martes, 25 de mayo de 2010

Sistemas normativos paralelos





Ayer asistí a un taller en que nos hablaron de los recursos legales que tiene la Universidad para amonestar a personas incursas en conductas no-aceptables y para cambiarlas. Era interesante ver la acumulación de leyes y procedimientos, tácticas y trámites con que contamos.

El Estado de Derecho supone que todos los ciudadanos aceptan el predomino de la ley para juzgar lo apropiado de sus acciones. Es decir, los ciudadanos deben parar sus autos ante los semáforos rojos, no sólo porque el sentido común acepta que sea mejor evitar choques, sino porque existe un estatuto municipal que así lo ordena. Además significa que las personas que ocupan puestos de mando no pueden obrar de manera arbitraria o discrecional. Es decir, la ley, y no los hombres y mujeres, gobierna.

Sistemas socio-políticos que adoptan el imperio de la ley avanzan indudablemente hacia mayor capacidad civilizatoria y humana. Digo esto a pesar de que siempre me ha gustado como en Venezuela todo el mundo equilibra cualquier interpretación estricta de prescripciones legales con sus propias interpretaciones indulgentes y sensibles del “debe ser”. En una época había un chiste: “Si ves un hombre esperando a pie frente a un semáforo en rojo, en una calle solitaria, a las tres de la madrugada, bajo en una lluvia torrencial, sabes que es un alemán.” O como dijo un político: “No somos suecos...”

Sin embargo, en los años recientes este equilibrio sabio se ha convertido en rampante facilismo, codicia y sordidez interpersonal. Casi todos buscan atajos por la orilla del camino y andan con una mano adelante y otra atrás.

En la Universidad esta actitud estrangula toda la institución. Hay escuelas, institutos y postgrados que están a punto de desaparecer: parecen geriátricos porque funcionan sólo con la fuerza de jubilados y pre – jubilados; no hay una generación de relevo porque no se reemplazan los docentes que se van. ¿Qué pasa con los fondos destinados para esto? Es vox populi que algunos decanos no abren nuevos concursos porque emplean los fondos en gastos discrecionales como apoyar a sus seguidores leales.

La gran, gran mayoría de los empleados y profesores desempeñan conscientemente en sus labores, inclusivamente sobrepasan lo que la institución espera de ellos.

Pero hay quienes no lo hacen, y estas personas están protegidas por la nefasta práctica de tolerancia y complicidad; es como un arreglo tácito de “por si acaso” o de la creencia implícita de “el que hace la ley, hace la trampa”. Es decir, si una vez comienzan a abrir la caja de Pandora de perseguir a los que están en falta, a todos se les puede conseguir un pequeño rabo de paja incendiable. O sea, muchos están culpables sólo por lo que podrían hacer en el futuro, pero se paralizan ante esta posibilidad. Incurro aquí una mezcla imperdonable de metáforas y refranes, pero creo que transmiten lo que quiero decir: todos somos cómplices.

En el taller prometieron mandarnos listas de los recursos legales que existen. Creo que deberíamos estudiarlos, y sin vendettas y sin rigideces, exigir productividad de los empleados y profesores. Esto, claro, tiene que acompañarse de la provisión de los necesarios recursos materiales y metodológicos para que lo hagan.

Esto incluye una revisión de la atrofiante burocracia que no facilita sino entumece el desempeño de nuestras labores. Actualmente en algunos postgrados los procedimientos de papeleo llegan al extremo de exigir que los estudiantes soliciten documentos que luego deben volver a entregar en la mismísima dependencia para cumplir con un trámite como entregar sus tesis terminadas. A veces se necesitan tres firmas para documentos de calificaciones en maestrías donde no hay sino dos docentes. Y así sucesivamente.

No se trata sólo del despilfarro de papel: una burocracia que obstaculiza es tierra fecunda para el desarrollo de estos sistemas paralelos de que hablo.

En resumen, hay que limpiar la Casa que Vence la Sombra. Para mi el Pastor de Nubes (la escultura en la foto arriba) tiene significados entrañables. Es un amable y afectuoso guía: mira su cola que evidentemente se mueve con alegría y amistad. Sus orejas se prenden con atención hacia delante: es un rabadán que presta atención cuidadosa a su rebaño. El pastor dorado que adorna nuestro rectorado podría ser toda nuestra colectividad y nos puede recordar de un ideal de manejo institucional.
 
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