K. Cronick
Anoche vimos una vieja película, El Hombre Bicentenario,
que yo no había visto, a pesar de mi admiración por el actor Robin Willliams.
Se trata de una idealización de la robótica, siguiendo un cuento de Isaac Asimov
con el mismo nombre.
He leído muchos de los cuentos y libros de Asimov y admiro
su humanismo frente a lo que -aún en sus tiempos- se perfilaba como la
competencia hombre-máquina. Asimov se ubicaba en el lado compasivo. Intentó crear
“leyes” para controlar esta competencia, que se resumían en sus tres reglas que
deberían cumplir todos los androides: a) no dañar a los humanos, b) obedecer las órdenes
humanas y c) proteger la propia existencia (del robot) cuando esto no contradice
las primeras dos reglas.
La robótica moderna ha prescindido es estas reglas. Siento
que la fantasía de quienes producen estas máquinas pensantes hoy en día es que ellos puedan prescindir de todos los humanos -menos ellos mismos y sus allegados próximos-.
Tendrían sirvientes y obreros bajo su control absoluto. Así no habría ni más sindicatos
laborales ni políticos que se oponen a sus proyectos.
Pero la película de Robin Williams, además de abrir preguntas
sobre la relación entre los humanos y las máquinas; indaga sobre qué es el ser
humano. Andrew Martin, el personaje central de la película, es un robot que
quiere volverse humano. Hay una cierta contradicción en esta proposición
inicial, porque los robots -por su misma elaboración técnica- carecen de la
capacidad de desear.
Pero no importa. Nosotros, los que vemos la película,
aceptamos que Andrew tiene algunas excentricidades tecnológicas.
Sus razones resumen nuestro afán de vivir: quiere tener “consciencia”
y sentir los placeres estéticos, las conmociones emocionales, los desconciertos,
las exaltaciones, las alegrías y las ternuras, que al final componen nuestra avidez
de seguir vivos y de evitar la muerte.
Además, la película abre cuestiones sobre problemas sociales
como la esclavitud, porque Andrew comienza a exigir un pago para sus labores, y
al final, incluso pide “libertad”, que define en términos de la Ilustración
europea del siglo XVIII, y se muda de la casa de su “familia” humana para
construir una casa donde vive solo en una playa al lado del mar.
Y sin embargo Andrew, al final, acepta la muerte como una
parte integral e imprescindible de la vida humana. La suya es una muerte digna
arropada de amor, y con la sugerencia de “algo más allá”, una existencia
continuada junto con sus seres amados.
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