos procesos sociales. Se
trata de una ideología política que se expresa por medio de la fantasía
concreta de la voluntad colectiva. En el sentido italiano, sería “un símbolo
del líder y del condottiere ideal” (Gramsci, 2000, párrafo 1). La gente se siente
identificada de manera directa e imaginaria con el príncipe. En vez de acción
seguida por consideraciones colectivas, las personas basan su movilización en
"emoción" y el “deseo fanático para la acción” (párrafo 2).
En esta
versión el príncipe no es un maniobrero, un aristócrata que se mantiene en el
poder a pesar de la voluntad popular. En su encarnación moderna el príncipe es
un líder popular que sabe manipular los anhelos populares para su propia
ventaja, pero también los representa de manera genuina. Es el intérprete de las
necesidades populares y la gente se ve legítimamente reflejada en el espejo que
sostiene frente a sus ojos en la televisión y en los mítines populares.
El
problema es que la representación que perciben en dicho cristal puede ser un
espejismo, un reflejo un tanto distorsionado. Algo de esa distorsión puede
resultar de la urgencia de combinar muchas voluntades en una sola agenda
política, pero el deseo del príncipe para mantenerse en el poder también puede
desfigurar la imagen de las necesidades populares.
Un
aspecto de mucho interés para nuestro análisis es que no se puede negar que el
príncipe encarna la voluntad popular a pesar de que no la problematiza. Hay
muchas versiones de príncipes; algunos son líderes populares con programas
dirigidos a satisfacer las necesidades sentidas de una gran parte de la
población y otros son dictadores nefastos como Mussolini. Uno de los temas que
nos interesa aquí es preguntar cómo las personas se identifican con los
príncipes y permiten que éstos hablen en su nombre. ¿Por qué las personas
delegan sus responsabilidades de ciudadano a favor del líder? ¿Por qué, una vez
que seleccionan su príncipe, dejan de participar en la elaboración de las
construcciones sociales que forman parte de su mundo de vida?
El
príncipe es muy diferente a los líderes que las clases dominantes imponen sobre
un electorado para quien el acto de votar se asemeja la compra de una pasta
dental. No hay espejo allí, solamente un vídeo virtual con una fantasía de
Disney. La necesidad de una fantasía es quizá verdadera, pero no es legítima en
democracia. Esto nos conduce a nuevos problemas: ¿Cuándo son legítimas las
necesidades sociales? ¿Quién decide? ¿Cuáles son los límites? ¿Qué diferencia
hay entre la manipulación y la problematización?
La
creación de una capa de intelectuales orgánicos en el sentido de
problematizadores y promotores de la voluntad popular es quizá la única
salvaguardia para la democracia. Considero que es una tarea principal de la EP
y está en el corazón de la participación como práctica psicológica, social y
política.
Hay
otros autores que me han impresionado. Freire (1978) me ayudó a entender el
proceso de problematización que tiene que ocurrir entre los facilitadores, los
intelectuales orgánicos y los demás miembros de la comunidad. “La pedagogía del
oprimido” requiere que las personas descubran su propio papel como clase social
y que vayan elaborando proyectos para transformar su condición de oprimidos.
Luego viene la tarea de elaborar una “pedagogía de los hombres en proceso de
permanente liberación.” (p. 47). Dice Freire que una persona no puede lograr
esto por su cuenta y en aislamiento. Forzosamente tiene que ser un proceso
colectivo pero originario y local. Según Freire (1978):
“No
podemos olvidar que la liberación de los oprimidos es la liberación de hombres
y no de ‘objetos’. Por esto, si no es auto liberación –nadie se libera solo-
tampoco es la liberación de unos hecha por otros.... no se puede en la acción
por su liberación utilizar el mismo procedimiento empleado para su deformación”
(p. 63).
Además,
“La acción política junto a los oprimidos, en el fondo, debe ser una acción
cultural para la libertad” (Freire, 1978, p. 63). Se corre el riesgo de esperar
que las personas en proceso de liberación inventen el agua tibia. Pienso que no
se trata ni de hacer caso omiso a la historia de la cultura universal ni de
allanarla, es decir, producir versiones simplificadas del conocimiento
humanista y de la ciencia para que los oprimidos puedan entenderlas, sino incorporar
en el patrimonio del saber universal las construcciones sociales populares,
adecuadamente problematizadas. Por otro lado, tampoco se trata de rechazar lo
que ha sido la cultura dominante. La liberación también contempla la
posibilidad de conocer a figuras como Ludvig Van Beethoven, Vincent Van Gogh,
Julio Cortazar y Stephen Hawking. Retornando a Gramsci (1972):
“Si (la
filosofía de la praxis) afirma la exigencia del contacto entre los
intelectuales y las gentes sencillas no es para limitar la actividad científica
y para mantener una unidad por debajo, al nivel de las masas, sino precisamente
para construir un bloque intelectual-moral que haga políticamente posible un
progreso intelectual de masa y no sólo
de limitados grupos intelectuales (p. 23-24).
Otro
autor que quisiera mencionar es Hegel. La influencia de “La Fenomenología del
Espíritu” (1807/1987) sobre mí ha sido muy grande, en muchos niveles distintos.
No creo que este sea el espacio para habar de toda ella. Es suficiente señalar
lo que puede interpretarse en la alegoría del Amo y el Esclavo (Fenomenología,
pp. 1807/1907) como etapas psicosociales de la liberación. Está claro que Hegel
no hubiera explicado su fábula de esta manera ya que él refería a las etapas
históricas de la realización del “Espíritu”, o una inevitable fuerza histórica
y filosófica hacia el bien. Sin embargo, ha sido para mí muy tentador definir
estas etapas como los pasos que las personas emprendan cuando empiezan a ser
libres y pensantes. Es importante señalar que mi interpretación de esta
alegoría, que reseño a continuación, es muy personal. He tomado algunos
elementos como puntos de reflexión y he dejado otros sin comentarios. En esta
interpretación comprendo lo siguiente:
La
primera etapa hegeliana, “la conciencia ingenua” ocurre cuando un proto-ser (Yo, o
auto-conciencia) emerge en la narrativa de Hegel. Este ser piensa que es el
centro de su propio universo personal. Pero de repente conoce a otro “yo”. El
Yo original percibe este nuevo ser como si fuera un objeto, un "esto". El Otro fue
descrito inicialmente por Hegel como un objeto (por ejemplo, un cristal de sal,
p. 72) pero también es un Otro que tiene una semblanza parecida al Yo mismo. Es
otro ser vivo.
La
etapa de la auto certeza: El Yo aprende a reflexionar sobre sí mismo como si él
fuera un objeto más (Hegel, p. 77). Se
hace una distinción entre el objeto en-sí (lo que es) y para-un-otro (lo que
sabe de sí mismo porque está percibido desde afuera) (Hegel, p. 78). Sin embargo
el Yo considera al Otro únicamente como objeto para su gratificación personal.
Aprende a reflexionar sobre sí mismo, pero no atribuye la misma capacidad al
Otro. El Yo (o la auto-conciencia) niega
al Otro, se auto-convence que el Otro es sólo una "nada", e imagina
que al mismo tiempo el Otro se considera a sí mismo también como
"nada".
No
obstante, hay un problema: existe una paradoja porque aunque el Yo quiera negar
la conciencia del Otro para mantener su autonomía y su trascendencia
propias, obtiene su satisfacción en este
momento en la superación o la conquista del Otro (Hegel, p. 112). Para lograr
satisfacción, necesita que el otro tenga conciencia de él (p. 113). Este es un
evento muy importante: de este punto en adelante el ego original necesita al
Otro.
Surge
antagonismo entre ellos; cada uno quiere aniquilar al otro (Hegel, p.115). Es
una lucha en que las dos conciencias " se comprueban
por sí mismas y la
una a la
otra
mediante la lucha de vida o muerte"
(Hegel, p. 116).
Es el momento en que Hegel introduce el problema
de la dominación. Al final resulta que uno de los Yo se cree autónomo; es una
conciencia para sí; la otra conciencia en cambio queda dependiente de la
primera, es una conciencia para un otro (Hegel, 1907/1974, p. 74). La primera es el amo; la segunda el
esclavo.
La
búsqueda de independencia: El amo quiso su autonomía, pero depende del esclavo
por el trabajo que hace y para que el esclavo lo acepte como amo. El esclavo no
sólo trabaja; también reconoce la autoridad del amo y éste necesita
reconocimiento. Es una relación mutua donde cada personaje satisface ciertas
necesidades del otro. El amo intenta negarle al esclavo la capacidad de
conciencia y convertirlo en goce (Hegel, p.118), es decir desear al esclavo
sólo por el trabajo que realiza.
El amo
controla la existencia del esclavo y éste experimenta miedo y angustia
("por su esencia entera", Hegel, p. 119) pero el esclavo se libera
por medio de este miedo, junto con el producto de su trabajo. Frente al
producto del trabajo que deja un resultado tangible, el esclavo obtiene la
conciencia de su existencia objetiva. Hay dos experiencias que son necesarias
para este descubrimiento: sin la combinación de la disciplina y la obediencia, el miedo se enmudece;
igualmente, sin el miedo, la disciplina no puede objetivarse sobre la realidad
completa del esclavo (p. 121).
La
etapa del estoicismo hegeliano es la conciencia de la libertad posible pero no
realizada. La nueva conciencia piensa. Esto quiere decir que el esclavo ya no
requiere al amo para pensar; lo puede hacer por sí solo, y aunque no esté de
acuerdo con su relación sumisa, no puede rebelarse todavía. Es como si tuviera
las dos conciencias, tanto del amo como del esclavo, metidas (pero escindidas)
en su propio conocimiento de sí. Por esto se refugia en sí mismo.
La
etapa del escepticismo es “la experiencia real de lo que es la libertad del
pensamiento" (Hegel, p. 124). Es un estadio de pura negatividad, de la
rebelión, la revolución y la violencia. Dice Hegel (p. 125) que el escepticismo
es el momento en que el esclavo se da cuenta que produce, él mismo, las
condiciones de su propia vida. Pero es
una libertad muy inmadura que todavía no construye nada nuevo. Cuando los
rebeldes destruyen la obra del amo (que es, a fin de cuentas, producto de su
propio trabajo), allanan el camino que conduce de la servidumbre a la libertad
por construir, pero lo hacen como adolescentes obtusos e ineptos. El problema
con el escepticismo es que se trata de "el vértigo de un desorden"
(Hegel, p. 126)
La
etapa de la conciencia infeliz: Esta etapa, también conocido como la conciencia
desventurada, aparece cuando el ser llega a conocer la condición contradictoria
del escepticismo y todas las otras etapas anteriores de la auto-conciencia, las
cuales quedan presentes en la resolución dialéctica de cada etapa.
En el
comienzo, la conciencia desventurada es “solamente el dolor" (Hegel, p.
129). Cada uno de los componentes (amo y esclavo) desea luchar contra el
enemigo interno, que es en realidad la otra parte de su propia sabiduría
dividida. Es importante recalcar que esta lucha no es ya una lucha entre un amo
y un esclavo como tales, sino la lucha interna de un individuo dividido.
Primero busca refugio en creencias impuestas desde afuera como dogmas
revelados. Luego logra experimentar activamente sus diferencias internas y es
"la actitud de la apetencia y el trabajo" (Hegel, p. 133), la
seguridad que el nuevo ego logra mediante el trabajo y el goce. El ex -esclavo
que trabajaba pasivamente para un amo, ahora trabaja con ganas pero para sí
mismo. El es amo de su propio ser. Su
verdad es ser en y para sí (Hegel, p. 136).
Hegel
propuso que la resolución ocurriría por medio de la Razón y por la
mediación del Estado. Para mí, sin embargo, la última resolución de
la conciencia infeliz ocurre por medio del trabajo participativo y
dialécticamente potenciado.
He
tenido experiencias prácticas que confirman mi relación con la alegoría del amo
y el esclavo. En una cooperativa dedicada a la recolección de basura en San
Antonio de los Altos, he visto funcionar las etapas hegelianas. Sobre todo, he
visto hombres que inicialmente entraron en la organización con la mentalidad de
obreros asalariados, que no sólo fueron tratados como “cosas” sino que actuaban
como tales; su condición de mano de obra irreflexiva les disponía a evitar el
trabajo y engañar al dueño, empleando estrategias “racionales” (pero de
evitación y engaño) de supervivencia; además empleaban tácticas
autodestructivas en su vida fuera del trabajo tales como el uso excesivo del alcohol.
Después de formar la cooperativa aquellas estrategias se volvieron
contraproductivas. La liberación del esclavo por medio del trabajo no iba a ser
posible sin cambios radicales en la manera de pensar de estos participantes.
Después de un largo período de problematización, en algunos casos dramáticos,
los “esclavos” pudieron liberarse y convertirse en seres en y para sí. Fue para
mí una experiencia conmovedora.
Vi algo
parecido en una cooperativa agrícola en el Estado Lara donde hombres y mujeres,
antes jornaleros con problemas severos en lo personal y laboral, luego de
formar la cooperativa lograban ganar su sustento, estudiar, mejorar sus
relaciones de familia y sobre todo, convertirse en personas críticas, bien
informadas y capaces de tomar decisiones adecuadas.
El
primer capítulo de este libro consideraré la teoría de las necesidades. Intento
revisar algunos planteamientos sobre el tema para luego ir tomando de ellos los
elementos que creo son apropiados para una postura participativa en la evaluación
de proyectos psicosociales. Reconozco que algunas referencias podrían parecer
inconexas. Por ejemplo, relacionar ideas freudianas con otras tomadas del
marxismo y luego combinar el resultado con el construccionismo postmoderno
–como de hecho hice- es riesgoso. Pero difícilmente hoy en día se pueden
examinar las necesidades sin tomar en cuenta los deseos inconscientes, la
superestructura ideológica y el relativismo de las construcciones sociales.
Dejo al lector de mi trabajo la tarea de juzgar estas combinaciones.
El
segundo capítulo es un ensayo más bien teórico sobre el lugar de la
investigación formal en un escenario participativo. Reviso las ideas de
participación, problematización y potenciación de las construcciones sociales.
Creo que mi aporte en esta revisión trata de la postura ideológica que asumo
sobre la problematización y su derivado, la concienciación. Propongo que, para
tomar conciencia no basta crear construcciones sociales que se basen en las
necesidades sentidas y consensuadas de los participantes. Es necesario también
“mejorarlas”, en el sentido de producir construcciones que sean comprensivas y
que tomen en cuenta las limitaciones físicas del proyecto evaluado.
El
tercer capítulo intenta un acercamiento al mismo problema de la investigación
en los escenarios participativos pero desde un punto de vista más práctico y
pragmático. Me he propuesto como tarea examinar algunos aspectos del quehacer
del facilitador, que en mi opinión constituyen puntos que deben ser
urgentemente resueltos en este campo: a) lograr la participación de todos los
involucrados, b) buscar construcciones sociales nuevas que puedan trasformarse,
potenciarse y transmutarse en nociones colectivas capaces de generar acciones
concretas, c) desarrollar el impulso
hacia la acción, d) orientar el trabajo hacia el tema de la justicia social, e)
crear una relación horizontal de poder e influencia entre el investigador y los
demás participantes y f) examinar las bases epistemológicas de las necesidades.
El
cuarto capítulo trata del papel de las instituciones y organizaciones en la
evaluación participativa. He preguntado sobre las categorías de relaciones
promueven los diferentes tipos de organización social. Si, como facilitadores,
promovemos cambios por medio de nuestros trabajos, es importante reflexionar
sobre los efectos de nuestras acciones. Además, para hacer evaluaciones
participativas, es importante que todas las personas involucradas hagan las
mismas reflexiones. Esto requiere que los participantes hayan tomado parte en
la potenciación de sus construcciones sociales iniciales (necesidades
sentidas).
Finalmente
cierro con unas conclusiones generales. Esta sección final abre nuevas
consideraciones en vez de resumir el contenido del libro. Hago estas últimas reflexiones en el espíritu
de la Investigación Acción Participativa donde cada nuevo episodio de análisis
debe conducir a nuevas acciones en ciclos siempre más amplios, encaminados e
informados de razonamiento colectivo. Es mi esperanza que los pensamientos que
Uds., mis lectores, encontrarán en estas páginas les mueven a elaborar sus
propias visiones sobre estos temas.
CAPITULO
I
TEORÍA
PSICOSOCIAL DE NECESIDADES
Filosóficamente
sería necesario separar la idea de necesidad psicosocial de otras nociones
epistemológicas, físicas y lógicas que emplean el mismo sustantivo. En el caso
que nos concierne, se trata de construcciones sociales compuestas por nociones
complejas que apuntan hacia lo que la gente cree que hace falta para actuar,
vivir, ser feliz, gozar de salud y construir comunidades de convivencia.
No es
mi intención presentar una teoría nueva sobre las necesidades, más bien en este
capítulo pretendo pensar sobre el tema y asumir algunas posiciones que tienen
sus raíces tanto en la literatura como en mi experiencia práctica con
comunidades. Como manifesté en la introducción de este libro, se trata de una
expresión personal, es decir, intento
reunir las muchas influencias que me han formado y compartirlas con los
lectores. Por esto incluyo tanto mis experiencias en evaluaciones como las
nociones formales tomadas de publicaciones que he leído. En los próximos
apartados examinaré brevemente algunos textos que me han impresionado con
respecto al tema de las necesidades. Comenzaré con Freud, porque tanto su idea
del inconsciente como lo que dijo sobre nuestra psiquis fracturada influyen
sobre nuestra capacidad para pensar y sentir; es decir, Freud puso límites a la
capacidad del ser humano para la felicidad y la acción racional. Nos formuló preguntas que tienen que ser
contestadas: ¿Cómo podemos elaborar claramente nuestras necesidades si no
sabemos lo que queremos? ¿Cómo puede una psiquis dividida ser racional?
En la
segunda sección consideraré dos enfoques que provienen de la psicología social
estadounidense en la segunda mitad del Siglo XX. Mi postura personal es que
algunos de estos enfoques no son útiles porque su contenido ideológico no
declarado reduce la eficacia analítica que podrían tener, excepto para
poblaciones que se asemejen política y socialmente a los autores. Considero que
el capitalismo liberal y conservador del tiempo en que estos enfoques fueron
confeccionados, limitaba su capacidad para tomar en cuenta otras maneras de
vivir y sentir.
En la
sección tres reflexionaré sobre el concepto de reificación en Lukács (1969) y
Heller (1996). De nuevo, se trata de posturas teóricas cuyo contenido político
es evidente. En este caso, sin embargo, la ideología de los autores forma la
base de su análisis sobre necesidades. Lukács pertenece al marxismo-leninismo
clásico y propone la existencia de necesidades “falsas” que pueden contrastarse
con otras que son verdaderas porque emanan de razonamientos del proletariado
ilustrado. Heller cuestiona la autoridad que tiene esta clase social para
juzgar las necesidades de todo el mundo. Mi propia idea es que la ideología y
la clase social influyen sobre nuestra capacidad para elaborar lingüísticamente
nuestras necesidades sentidas. Pienso que el pensamiento sistemático sobre
nuestra experiencia política nos prepara para entender con mayor claridad
nuestras necesidades y las causas de éstas. Sin embargo no creo que la
ideología debe dictar su identificación: la construcción ideológica de las
insuficiencias psicosociales es un proceso largo, colectivo, inclusivo y
dialéctico.
En la
sección cuatro analizaré las nociones del relativismo y el mundo-de-vida como
está desarrollado en Habermas (1987) y otros teóricos. Junto con Habermas, dudo
tanto del absolutismo como del relativismo ontológico radical, pero acepto la
coexistencia de sistemas paralelos de pensar y sentir. Bajo la influencia
teórica de Habermas, creo que las personas somos agentes capaces de lenguaje y
razón, y creo también que hay muchos caminos distintos pero válidos y
respetables para llegar a Roma si me perdonan el lugar común. Será el roce con
la realidad, es decir, la percepción del éxito o fracaso lo que va a alimentar
nuestras evaluaciones y conclusiones. En fin, tenemos que saber si el pozo que
hemos construido realmente produce agua o no. El resto, nuestros desacuerdos
sobre quiénes son los beneficiarios del agua, y cuán satisfactorias son su
limpieza y abundancia son temas adicionales de debate y por lo tanto, conducirán
a conclusiones abiertas a interpretación.
En la
sección cinco presento una consideración del papel de la pobreza económica en
la construcción, elaboración y satisfacción de necesidades. La definición y la
determinación de la pobreza son actividades complejas e intentaré describir
algunos de los factores epistemológicos de esta complejidad: consideraré la
relación entre la escasez de recursos y la elaboración de necesidades sentidas,
tanto por parte de los evaluadores como por las personas involucradas (PI).
Finalmente
en la sección seis analizaré la noción de la “potenciación” de las
construcciones sociales de las necesidades en el sentido de lo que pasa cuando
un grupo social en particular considera críticamente sus propias
circunstancias; es tal vez uno de los apartados más importantes de este
capítulo. En todo este libro propongo que las necesidades sentidas son
construcciones sociales que deben mejorarse. Propongo que, a pesar de que
reconozco el lugar del relativismo ontológico y metodológico en la evaluación
de las construcciones sociales, hay criterios para juzgar la bondad que tienen para servir de puntos de partida
para la elaboración de proyectos de intervención psicosocial. En las
condiciones adecuadas las personas pueden madurar sus percepciones sobre el
mundo y sobre sí mismas. Es decir, las construcciones sociales pueden ser
potenciadas. Es importante, sin embargo, distinguir las actividades
relacionadas con la potenciación de otras que deben asociarse con el
proselitismo político y social.
Cierro
este capítulo con una sección resumida de conclusiones.
I.
FREUD
Freud
(1973, 1991) tiene que ser el punto de partida en cualquier discusión
psicosocial sobre las necesidades. En él, hay dos vertientes relacionadas: Por
un lado las necesidades están asociadas a los deseos, pero éstos pueden ser
conflictivos, como ocurre cuando el niño siente a la vez amor y rivalidad hacia
su padre. Cada emoción está asociada a necesidades que requieren satisfacción;
sin embargo ellas no son sencillas y uniformes: el niño puede necesitar el amor
de su padre al mismo tiempo que fantasea con eliminarlo como un competidor por
el amor de su madre.
En otro
nivel freudiano, las necesidades aparecen como el malestar que ocurre cuando la
cultura inhibe la satisfacción egoísta, inmediata e individual de los apetitos.
La sociedad requiere la postergación de satisfacciones inmediatas y pone
límites a la expresión de impulsos agresivos, pero el individuo puede sentir
impulsos que riñen con estas restricciones.
Hay un
tercer elemento en Freud que también debe tomarse en cuenta. Las personas se
constituyen por medio de su ambiente afectivo, sobre todo en la infancia, y
necesariamente el niño o la niña hace elecciones basadas en interpretaciones
que pueden ser erróneas -que inciden sobre su personalidad- cuando todavía no
tiene la capacidad para hacerlas de manera responsable e informada. Esta es una
de las razones que explica porque, según Freud, el designio de ser felices que
nos impone el principio del placer es “irrealizable" (Freud, 1991, p. 27).
Hay
otra razón para esta infelicidad. Freud describe la personalidad estructurada
pero fracturada. Algunas de estas fisuras son: la separación entre lo
consciente y lo inconsciente; la división entre el yo, el superyo y el ello; la
división entre el superyo y el ideal del yo; la separación entre el registro
imaginario y la capacidad para la simbolización y la división de los instintos
de Tanatos y Eros. Las fracturas en la personalidad constituyen un mecanismo
para explicar las faltas individuales y conflictivas: el sujeto de
psicoanálisis puede desear, y por ende, “necesitar” la muerte por medio de
Tanatos. Por otro lado ciertas insuficiencias pueden ser “sublimadas” y
expresadas por medio de otras elaboraciones psicosociales. Toda esta capacidad
para ambivalencias y conflictos afectivos individuales entorpece la elaboración
de necesidades sentidas en las evaluaciones de proyectos sociales.
Por el
momento, y de manera muy sumaria y abstracta, considero que Freud ha
contribuido a la teoría de las necesidades sobre todo en dos sentidos: a) con
relación al papel del inconsciente en su elaboración y definición y b) con
respecto a la represión de impulsos instintivos en el mantenimiento de las
estructuras sociales. Podemos retomar nuestras preguntas de la introducción a
este capítulo: ¿Cómo podemos elaborar claramente nuestras necesidades si no sabemos lo que
queremos? ¿Cómo puede una psiquis dividida ser racional?
La
respuesta, según Freud, es que evidentemente no podemos “saber” definitivamente
lo que queremos sin la ayuda del psicoanálisis. La racionalidad aplicada a
nosotros mismos es una operación muy compleja. Freud nos dice que sólo
clarificamos lo que queremos de manera intersubjetiva en el diván del
psicoanalista. El problema con este punto de vista es que el psioanálisis es un
privilegio costoso e individual y por lo tanto una prerrogativa real sólo para
sectores reducidos de la población.
Además,
hay elementos etnocéntricos en el enfoque freudiano que pueden atribuirse a su
origen histórico y cultural en la Viena de la primera mitad del Siglo XX. Sin
embargo, conocimientos sobre Freud son útiles para entender lo inestable de
nuestra condición humana.
Para
mirar con ojos un poco más ocurrentes a lo que la psicoanálisis tiene que
decirnos sobre cuan inestables y ocultas son las fuentes de nuestro deseo,
recordemos a la frase de Foucault (1969/1985, p. 29.) cuando protesta: “No, no,
no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, de donde los miro,
riendo.... No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable.”
II. LA
PSICOLOGÍA SOCIAL CAPITALISTA Y LIBERAL
Freud
inició una corriente muy importante de reflexiones sobre las necesidades, pero
al lado de este raudal teórico corre otro afluente distinto constituido por
algunos enfoques psicosociales estadounidenses. Muchas formulaciones teóricas
modernas de las necesidades psicosociales provienen de la psicología social o
laboral (Maslow, 1954; Hertzberg, 1996:, McClelland, 1965; Aldefer, 1972;
McGreagor, 1957 & 1964). Algunos enfoques proceden de la psicología clínica
(Keirsey, 1989, 2002). Desde la perspectiva de comienzos del Siglo XXI, la
mayoría parecen cuestionables e inclusive insubstanciales. En este análisis, y
como ejemplos, me limitaré a una consideración breve de dos de los más
conocidos de estos planteamientos, el de McClelland y sus colaboradores y el de
Maslow.
David
C. McClelland (1965) desarrolló tres tipos de motivaciones que él llamó
necesidades: la de éxito, la de afiliación y la de poder. La primera se define
como “el éxito en competencia con algún criterio de excelencia” (McClelland et
al., 1953, pp. 110-111, tomado de Charms, 1968, p. 183). Ella es altamente
valorada en los trabajos de McClelland y sus colaboradores al punto que las dos
restantes casi no aparecen en su literatura, excepto como factores que
rivalizan con la de logro. Las necesidades de afiliación y poder carecen de
matices culturales que no sean los de la cultura corporativa del capitalismo de
los años 50 y 60 en los países industrializados. Tienen que ver respectivamente
con el deseo de obtener satisfacción por medio de las relaciones afectivas
interpersonales, y la aspiración de dominar a los otros para beneficio y
satisfacción propias. La afiliación aparece como un motivo que resta vitalidad
económica a las sociedades “primitivas” que están basadas en lazos de
consanguinidad y expectativas mutuas (como en tribus, clanes y familias
extendidas). Según este modelo, la afiliación entorpece la competencia entre
las agrupaciones económicas organizadas. Por otro lado, el afán del poder sólo
está concebido en los términos negativos de la dominación, y no como
“potenciación”: es decir, como base para la posible reivindicación de grupos
sojuzgados por intereses ajenos y por las condiciones agobiantes de sus vidas.
Por su
parte, Abraham Maslow (1954) desarrolló una teoría jerárquica de las
requerimientos personales desde una postura humanista. Maslow comienza
observando que las necesidades humanas son complejas e incluyen la creatividad
y la sabiduría. Se puede pensar, como reconocimiento a este autor, que Maslow
quería rebasar los confines de los enfoques del liberalismo económico, pero
propuso una pirámide de exigencias sucesivas que no resisten un análisis social y político. La base de dicha
pirámide incluye el requisito biológico y fisiológico para obtener comida, agua
y abrigo; en un peldaño inmediatamente superior viene el afecto, la seguridad y
la autoestima. La pirámide sigue hacia “arriba” con las necesidades de aprender
(por el valor intrínseco del aprendizaje), la experiencia estética, el
auto-conocimiento y finalmente los valores como el altruismo.
El
problema con el planteamiento de Maslow es que creía que no había cómo elaborar
o satisfacer las necesidades más “altas” antes de lograr la satisfacción de las
más “bajas”. Con este criterio, las personas que sufren de hambre y carecen de
abrigo, no tendrían la necesidad de aprender, de apreciar una hermosa puesta de
sol ni de actuar de manera altruista. Sin embargo, pareciera difícil establecer
una correlación confiable entre el bienestar económico y el altruismo o la
apreciación estética. Por otro lado, tampoco es razonable suponer una
correlación negativa entre la penuria y estas necesidades. Hoy en día la
psicología reconoce que las personas pueden apreciar la belleza aun sufriendo
de hambre; detrás de la pirámide de necesidades de Maslow, se pueden discernir
prejuicios clasistas pobremente disfrazados como consideraciones humanistas.
Considero
que las siguientes críticas generales son pertinentes a este grupo de enfoques:
Los planteamientos son ideológicamente limitados. El basamento sociocultural,
teórico y epistemológico consiste en suposiciones ocultas y no criticables
dentro de las teorías porque no son explícitas y los autores se esconden detrás
de una postura “científica” de neutralidad ideológica. Estas pretensiones
“científicas” emplean la creencia positivista de aquel entonces, que existen
resultados objetivos que son “mejores” y ubicados “por encima” de los valores.
Enfoques como éstos niegan los creencias que subyacen a sus planteamientos y
por esto no hay en ellos referencias a nociones más amplias sobre la teoría de
las necesidades, ni para refutarlas ni para aceptarlas.
III. LA
REIFICACIÓN DE LUKÁCS Y HELLER
Los planteamientos
de origen marxista sobre las necesidades provienen de una amplia base
conceptual que se extiende hacia Rousseau y Hegel, pero en su desarrollo
marxista son vulnerables a críticas muy similares a las que acabo de elaborar
con respecto a la corriente psicosocial descrita en la sección anterior. En
Lukács (1969), el “fetichismo” conduce a la reificación de necesidades
ilusorias. Es decir, las personas pueden depositar afecto en ciertos objetos
que creen que satisfacerán necesidades que resultan ser “falsas”. También
convierten nociones abstractas en necesidades concretas. Por ejemplo, en los
últimos años de la Unión Soviética, los jóvenes “necesitaban” ponerse
blue-jeans. Los “jeans” representaban una especie de libertad à la
estadounidense.
En este
enfoque las necesidades “verdaderas” provienen necesariamente de la conciencia
de clase, que es determinada históricamente. Se puede comparar los prejuicios
sociales de Maslow, en donde los valores humanistas sólo tienen cabida desde el
inicio de la clase media, con la noción de Lukács en donde sólo el proletariado
colectivizado puede tener conciencia de sus necesidades verdaderas. Según
Lukács, las personas en una sociedad capitalista están “presas” por necesidades
imaginarias que desde la conciencia de clase se considerarían lujos. En sus
esfuerzos para satisfacer estas necesidades, las personas tienen que adquirir y
emplear dinero. Lukács dejó entender que bajo un sistema comunista este
problema debería haberse superado. Pero, como bien señalan Heller (1996/1985) y
du Prie (sf, párrafo 18), para Lukács, los únicos árbitros de la “falsedad” de
esta conciencia son los miembros del Partido Comunista.
La discípula y compañera de Lukács (1969),
Agnes Heller (1996/1985), criticó aquella distinción entre las necesidades
reales e irreales (o falsas). Heller pregunta ¿quién puede situarse “fuera” del
proceso histórico de la producción de las ideas y declarar que “su” apreciación
de las necesidades es la correcta o “verdadera”? Este argumento se asemeja
mucho a lo que han dicho los construccionistas a partir de los años 80 del
Siglo XX, pero Heller introduce también una reflexión ética sobre este problema
del reconocimiento de las necesidades; ella adopta el imperativo categórico de
Kant: “el hombre no ha de ser un mero medio para otro hombre” (Heller, p. 65).
En otras palabras, no es ético satisfacer una necesidad reduciendo a otro ser
humano a la condición de “mero medio”.
Después
de leer a Freud y los marxistas, no podemos sentirnos como los autores
autónomos de nuestras necesidades. Aún después de criticar estos enfoques, no
puedo dejar de lado conceptos como el inconsciente y los efectos de la
conciencia de clase en la elaboración de nuestras necesidades. Estamos insertos
en estructuras personales, históricas y políticas que imponen ciertas
limitaciones sobre nuestra capacidad de entender la sociedad y a nosotros
mismos. Ambas fuentes nos muestran nuestra dependencia en las condiciones
tramadas de nuestra existencia.
Pero no
somos presos de estas influencias; podemos darnos cuenta y tal vez
distanciarnos de nuestras particulares adhesiones teóricas, políticas y
sociales. El primer paso en este distanciamiento es necesariamente ver con
respeto a las otras posturas ideológicas y existenciales a pesar de la desemejanza
que tienen con las nuestras. Este distanciamiento requiere la problematización
de nuestra condición humana, tanto personal como social.
Mientras
menos se tiene acceso a la cultura universal, más peligro hay de someternos a
los limitantes fundamentalismos políticos, religiosos e ideológicos que nos
amenazan hoy en día. Por esta razón las ideologías cerradas y las religiones
intransigentes intentan reducir los
contactos que sus adeptos pueden tener con mensajes discrepantes. En
condiciones de oscurantismo creemos que tenemos razón, no sólo con respecto a
nuestras propias necesidades, sino también sobre las de los otros. Inclusive
hay personas dispuestas a emplear métodos violentos para obligar a los demás a
aceptar sus creencias.
Ocurre
también que gobiernos, organizaciones no gubernamentales (ONG) e instituciones
internacionales como el Banco Mundial y las Naciones Unidas gastan grandes
sumas de dinero para planes de “desarrollo” que a veces no comprenden las
condiciones locales y culturales de los beneficiarios de tales desembolsos. Tal
vez la falsa autonomía (término conveniente para distanciarme de la falsa
conciencia) que proviene de la ignorancia es uno de los factores que más limita
nuestra capacidad de pensar creativamente y de emplear nuestra racionalidad
crítica.
IV. EL
RELATIVISMO Y EL MUNDO-DE-VIDA
En otro
escrito he reflexionado sobre el relativismo, el racionalismo y la ideología
(Cronick, 2002). En resumen, mi artículo afirma que Habermas (1987) nos ha
dicho que el Mundo-de-Vida contiene la posibilidad de la crítica social y la
autocrítica. Las personas tienen la capacidad de comunicarse con los demás y
debatir las diferencias que puedan surgir; heredan sus Mundos-de-vida
colectivamente, pero también los pueden criticar y reconstruir. En este sentido
la continua construcción y desconstrucción de los requerimientos –o
necesidades- económicos, políticos, sociales y psicológicos es un proceso
abierto. Como Billig (1987, 1991, 1992) y Billig, Condor, Edwards y otros
(1988) han dejado claro, este trabajo constructivo ocurre en las
conversaciones, confrontaciones y acuerdos que los grupos y las personas
establecen de manera transitoria.
Algunas
de las conclusiones así logradas llegan a convertirse en conclusiones
semi-permanentes. Pienso que hay ejemplos de acuerdos “casi” establecidos,
aunque dentro de cada acuerdo haya debates que siguen sin llegar a consenso
social. Puedo mencionar varios ejemplos:
La
democracia: Alguna forma de consulta y/o autogestión (como la democracia) es
una necesidad social establecida en la cultura universal. Sin embargo no
estamos seguros de qué se trata. En algunos lugares consiste en el voto
universal, directo y secreto; en otros es necesario llegar a un consenso en un
consejo de ancianos. Son prácticas establecidas pero no permanentes. Pero
estamos (casi) de acuerdo en que cualquier forma de democracia es mejor que
cualquier forma de tiranía.
Los
estilos de convivencia: La mayoría de las personas necesitan vivir en
comunidad. Las comunidades surgen de manera espontánea de un sentido de
“nosotros”, pero también son construidas de manera consciente según modelos
formales como el del liberalismo político y la solidaridad socialista. A pesar
de que no sabemos cuál es la “comunidad” que necesitamos, comprendemos que alguna
forma de convivencia es una necesidad para los seres humanos.
La
libertad: La libertad aparece como un componente social y político necesario,
aunque carecemos de acuerdos mínimos sobre su significado. La libertad se
define de manera distinta según la época, la ideología y los propósitos
retóricos y contextuales del momento. Los desacuerdos son numerosos y bien
documentados: todas las revoluciones han proclamado sus propias definiciones
del término. Por ejemplo, los “Libertadores” americanos (en las revoluciones
contra España, Portugal e Inglaterra) no estaban todos de acuerdo sobre su
sentido. Además de los Libertadores, otros pensadores han empleado la misma
palabra en sus obras; se pueden nombrar muy sumariamente algunos de ellos:
1.1. Adam Smith, quien consideró que se trata
de un medio para la producción del bien común. Cuando las personas, grupos e
intereses económicos no están limitados por regulaciones legales y financieras
actúan en completa “libertad”, y las fuerzas del mercado tenderían hacia el
bienestar de las mayorías. Esta libertad es una necesidad para lograr el
bienestar y la prosperidad general.
1.2. Los marxistas, en general, suponen que es
un logro colectivo de los obreros, cuando obtienen el control de los medios de
producción y pueden determinar sus propios destinos. Sería un logro histórico
de la revolución socialista, pero, como en el caso anterior, es una necesidad
para lograr el bienestar y la prosperidad general.
1.3. Los movimientos de liberación persiguen
metas muy distintas. Ejemplos son: los movimientos de género, los que defienden
estilos alternos de expresión de la sexualidad y los de la liberación étnica.
En particular, los grupos de liberación étnica han existido por mucho tiempo
–desde antes de las rebeliones de los judíos contra los ejércitos del faraón.
En relación a tiempos más modernos, pienso en los Zapatistas en su rebelión
contra el gobierno central de México. Esta categoría incluye los móviles de la
autodeterminación de los grupos culturales y minoritarios.
En fin,
contamos con ciertos acuerdos lingüísticos y conclusiones históricas, pero
éstos no son definitivos. Hay, sin embargo, otro pacto cultural e histórico que
hace falta mencionar. Cuando hablé del roce con la realidad en la introducción
a este capítulo, me refería en parte a estos convenios culturales tácitos pero
incompletos. Sabemos que la democracia, la convivencia y la libertad son
buenas, pero en cada instancia tenemos que renegociar sus definiciones debido a
los resultados de nuestros experimentos sociales.
Comprendemos
que existen muchas formas de establecer credibilidad en las construcciones
sociales. El roce con la realidad física es tal vez la más indiscutible. Para
usar de nuevo mi metáfora inicial, el pozo sólo será un éxito si produce agua.
Normalmente cuando los evaluadores elaboran sus conclusiones emplean, por lo
menos inicialmente, los indicadores de éxito acordados en el comienzo de un
proyecto de cambio psicosocial. Si los participantes en el proyecto querían
construir un pozo, será un criterio mínimo del éxito de sus esfuerzos que éste
produzca agua. Es un indicador binario y su respuesta es “sí” o “no”; es tal
vez uno de los acuerdos culturales más viejos: las soluciones tecnológicas
deben funcionar de verdad.
Para
dejar en claro este punto recurro a otro ejemplo: los arquitectos de las
pirámides del antiguo Egipto tenían dos tipos de construcciones sociales con
respecto a sus obras. Por un lado creían que su misión era facilitar el viaje
de las almas ocultadas en su interior hacia el mundo espiritual de la vida
eterna. Se puede decir que esto constituía una meta principal del proyecto, y
lograr los traslados espirituales era un criterio del éxito de la empresa. Sin
embargo, los sacerdotes podrían discutir las pautas para el cumplimiento de esta
meta por milenios sin llegar a un acuerdo. No puede haber modelos claros para
determinar el logro de fines espirituales. Por otro lado había otra
construcción social respecto al éxito de las pirámides: las estructuras físicas
tenían que quedar en pie. Esto no podría ser objeto de debate sociocultural: si
la edificación se caía se trataba de un evidente fracaso sin lugar a dudas.
Desde el comienzo prehistórico de los esfuerzos de la humanidad para construir
y alterar el mundo, las personas han reconocido esta distinción.
El mundo de vida y los criterios relativos
provienen de las demás expectativas de los participantes. Para retomar el
ejemplo de la construcción del pozo de agua: ¿Era justo reubicar las viviendas
para construir el pozo? ¿La distribución del agua es equitativa? ¿Es suficiente
para satisfacer las necesidades de los beneficiarios? Estas son preguntas que a
veces aparecen después de la etapa de “praxis” en una evaluación y sus
respuestas dependen de las construcciones sociales de las PI.
V. LA
POBREZA Y LOS ENFOQUES ECONÓMICOS
La distribución no equitativa de los
recursos materiales y sociales es un fenómeno que afecta a todos los países del
globo. Las condiciones en que viven los más “necesitados” han ido empeorando al
mismo tiempo que el avance tecnológico y la acumulación de riqueza han
aumentado. Sin embargo, estas relaciones económicas esconden otros hechos. En
esta sección quisiera desarrollar la idea de lo complejo que es analizar el
bienestar de manera definitiva. Es enrevesado decidir cuáles son las
requerimientos económicas más importantes y bajo cuáles circunstancias están
satisfechas o no.
Para ilustrar lo complicado de la
construcción de indicadores de bienestar socio-económico, en la lista que sigue
he reunido una serie de afirmaciones ciertas pero contradictorias.
1-a. La salud mundial está mejorando: Más personas
tienen acceso a recursos como vacunas y medicinas. Algunas enfermedades como la
viruela o la parálisis infantil han sido eliminadas o controladas.
1-b. La
salud mundial está empeorando: La vulnerabilidad que tienen ciertas poblaciones
frente a enfermedades como la tuberculosis, el SIDA, la malaria y la
leishmaniasis ha aumentado.
2-a. La expectativa de vida está mejorando: La
tasa de supervivencia de los niños es mayor en muchas poblaciones del mundo.
2-b. La
expectativa de vida está empeorando: La hambruna en lugares como América
Central y algunos lugares de Africa está fuera de control.
3-a. El nivel educativo/cultural está mejorando:
Hay más niños asistiendo a la escuela y existen programas destinados a eliminar
el analfabetismo. Muchos idiomas han sido transcritos.
3-b. El
nivel educativo/cultural está empeorando: Idiomas y tradiciones culturales
desaparecen todos los años para no volver jamás. Las guerras son responsables
de la destrucción de bibliotecas, museos y fuentes arqueológicas.
4-a. Hay más respeto por los derechos humanos: La
toma de conciencia sobre este tema está aumentando como puede verse en la
existencia de organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional.
4-b.
Hay menos respeto por los derechos humanos: Existen organismos multilaterales como UNICEF y
Amnistía Internacional que denuncian terribles violaciones. Hay países que se
niegan a pertenecer a un tribunal internacional sobre derechos humanos.
En esta
lista se describen condiciones que apuntan tanto al mejoramiento como al
deterioro del bienestar. La injusticia y la exclusión social son términos que
se emplean para referir a situaciones en que las necesidades de grandes bloques
de la población del mundo no son satisfechas.
Hay muchas explicaciones para las diferencias en el bienestar como se
puede apreciar en la siguiente enumeración –que necesariamente tiene que ser
inconclusa:
1. El clima: el calor y las enfermedades tropicales en los
países pobres limitan las posibilidades de desarrollo económico.
2. La calidad de los suelos y la
accesibilidad al agua potable y para regadío: los desiertos y otros medios
hostiles imponen limitaciones sobre la producción agrícola.
3. La cultura de la pobreza: las personas
perpetúan sus condiciones infrahumanas de existencia debido a sus creencias en
el fatalismo y su apatía (Lewis, 1979).
4. La ignorancia: los miembros de ciertas
poblaciones no conocen los avances tecnológicos y existen sistemas económicos
“atrasados”.
5. La dominación socio-económico-política:
desde la esclavitud hasta el neo-colonialismo, el uso de la fuerza ha subyugado
a algunos grupos y otorgado privilegios a otros.
Este no
es el lugar para elaborar una crítica de estas explicaciones. Por ahora es
suficiente observar que las explicaciones que se dan a la pobreza humana son
complejas, y las carencias que tiene la gente están relacionadas con sus
expectativas y las condiciones psico-socio-económicas y ambientales en que vive.
Si la explicación que damos a la falta de bienestar se relaciona con la
ignorancia o la apatía, se percibe que las personas necesitan educación o
cursos de motivación. Si, por otro lado, consideramos que sus problemas se
deben a dificultades ambientales, entonces necesitan asesoría científica y
tecnológica. Por otro lado, si pensamos que las carencias políticas requieren
una nueva conciencia y nuevas normativas jurídicas, legislativas y de cambio
social, entonces estaríamos hablando de la necesidad de cambios políticos. A
continuación haré una breve referencia a la determinación de indicadores sobre
el bienestar.
5.1. La
determinación de la pobreza y la riqueza
He venido desarrollando una noción
amplia de necesidades en donde he argumentado que se trata de construcciones
sociales generadas en el seno del discurso público y privado. En términos
económicos, la pobreza “relativa“ (Runciman, 1966) es la experiencia de
insuficiencia bajo condiciones que en otro lugar indicarían relativo bienestar.
Los inmigrantes “pobres” en la Unión Europea viven en condiciones mejores que
las que dejaron atrás en África, América del Sur o Asia. A pesar de esto
expresan muchas necesidades no satisfechas al comparar sus viviendas y demás
recursos con las de las poblaciones europeas nativas.
Por
otro lado se puede afirmar también (Sen, 1978, s.f.) que hay una “médula” de
pobreza absoluta en que la malnutrición y otras carencias pueden identificarse
sin lugar a dudas. Por ejemplo, ciertas condiciones en el África Sub-sahariana
y en América Latina son deplorables. Sin embargo, es muy difícil identificar la
línea que separa la pobreza absoluta de la relativa. La falta total de techo y
alimentos es nefasta, pero ¿qué distingue una vivienda digna de otra que es
indigna? ¿Cuándo es que se pasa de la malnutrición a la falta de alimentación
apropiada?
Lo que
quiero es señalar el papel de los valores en la elaboración de los criterios de
pobreza, excepto, tal vez, cuando la supervivencia de sus víctimas está en
juego. Pero aun así puede haber debate.
En un barrio donde el crimen y la inestabilidad de los terrenos atentan contra
la vida de los habitantes ¿se trata necesariamente de pobreza? En Caracas, en
ciertas urbanizaciones de clase media, ambos tipos de inseguridad son
preocupaciones. Es decir, son problemas grandes pero no necesariamente
identificados con la pobreza como tal.
La
elección entre un modelo relativista y otro absoluto no es sólo un dilema
teórico, porque de ella surgen consecuencias tangibles e inmediatas con
relación a la gestión pública. En la práctica las necesidades de las personas
que sufren de pobreza relativa resultan en gran parte de sus propias
insatisfacciones y sensaciones de malestar. Por otro lado según criterios
absolutos son otros quienes deciden las necesidades de los demás. De esta
manera, las personas pueden quejarse de la falta de una dieta balanceada, la
falta de una vivienda adecuada y de escuelas pobremente equipadas, y pueden
establecer indicadores para señalar la satisfacción o no de estas necesidades.
Estas son carencias importantes y cualquier discusión sobre la naturaleza del
bienestar y calidad de vida debe incluir una cuidadosa problematización sobre
la identificación de las necesidades y las maneras de satisfacerlas. Inclusive,
al franquear el umbral que define y limita la pobreza absoluta, y comenzar a
evaluar las necesidades sentidas de otras poblaciones encontramos anhelos como:
a) poder disfrutar de vecindarios seguros, b) trabajo digno, c) protección de
la niñez y la familia d) la posibilidad de sana diversión y e) las necesidades
espirituales y culturales de las personas. Bajo criterios absolutos,
normalmente se trata de la carencia de los requisitos mínimos para mantener los
organismos con vida: comida, techo y agua.
La problematización de las
necesidades relativas va a incluir discrepancias sobre cómo satisfacerlas. La
necesidad de una vivienda digna, por ejemplo, se satisface según criterios
culturales distintos con respecto al diseño, los materiales empleados, el
tamaño e hasta la identificación de los usuarios (un individuo, un grupo no-
consanguíneo, una familia nuclear, una familia extendida o una tribu completa).
La
satisfacción de todas las necesidades depende de las construcciones sociales
que las personas elaboran al respecto. Además, estas construcciones sufren
modificaciones constantes en las mismas poblaciones. Algunos de estos cambios
surgen por modificaciones en las condiciones en que viven las personas
involucradas (por ejemplo, el comienzo de una sequía o una guerra). Pero ocurre
también que los conceptos cambian porque maduran con el tiempo.
VI. LA
POTENCIACIÓN
La potenciación es una herramienta
desarrollada por Julian Rappaport (1981) como un recurso metodológico para
sustituir la prevención de patologías sociales e individuales. Se trata, según Rappaport, del control que
las personas tienen sobre los recursos sociales, psicológicos y materiales que
requieren para la satisfacción de las necesidades sentidas. La potenciación es,
entonces, una estrategia orientada hacia el equilibrio de relaciones desiguales
de poder. Al mismo tiempo es un proceso por medio del cual los individuos
incrementan sus recursos personales, interpersonales y políticos para
satisfacer las nuevas necesidades que podrían aparecer en sus vidas.
Puedo extender la noción de potenciación hacia lo que pasa cuando las personas problematizan sus necesidades. Para Guba y Lincoln (1988) un objetivo en una evaluación psicosocial, es la creciente “sofisticación” o maduración de las construcciones sociales que las personas han elaborado con respecto a su situación. En este caso la potenciación sería la realización de construcciones siempre más elaboradas, inclusivas, informadas y articuladas. Guba y Lincoln extienden la noción de problematización para incluir la producción participativa de indicadores de bienestar en general.
Por
otro lado los facilitadores comunitarios tienen herramientas para pensar
estructuralmente sobre los recursos que hacen falta para los proyectos
comunitarios, por ejemplo, sobre la necesidad de crear grupos de vecinos
institucionalizados. Dice Sánchez-Vidal (1991) que "el conocimiento de la estructura y funcionamiento del sistema
comunitario debería guiar esta tarea..." (p. 69). Asun, Aceituno, Alfaro y
otros (1995, p. 166-167) mencionan algunas necesidades que un facilitador
experimentado podría considerar importantes, pero que las personas afectadas
probablemente no han tomando en cuenta:
1. La reconstrucción del tejido social: Se
establece la importancia de facilitar el
desarrollo de las organizaciones populares.
2. La revalorización de los grupos: Se
privilegia a los grupos como unidades de trabajo a través de los cuales se
evalúa el proceso.
3. La revalorización de las tareas: Al
enfatizar el desarrollo de recursos propios, la subsistencia pasa a ser un
problema colectivo.
4. El fortalecimiento de la democracia: Se
procura generar decisiones en el ámbito de los grupos en relación a pautas
democráticas.
5. El reemplazo del rol del experto: El
“experto” se convierte en “asesor”, respondiendo a la valoración del sentido
común.
6. El desarrollo de recursos no
tradicionales para la psicología social: Se utilizan recursos como la
solidaridad, la organización y las tecnologías apropiadas.
7. El desarrollo de la identidad
histórica: Se crean así vínculos que revitalizan las necesidades y las
estrategias particulares.
Para
Freitas (1996, p. 10) la potenciación
aparece cuando el facilitador comunitario promueve la formación de
“intelectuales orgánicos”, en el sentido gramsciano. En la misma dirección,
Park (1992) menciona que el participante llega a un estado en que “produce
conocimiento y lo vincula simultánea e íntimamente con la acción social” (p.
140), esto es, conocimiento que es a la vez cognitivo y transformador. Para
Park el conocimiento instrumental, interactivo y crítico se relaciona con la
potenciación, en tanto que el entendimiento técnico ocurre en relación con
dimensiones sociales y políticas.
En un
sentido similar, he propuesto (Cronick, 1988) que la transformación social
ocurre en las esferas tecnológicas, socio-cívicas y personales de la
experiencia. Cuando el facilitador y los demás participantes promueven cambios
en una de las esferas, se transforman las otras dos. En este sentido, cuando
las personas logran una meta socio-cívica importante, aumenta su autoestima y
se encuentran en mejores condiciones para resolver los problemas técnicos que
confrontan. Pude apreciar esta relación (Cronick, 1991) durante la intervención
que mencioné antes, en un grupo de recolectores de basura, quienes decidieron
comprar la compañía donde trabajaban para formar una cooperativa (logro
socio-cívico). Al poco tiempo estaban participando en talleres sobre
comunicación efectiva y logro personal (cambio personal) y desarrollando
actividades relacionadas con el reciclaje (cambio tecnológico).
La
noción de potenciación tiene connotaciones amplias. Cuando Fals Borda (1992)
habla de la ciencia como un producto cultural emergente que incluye: la
“cultura reprimida y silenciosa” del sentido común (p. 70) -o, “la filosofía
espontánea” gramsciana, ambas referencias identifican la ciencia con la
comunidad. A diferencia de Freitas, Fals ubica al “intelectual orgánico” en la
figura del facilitador o promotor social. Esta identificación hace que el
conocimiento “empírico, vital y práctico de los campesinos y los miembros de
las comunidades populares pueda encontrar un nicho en el curso del desarrollo
de la ciencia” (p. 81).
Otros
elementos de la potenciación comunitaria ocurren por medio de la promoción de
la solidaridad, la ética, los derechos humanos fundamentales y la calidad de vida entre los miembros de las comunidades
facilitadas (Freitas, 1996, p. 11). Al problematizar con los participantes en
un proceso de cambio comunitario sobre los estilos de interrelación, se pueden
comenzar a cuestionar viejos estilos de comunicación (por medio de chismes),
conductas dudosas (como la venta de drogas) y actitudes irrespetuosas con
relación al prójimo.
En el
artículo “La relatividad, lo verosímil y la toma de conciencia: una
problematizacion comunitaria” (Cronick,
2002) propuse una postura de tolerancia limitada –y no de relativismo- como la
única posible para mantener el diálogo, respetar las construcciones
individuales y conducir a la creación de la convivencia. Una persona ajena a
una situación psicosocial dada, un observador, un facilitador o un analista, no
puede interpretar las necesidades de los demás. Pero por otro lado, este
observador tampoco tiene que aceptar las construcciones sociales de los otros
tal como los constructores las hayan elaborado. Las necesidades son
negociables, controvertibles, rectificables y “problematizables”. Son
construcciones sociales abiertas a pesar de la existencia de importantes
acuerdos sociales logrados al respecto.
6.1. La
problematización práctica de las necesidades sentidas
En los
últimos años ha habido mucho análisis respecto a la evaluación de necesidades.
Normalmente estas consideraciones
provienen de enfoques “aplicados”.
Tienen que ver con preguntas prácticas y metodológicas (¿cómo
averiguarlas?) y preguntas epistemológicas (¿cómo conocerlas?). En términos
prácticos, los modelos de evaluación y diagnóstico convierten a estas preguntas
en problemas de medición y análisis cualitativo. Estas reflexiones no llegan al
fondo de la dificultad. Las preguntas epistemológicas muchas veces evitan la
contextualización teórica e ideológica sobre los planteamientos subyacentes.
Hay
muchas maneras de definir necesidades de manera operacional. Según Gydinas y
Evia (1993) son “requerimientos de las personas para permanecer sanas en las
esferas personal, interpersonal y ambiental” (p. 227). Bajo una perspectiva
construccionista podemos decir que son juicios que hacen los miembros de una
colectividad sobre los recursos que hacen falta para el logro de un objetivo.
Las necesidades sentidas son aquellas que son expresadas verbalmente por la
colectividad en un momento dado; describiré su alta inestabilidad más adelante.
En
principio se puede distinguir las necesidades de los deseos porque las primeras
se caracterizan por la posibilidad de satisfacción, y por el hecho de que su
carencia resulta en un déficit en la vida de las personas. Los deseos, por otro
lado, pueden ser quiméricos (Deseo que haya amor y comprensión en mi comunidad)
o caprichosos (Deseo ganar la lotería). Sin embargo, bajo la óptica de la
construcción social de los significados (Ibáñez, 1989; Montero, 1997 & Wiesenfeld, 1997) esta
distinción puede hacerse sólo por medio de la problematización comunitaria.
Mediante la discusión colectiva, los deseos individuales se articulan en
términos colectivos y realizables y pueden convertirse en necesidades. En este
sentido el deseo de que haya comprensión entre los vecinos puede parafrasearse
en términos de la comunicación efectiva, las negociaciones entre grupos
antagónicos, o aun la urgencia de mayor protección policial.
Las
necesidades pueden ser conflictivas; Wiesenfeld (1997) habla del conflicto que
puede haber entre “la necesidad básica inmediata” (p. 269) de construir una
casa particular, y las necesidades colectivas de construir una comunidad. En
los barrios de invasores o pisatarios, cuando nuevos moradores llegan a
“invadir” en una comunidad ya fundada, los vecinos pueden quejar porque definen
a los “invasores” como temidos desconocidos que pueden ser potencialmente
destructivos para la comunidad establecida. En Casalta III en Caracas,
comunidades que se iniciaron como ”invasiones” hace algunos años se organizaron
para proteger las “áreas verdes” de la construcción de “ranchos” (“Alfredo”,
Comunicación personal).
Las
necesidades pueden distinguirse también de los “problemas”, los cuales tienen
connotaciones negativas. En las intervenciones tradicionales era común que el
interventor definiera ciertas características comunitarias como inconvenientes
y procediera directamente a su modificación. Así que un hecho como la deserción
escolar se definiría como un “problema” sin tomar en cuenta las reflexiones de
los afectados. Este modelo de intervención remite a una tendencia a puntualizar
como negativa cualquier característica que diste del modelo dominante.
En la
Psicología Social Comunitaria se enfatizan más los recursos que los problemas.
Al enfocar sus recursos, los participantes en una actividad comunitaria
intentan construir el tipo de comunidad que les conviene. El concepto de las
necesidades atañe a un modelo que toma en cuenta las reflexiones de los
vecinos. Por ejemplo, en una comunidad intervenida por una alumna como parte de
sus ejercicios en un curso que di hace algunos años, los “malandros” o
“antisociales” constituían un problema para los demás miembros de la comunidad.
Pero cuando los “malandros” se organizaron, de manera espontánea, en un grupo
de vecinos legalmente constituido, llegaron a ser interlocutores potenciales,
es decir, posibles agentes para una acción en conjunto.
Relacionadas
con este concepto de “problemas” están las necesidades “tóxicas”. A partir de
algunas experiencias en comunidades, he sentido que algunas construcciones
iniciales en un proceso de problematización son destructivas y aun peligrosas.
Cuando las construcciones se elaboran sobre la base de criterios racistas o de
exclusión social, pueden causar mucho daño. Tuve una experiencia corta con un
grupo de policías que ilustra este punto: los criterios que empleaban los
oficiales para decidir cuáles eran los “sospechosos” tenían que ver con el
color de la piel, la juventud y la “pobreza” de la ropa de estas personas. Esto
ocurría a pesar de que un oficial en el grupo era de raza negra. Los oficiales
se justificaron diciendo que estos criterios tenían que ver con la necesidad de
actuar rápidamente en situaciones que muchas veces eran ambiguas.
Puede
ocurrir un desarrollo de conciencia en que los participantes en un esfuerzo de
cambio comunitario llegan a construir sus necesidades como “derechos”
(Wiesenfeld, 1997): una demostración de este principio ocurre cuando los
vecinos sustituyen la expresión de una premura personal (mi rancho) por la
articulación de un derecho (una vivienda digna). Este cambio de necesidad a
derecho universaliza una necesidad individual en algo colectivo y legítimo.
6.2.
Resumen de los tipos de necesidades
Resumiendo
la discusión desarrollada hasta ahora, puedo identificar varios tipos de
necesidades:
Necesidades
“reales” y necesidades “falsas”: Partiendo de las discusiones freudianas y
marxistas sobre la inconsciencia y la reificación, puedo cuestionar algunas
afirmaciones que hacemos sobre qué son las necesidades. He dicho que este
cuestionamiento tiene que hacerse cuidadosamente ya que el “juez” no puede
situarse “fuera” del sistema del cual forma parte. Por otro lado, y desde una
postura freudiana o construccionista, las personas pueden reflexionar y
redefinir sus necesidades. Para resolver este problema, se ha propuesto que
algunas necesidades son “relativas”.
Necesidades
relativas: Lo que se percibe como
necesidades básicas en un grupo social serían percibidas como lujos en otro
donde las condiciones de carencia son más desesperadas (por ejemplo, buenas
escuelas son necesidades en Nueva York y calorías suficientes para sostener la
vida son necesidades en ciertas partes de América Central).
Necesidades
básicas o absolutas: Son aquellos requisitos que, según los criterios
establecidos por algún organismo público o grupo interventor, son
imprescindibles para la vida y no están abiertos a discusión.
Necesidades
sentidas: Son afirmaciones verbales sobre carencias o recursos que hacen falta
para la culminación de una meta colectiva o personal. Esta categoría elimina el
problema de la distinción entre lo verdadero, lo falso, lo relativo y lo básico
porque sólo toma en cuenta el contenido lingüístico de las personas afectadas.
Es una manera de “democratizar” la identificación de necesidades. Sin embargo,
las necesidades sentidas siempre están sujetas a cambio y potenciación.
Necesidades
definidas por facilitadores: Son apreciaciones estructurales elaboradas por los
facilitadores en una intervención social y comunitaria que los profesionales
someten a la consideración de los demás participantes.
Las
necesidades problematizadas: Se trata de la re-elaboración de construcciones
iniciales, realizadas por los participantes en un esfuerzo de cambio social y
comunitario, acerca de cuáles son las necesidades que tienen.
Las
necesidades tóxicas: Son necesidades no problematizadas que a largo plazo
pueden tener efectos destructivos para el grupo o para otras personas (Cronick,
1991).
Las
necesidades como derechos: Es la reconstrucción de necesidades sentidas e
individuales en necesidades universales y legítimas.
VII.
CONSIDERACIONES FINALES
He venido hablando sobre la teoría y
la práctica de la identificación de las necesidades. Como una última
consideración quisiera referirme a aspectos relacionados con problemas teóricos
que quedan por resolver, siguiendo el ejemplo de Heller. Entre los temas que
requieren más atención puedo mencionar los siguientes:
1. La necesidad de analizar el contenido
ideológico de “necesidad”: A veces los análisis psicológicos, sociológicos y
económicos sobre el tema tienen el anhelo de eliminar la exigencia de
deliberación y debate. Esto puede verse especialmente en las discusiones
económicas que pretenden establecer criterios “absolutos” para la pobreza.
¿Cuáles van a ser los límites absolutos? ¿Se refieren al insuficiente consumo
de calorías para reponer los gastos energéticos del individuo? ¿A carencias vitamínicas? ¿A la carencia
total de albergue? ¿A la carencia de una vivienda digna? Evidentemente para
escoger una de estas opciones es menester emplear criterios normativos que
provienen en última instancia de la postura ideológica de quien lo juzgue.
2. El dilema entre “falsa conciencia” y la
construcción social de las necesidades: Hay peligros epistemológicos e
ideológicos en ambas opciones. Por un lado, es difícil establecer sin lugar a
dudas qué es la “conciencia científica o verdadera” cuando se trata de las
necesidades humanas, y por el otro, existe el riesgo de aceptar sin
problematización todas las afirmaciones que hace la gente sobre cuáles son sus
requerimientos. Este problema se relaciona estrechamente con la prerrogativa
que han tenido los “expertos” para
determinar lo que es aconsejable, sano y benéfico para los demás.
3. La importancia de desarrollar técnicas
y enfoques teóricos sobre la potenciación: Si tanto el relativismo como el
absolutismo son conceptos epistemológicamente resbalosos, entonces hay que
elaborar alternativas viables. La problematización ofrece una alternativa
práctica a esta dicotomía, en donde se propone el “mejoramiento” progresivo de
las posturas ideológicas y las motivaciones por medio del debate y la reflexión
colectiva. En un ambiente ideológico controlado por los medios masivos de
comunicación (que están supeditados a intereses particulares u oficiales), es
importante encontrar maneras viables de cuestionar las necesidades tanto
privadas como públicas. Hay muchas preguntas que deben formularse al respecto:
¿Hace falta el automóvil particular? ¿Qué nivel de injerencia necesita el
público en la determinación de la programación de la radio y la televisión?
¿Bajo qué condiciones le conviene a la gente participar en acciones bélicas?
4. El problema de la identificación de las
personas involucradas (PI): ¿Quiénes deben participar en la identificación y
problematización de las necesidades? Guba y Lincoln (1988) dirían que todos las
PI afectadas por una situación o programa de cambio psicosocial deben tener
participación en los debates. Pero la identificación de todas ellas no es una
tarea fácil. Guba y Lincoln enfatizan que hay que incluir también a los grupos
excluidos o afectados negativamente por el proceso investigado. Se puede
preguntar: ¿Cuándo comienza a ser inapropiada la pertenencia de una categoría
de personas a un conjunto particular de PI? Muy relacionado con este problema
es el de la colectivización de construcciones sociales individuales. El
individuo habla, pero el efecto de los debates es colectivo. ¿Cuáles son los
métodos más apropiados para retener las voces individuales y al mismo tiempo
escuchar a la colectividad?