domingo, 12 de julio de 2015

Mis reflexiones sobre Gladwell y "Matar a un Ruiseñor"



The Courthouse Ring”, escrito por Malcolm Gladwell por The New Yorker  pasa juicio a una de mis novelas favoritas, “To Kill a Mockinbird” (Matar a un Ruiseñor) de Harper Lee. Leí la novela hace muchísimos años, pero se ha quedado conmigo como un bello baile de gracia y galanura.

Se trata de un incidente en la vida de un abogado sureño de los Estados Unidos, Atticus Finch, visto por los ojos de su hija Jean Louise, a quien todo el mundo le llama “Scout”. Atticus defiende a un negro, por allá en los años 50 del siglo pasado, cuando el racismo no sólo era un fenómeno cultural, sino legal. El negro, Tom Robinson, es acusado de intentar violar  a una mujer blanca, Mayella Ewell; esto, por la época era uno de los peores crímenes que un hombre negro podría cometer, no tanto por el acto sino por las distintas razas del acusado y la víctima.

La defensa que hace Attikus de su defendido Robinson, surge de su gran humanismo, pero además, como nos dice el ensayista Gladwell, surge  en el escenario del otro gran prejuicio del Sur, la convicción que “crianza”, en el sentido de clase, importa. Crianza aquí significa algo así como el legado de la buena (o mala) linaje; en este contexto una muchacha humilde de recursos económicos es también insensible, ruda, descarada y bruta. Mayella, la víctima en la novela, proviene de una estirpe tosca: su padre, Robert E. Lee Ewell, tiene una extendida prole en una casa sin vidrios en las ventanas, y viven al lado del basurero municipal. Ewell, padre, es “’Un gallito de un hombre’ con la cara tan roja como su cuello, tan poco acostumbrado a la buena sociedad que su baño para presentarse en el juicio lo dejó con un ‘aspecto hervido’” (Gladwell citando a Lee). Los Ewell son “de la casta blanca y pobre”. En los mores del tiempo y el lugar, este hecho los clasifica sólo un poco por arriba de cualquier negro.

No voy a contar toda la historia; únicamente quiero expresar una cierta incomodidad frente al ensayo de Gladwell: él critica la novela porque Harper Lee no formuló un juicio sobre el racismo y clasismo estructural del Sur. También pienso yo que hay que criticar –vehementemente- esta cultura prejuiciosa y dañina, pero Lee no tuvo esta intención cuando escribió su historia. No era su tarea.

Más bien quería hablar de “gente buena” que a veces queda reprimida y aun destruida por la vida, pero que también puede superarse, aun descollar sobre las desventajas y convertirse en héroes; al final de la obra otro personaje, Boo Radley, el recluso temido por todos los niños, sale de su encierro para salvar a Scout y sus amigos de la venganza del Ewell, padre, por la humillación que Attikus infligió a su familia en el juicio. Boo por un instante se convirtió un héroe antes de regresar para siempre a su oscura casa.

Tengo que admitir, el tratamiento dado por Harper Lee a los Ewell en el libro siempre me dejó algo incomoda: eran tan víctimas como el acusado Robinson de estas costumbres y creencias sureñas de intolerancia. Pero el libro me dio algo tan fundamental y real, que mientras escribía estas reflexiones después de medio siglo de haber leído la novela, pensé por un momento que seguramente Attikus se habría muerto ya, y Scout tendría más de 70 años. ¿Qué pensaría ella de todo que ha pasado desde entonces?


Referencias:

Malcolm Gladwell (10/8/2009) The Courthouse Ring. The New Yorker. Disponible en: http://www.newyorker.com/magazine/2009/08/10/the-courthouse-ring

Harper Lee (1960). To Kill a Mockingbird. Toronto, Canadá: Popular Library

sábado, 11 de julio de 2015

Bill Cosby y la “prueba inquisitorial"



Quisiera decir algo sobre lo faranduloso, que sin embargo tiene importancia profunda para las mujeres de las generaciones de ahora. Se trata del caso de Bill Cosby.

 Nuestra memoria colectiva nos ha legado, y nuestras propias experiencias amargas nos activen vívidos resentimientos  y emociones de enfado respecto al sexo no deseado y a la violación; somos hiper-sensibles respecto a este tema. Cuando una mujer grita “¡He sido violada!”, saltamos a su defensa con la rapidez de un reflejo rotuliano.

Y no digo que no debemos defender a nuestras hermanas de esta vieja ignominia, más bien debemos agilizar las posibilidades de protegerlas y respaldarlas. Es más, deberíamos exigir que cada clínica tenga a mano un equipo para examinar los flujos y daños vaginales a las mujeres víctimas de este flagelo; su ausencia en los centros de salud constituye un hecho más de la resistencia masculina a la defensa de las mujeres en estos casos.

Pero también hay que proteger a los hombres. Lo que me preocupa es la necesidad de verificar cada incidente. Para los hombres acusados es imposible probar lo que no ha ocurrido si esto es el caso. En lo jurídico se trata del “probatio diabólica”, o “prueba inquisitorial", que trata de una exigencia a un reo que compruebe su no participación en la comisión de un delito. Esto no es posible: no se puede probar lo inexistente. En los tiempos de la Inquisición no se reconocían la presunción de inocencia; de este modo, sin pruebas en su contra, y sin confesión, aun bajo tortura,  un reo podría ser declarado culpable si así deseaba la corona o las autoridades eclesiásticas. La presunción de inocencia ha sido -y es- un enorme logro de la jurisprudencia.

No quiero emitir una opinión sobre la veracidad de las mujeres que acusaron a Cosby. Pero, sí, quisiera afirmar la necesidad que tienen los sistemas legales para tomar consciencia y proteger a ambos sexos contra este mal.

sábado, 4 de julio de 2015

escritos de dictadores latinos

Acabo de encontrar la página web más extraordinaria: un listado de los escritos de los dictadores latinos.
http://guides.library.duke.edu/content.php?pid=545676&sid=4493906#16734325

lunes, 29 de junio de 2015

Nuestro racismo


El racismo, aunque particularmente execrable, es sólo una forma particular de violencia, entre muchas otras.

Creo que puede extenderse a ciertos tipos del tribalismo. Una de las razones que lo hace detestable es que señala a clases amplias de víctimas para la agresión, y el solo hecho de pertenecer a ellas, vulnera poblaciones enteras: negros, chinos, judíos, palestinos, los tuareg, los chií, los suní, los asirio, los kurdo, los turcomano, los shabak, y no he llegado todavía ni siquiera a la India, al Lejano Oriente o a la América indígena.

He venido leyendo y escribiendo sobre lo que empuje la gente –normalmente jóvenes- a agredir masivamente a los demás. La violencia que surge de la dicotomía inclusión/exclusión es algo que se ve en muchos lugares, y la primera etapa en superarla es siempre mirarla en la cara; tengo que decir a mí misma como individuo, ciudadano y ser humano: “este es mi grupo/tribu/país, y por mi vinculo con este totalidad tengo que rechazar al rencor y someter a aquello que en mi cultura haya permitido este odio.”

Se relaciona también con la pertinencia a bandas urbanas: en algunos casos es una animadversión informe hacía un “enemigo” ancestral y aprendido como un trastorno cultural; en otros es la simple actitud del depredador, una especie de rapiño de pandillas que cazan bienes entre los vecinos que no pertenecen a la camada. En tal caso la víctima queda reducida a la condición de una presa, como un ciervo o un faisán, es decir, es la creación social de una forma extremo del narcisismo. Lo hemos permitido porque no hemos provisto alternativas de acción y enseñanza humanista en los ambientes de crianza de estos muchachos.

O sea: no podemos quedarnos como observadores horrorizados por la violencia (ajena). Nuestro mundo de vida contiene nuestra propia versión del problema. Lo digo porque crecí en un lugar donde hay racismo, y conozco sus raíces profundas. La violencia siempre surge de lo hondo de la cultura.

domingo, 28 de junio de 2015

Gracia


Estoy enfatizado y repitiendo mis comentarios sobre lo que pasó en Charleston porque me parece, si fuéramos sabios en Venezuela, buscaríamos como incorporar la noción de “gracia” en nuestra vida pública. Hay tanto odio aquí, y tantas personas y grupos que aprovechan a los demás para lograr algún beneficio propio.
Los EE.UU. acaba de pasar por un momento de profunda trauma, un instante histórico donde tuvieron que mirarse directamente en el espejo y ver aspectos monstruosos que han negado por siglos. No es que tuvieron una revelación repentina y totalmente sanadora; todavía los Dylann Roof andan por allí mascullando malevolencias amenazadoras. Y todavía muchos de ellos están armados con armas de guerra. Pero si algo saca aquella nación de esta experiencia es que quedó evidente que el enemigo principal está incrustado en su propio seno: es uno de ellos mismos.
Otra cosa que aprendieron: el remedio de este mal no está en más agresión; está más bien en una palabra que está en la boca de todo el mundo, desde los familiares de los muertos hasta el presidente del país: "gracia". Es una cualidad esencial que incluye un amplio círculo de ofrecimiento y generosidad para con los demás.
Ojala en Venezuela miráramos nuestros odios y violencias con un espíritu similar. Ojala que en vez de odiar, despreciar y burlar al otro, fuéramos a tender la mano a todos que quisieran buscar e institucionalizar una nueva convivencia. Miro con tristeza como los políticos se posicionan para obtener el poder; no se trata de esto. Se trata de salvar esta nación de la mezquindad política que hemos sufrido desde hace muchas décadas.

jueves, 25 de junio de 2015

¿Necesitamos más héroes?

Este es un trozo del quinto capítulo de un librito que acabo de terminar sobre el héroe. Lo copio aquí porque hay tanta discusión en Venezuela ahora sobre quién será el verdadero paladin que debemos adoptar como salvador. Hay representantes de la Oposición que se asoman con esta aspiración, y tienen seguidores que consideran a todos los demás candidatos a líder "cobardes". Personalmente prefiero un estadista que funciona sin dramatismos dentro de una institucionalidad legal e inclusiva.  

Ejemplos más recientes del héroe oscuro

Un revolucionario guasa: Jack Cade (1)
Tal vez el primer héroe ideológicamente revolucionario que aparece como tal en la literatura (2) es JackCade en la obra shakesperiana de Henry VI (segunda parte). No es un personaje verdaderamente tenebroso, por lo menos dados los valores de su tiempo; el autor más bien se ríe de él: burla de su falta de linaje, nobleza y alcurnia; le  atribuye oficios comunes como costurero, yesero y trasquilador, y le presenta como analfabeta, es decir, Cade es todo menos que un caballero de la corte: presume cierto derecho a señorío, e ilógicamente reclama parentesco con las casas grandes de Inglaterra; todo esto queda como frívolo dadas sus aspiraciones revolucionarias;dice:
“…nuestros enemigos caerán ante nosotros, [estamos] inspirados con el deseo de sofocar los reyes y los príncipes…” (Shakespeare, s/f, 1600).
Cade apela a viejas añoranzas de la humanidad: hace promesas sobre la igualdad y fraternidad que establecerá en el país una vez que sea “rey”; aún en su declaración de principios Shakespeare se mofa de él: en su reino el valor del dinero se cambiará: en contra de todas las expectativas aritméticas, siete mitades se sumarán a uno, claro, para el beneficio de quienes compran pan de medio. Beber poco o moderadamente será un crimen; en las calles habrá pasto en vez de adoquines y todo el mundo estará igualmente uniformado para que no hayan diferencias en el momento de adorarle a él, a Cade:
“Sean valientes, entonces; porque su capitán es valiente,
y prometereformas. Habrá en Inglaterra siete panes de medio centavo
vendidos por un centavo: las ollas de tres agarraderos
tendrán diez agarraderos; será un delito grave
beber cervezas pequeñas: todo el reino será en
común; y en [plena ciudad]mi caballo comerá hierbas;
y cuando sea rey, como rey yo seré, …
no habrá dinero;todos comerán y beberán
por mi cuenta; Y haré prendas de vestir
todas iguales, para que puedan ponerse de acuerdo
como hermanos, y adorar a su señor.” (Shakespeare, s/f, 1600). (3)

No es por haber deseado la igualdad entre los hombres que incluyo a Jack Cade aquí: es una viejísima aspiración de todas las comunidades históricas y modernas.
Además, encabeza mi lista de héroes oscuros en el estilo moderno a pesar de no destacarse por inusual maldad; su semblanza con las demás figuras en este capítulo proviene de su defensa de una causa y al mismo tiempo su avidez de ser adorado y dictar los destinos de los demás. Tal como lo retrata Shakespeare, aparece en escena como un bufo de la oscuridad, y tal vez por esta disparidad con las reseñas que esbozo a continuación, constituye una buena introducción al tema. Es un personaje irónico, y por contraste enfatiza la analogía de crueldad que  tienen los verdaderos protagonistas sombríos: posiblemente todo tirano esconde una profunda sátira de significados discordes. Los llamo “héroes” porque siempre tienen sus adeptos  y esta atracción -que pareciera inexplicable- merece algo de reflexión.

Los héroes oscuros y la ideología
Maximilien Robespierre es un miembro fundador de un círculo de las verdaderas figuras oscuras que han emergido en nombre de ideales; la presencia histórica de estas personas significa algo más que su oposición a las casas reales que podrían justificar la subyugación de sus sujetos debido a la voluntad de los dioses y el linaje de sus familias. Estos nuevos rostros épicos tienen seguidores convencidos por una causa: son dictadores que procuran el apoyo –a veces delirante- de sectores de las poblaciones que representan una aspiración política o ideológica: a este círculo desalmado también pertenecen Adolfo Hitler de Alemania, Francisco Franco de España, Joseph Stalin de la Unión Soviética, Pol Pot de Cambodia, Agusto Pinochet de Chile, Fidel Castro y muchos otros.
Tal vez se puede identificar a Robespierre como la primera figura que da origen al héroe oscuro en nombre de ideales en nuestros tiempos: apelando a la libertad, la fraternidad y la igualdad, se dedicó a la intimidación y la represión. Robespierre se consideraba un seguidor de su propia interpretación de Jean-Jacques Rousseau, y desde su juventud se dedicó a la defensa de los desposeídos de la Francia monárquica. Pero luego de obtener poder político y siendo jacobino (4), tuvo un papel influyente en el crecimiento del “reino de terror” de la Revolución francesa; tuvo responsabilidad directa en la persecución y ejecución de miles de compatriotas que consideraba  traidores, sediciosos y conspiradores -entre otros epítetos ofensivos. Oponiéndose al despotismo de los monarcas, su propia arbitrariedad cruel se fundaba irónicamente sobre sólidos fundamentos teóricos e ideológicos del Estado republicano; sin embargo consideraba al asesinato como un acto de salvaguardia a la virtud y algo que se hace en defensa del bien público.
Robespierre declaró que “[defendía] con desmedida energía la causa de los endebles oprimidos contra sus poderosos opresores” y por esto ha “faltado al respeto que se debe a los tribunales del antiguo régimen tiránico”, (Robespierre, 1792, párrafo 7). Reclamó el derecho de los ciudadanos a elegir libremente quienes presidirán sobre los tribunales de la nación. Dijo que los nobles no podrían darle a la gente aquello que le era en esencia suyo, incluyendo aquello de “ejercer los derechos del soberano.” Este discurso es fascinante ya que tiene dos significados: a) el enemigo opresor es el antiguo régimen –y en otros escritos también incluye a los demás monarcas de Europa, y b) el pueblo es soberano, a pesar del avasallamiento que él mismo ejercía sobre la gente.
Muchos dictadores han dejado testimonios escritos de sus causas; desde tiempos romanos hasta el presente se puede mencionar los siguientes ejemplos: “La Guerra de las Galias” de Julio Cesar, “El camino al poder” de Joseph Stalin, “La doctrina del Fascismo” de Benito Mussolini, “Mi lucha” de Adolfo Hitler, “Reflexiones” (y muchas publicaciones más) de Fidel Castro, “Citas del Presidente Mao” de Mao Zedong y “Piedras y leyes” de Fulgencio Batista. Lo sugestivo de estos personajes es la necesidad que tuvieron para explicarse. La excepción es Julio Cesar -que tuve que leer en mis clases de latín en el liceo-: puede ser contrastado con los demás porque su testimonio trata básicamente de la historia de sus conquistas; quiso meramente dejar sentado su poder y su brillante reputación guerrera. Los demás precisaban transmitir un mensaje y dejar en claro cuáles eran sus razones para actuar. 
No hay espacio en estas reflexiones para considerar a cada uno por separado, pero vale la pena fijarnos en lo que tienen de atractivo para sus partidarios y por qué son héroes oscuros para mucha gente.
En general se puede decir que apelan a varias estrategias, algunas de las cuales cualquier tirano conoce (la diferencia entre estos portadores de causas, y los reyes de la antigüedad está en la última táctica): a) lealtad: recompensan la sumisión y el acatamiento, y castigan muy duramente la disidencia, b) dependencia: el acceso a todos los recursos pasan por sus manos, c) homenaje: en la más pura tradición del mafioso, convierten el miedo que les tienen sus seguidores en algo que llaman “respeto” y d) un modelo de una vida mejor: emplean los ideales de justicia, igualdad, orden, ley o prosperidad para inducir a sus adeptos a excluir y a castigar a quienes no comparten o que dudan de estas aspiraciones.
Dicha combinación de castigos y razones es una poderosa mezcla. Sabemos que las personas que no pasan tiempo estudiando las ideologías las “aplanan” (5). Es decir, la mayoría de nosotros aprende algunos lemas políticos y no entramos en un análisis de los dogmas. Si los antiguos héroes oscuros sabían emplear el terror, los nuevos ofrecían razones ideológicas para inducir el auto-sometimiento -además del miedo-. Igualmente, la ilusión de pertenencia la banda en poder siempre ha sido atractiva, y el susto a ser excluido puede ser paralizante.





[i] Empleo la figura creado por William Shakespeare, pero existe un antecedente verdadero en  la Revuelta de Campesinos en 1381.
[ii] Ha habido libertadores como el hebreo Moisés, o Euno en Sicilia en el 135 aC, y Espartaco en el sur de Italia en el 73 aC. Hablo aquí más bien de revolucionarios que proponen racional política y nuevos sistemas de gobierno.
[iii]“Be brave, then; for your captain is brave, and vows
reformation. There shall be in England seven
halfpenny loaves sold for a penny: the three-hooped
pot; shall have ten hoops and I will make it felony
to drink small beer: all the realm shall be in
common; and in Cheapside shall my palfrey go to
grass: and when I am king, as king I will be,--…
I thank you, good people: there shall be no money;
all shall eat and drink on my score; and I will
apparel them all in one livery, that they may agree
like brothers and worship me their lord.”
[iv]Los jacobinos era el grupo/partido más radical de los anti-monárquicos en Francia por la época.
[v] Como también es el caso de las “representaciones sociales” (Moscovici, 1961/1976).

miércoles, 24 de junio de 2015

La defensa del racismo y otros constructos desafortunados



Hay varios teóricos de la psicología cognitiva y social (por ejemplo: Asch, 1951, 1952, 1956,  Rotter, 1966, Festinger, 1962 y Gilber y Malone, 1995) que nos “explican” porque tomamos y mantenemos ciertas actitudes en vez de otras. El problema es que requieren que haya en nosotros una racionalidad de fondo que tiene que funcionar o resolverse.

La disonancia congitiva  (Festinger, 1962) es, ciertamente, útil para explicar muchas cosas. Festinger propuso que defenderemos las posiciones o acciones que ya hemos asumidas –por las razones que sean- aunque luego se demuestran equivocadas. Es decir, aun cuando lo dicho o hecho resulta erróneo, buscaremos explicaciones racionales para defendernos.

Los que han celebrado la bandera racista (de la Confederación de los Estados Americanos del tiempo de la Guerra Civil de los Estados Unidos) explican que ella refiere simplemente a la historia de sus familias, y también al Sur como zona geográfica y política. Eliminan selectivamente el significado discriminatorio de este emblema con sus “razones”.

Igualmente, personas que se han declarado leales a un partido político bailen alrededor de los posibles fracasos de su facción en su intento de  defenderla.

Aunque quisiéramos considerarnos como actores racionales, en general lo somos sólo en condiciones muy restringidas. Aquí relato un ejemplo personal: tengo una disputa larga con dos matemáticos (racionales) sobre la caza por trofeo. África del Sur permite la cacería controlada de elefantes y otros animales en peligro de extinción. Dicen estos conocidos míos que el negocio de la caza financia la protección de los animales en zonas donde puedan recuperar sus poblaciones y así evitar la desaparición. Dicen que usan sólo animales machos fuera de la edad de reproducirse. Por mi parte, mi argumento queda así: matar un animal tan magnífico es aborrecible. ¿Por qué no organizar expediciones fotográficas con el mismo motivo?

Ahh, pero entonces mi opinión no tiene una base racional: es emocional.

En todo caso ya se sabe que no hay una línea trazada en nuestros cerebros entre lo que pensamos y lo que sentimos; es un paquete entremezclado y complejo.

Cuando ensalzamos o criticamos a alguien, tendemos a referir a sus cualidades personales, según Gilbert y Malone (1995). Esto es importante en términos de los discursos actuales sobre Dylann Roof, el joven que mató a nueve personas en Charleston, Carolina del Sur, la semana pasada. Según las reseñas que he visto, Dylann es, por su cuenta personal y propia responsabilidad: un racista, un asesino, un terrorista de la derecha extrema o un adicto a drogas. Estos oprobios evidentemente apuntan a características que sí, le describen a Dylann, pero dejan fuera a otras razones, y ellas son las que refieren a presiones externas que le empujaron a actuar.

Al señalar esto no pretendo excusar su terrible acto; más bien deseo señalar que Dylann no actúo en ausencia de respaldo cultural. Dicen que en el momento de su arresto en un restaurante local, la policía municipal le brindó una hamburguesa: ¿esto es el trato que se da a un despreciable criminal? Más bien esto señala que el muchacho representa a mucha gente de la zona que ahora, de repente, busca distanciarse de él. Protegiendo y manteniendo sus creencias, se alejan de un individuo, aunque él represente justamente a la colectividad.

Todo esto apunta a una mezcla de causas que nos empujan a pensar y actuar. Tenemos muchos mecanismos para proteger nuestras opiniones y creencias. Uno de ellos se ilustró recientemente cuando el presidente de los Estados Unidos usó una palabra prohibida para referir a personas de ascendencia africana en el país. La manera “correcta” es el eufemismo “la palabra con n” (the n Word), pero él saltó la alusión indirecta y pronunció la palabrota, de esta manera creando un escándalo. ¿Qué logró con esto? En mi opinión dejó desnuda a la crudeza del racismo en su país. Dejó las razones y sus silencios sin la posibilidad de escabullirse. Por esto el enfado.


Referencias:

Asch, S. E. (1951). Effects of group pressure upon the modification and distortion of judgment. In H. Guetzkow (ed.) Groups, leadership and men. Pittsburgh, PA: Carnegie Press.
Asch, S. E. (1952). Group forces in the modification and distortion of judgments.
Asch, S. E. (1956). Studies of independence and conformity: I. A minority of one against a unanimous majority. Psychological monographs: General and applied, 70(9), 1-70.
Daniel T. Gilbert and Patrick S. Malone (1995). The Correspondence Bias. AustinPsychological Bulletin, Vol. 117, No. 1, 21-38. Disponible en: http://heatherlench.com/wp-content/uploads/2008/06/gilbert.pdf
Festinger, L. (1962) A theory of cognitive dissonance. Stanford: Stanford University Press.
Perrin, S., & Spencer, C. (1980). The Asch effect: a child of its time? Bulletin of the British Psychological Society, 32, 405-406.
Rotter, J. (1966). "Generalized expectancies for internal versus external control of reinforecement". Psychological Monographs, 80, Número 607 completo.

Sherif, M., & Sherif, C. W. (1953). Groups in harmony and tension. New York: Harper & Row.
 
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