K. Cronick
He tenido dos bien-conocidas arias de de Giacomo Puccini sonando en mi cerebro desde hace unos días.
La primera es Nessun dorma (Que
nadie duerma) de la ópera
"Turandot" cantada por el personaje del príncipe Calaf. La segunda
es E Lucevan le Stelle (y brillaban las estrellas) de la ópera Tosca, cantada
por el personaje del pintor Mario Cavaradossi. Ambas son dramáticas, muy sentidas,
pero hacen referencia a diferentes maneras de amar.
En Nessun dorma el príncipe, que está cortejando a
una princesa en un principado chino, quiere alcanzar, no sólo el corazón de su
amante, sino también quiere entrar en la familia real como heredero del rey. Por otro
lado, en E Lucevan le Stelle el cantante, quien enfrenta una condena de
muerte por haber rebelado contra el Baron Scarpia, descubre que en aquel
momento, en que va a perder al mismo tiempo el amor y la vida, que nunca antes
había sentido tanto deseo para vivir.
En ambas arias hay acordes, arpegios y saltos de octavos que
nos envuelvan a los oyentes y nos hacen resonar con intensos afectos.
Personalmente siento que involucrarme tanto con Nessun dorma es aceptar
el doble mensaje que el amor y el afán de poder
sean emociones paralelas. Sin embargo, me engaño y me permito soñar con
aspiraciones más generosas de belleza y perfección. Con E Lucevan le Stelle
no tengo este problema porque el compositor está claro en que el amor a la vida
y el amor para el amante son idénticos.
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