sábado, 18 de mayo de 2019

El Recurso de Método de Alejo Carpentier



Reflexiones de Karen Cronick

Ayer, con emociones muy encontradas, terminé “El Recurso del Método” de Alejo Carpentier. 

Por un lado está la enorme maestría del autor, sobre la cual quisiera reflexionar a continuación, y por el otro está el personaje central, el Primer Magistrado, un dictador típico de América Latina que suscita inquietudes incompatibles. El personaje habla muchas veces en la primera persona y los lectores le seguimos muy de cerca por toda la novela. En el ambiente político de ahora en Venezuela, mis asociaciones se agudizaron por inevitables referencias mías –como lectora ubicada históricamente- con Nicolás Maduro, pero al final  la analogía queda débil porque Maduro es un hombre sin matices culturales, y no tenemos –ni queremos tener- acceso a sus procesos internos. Maduro queda como una personalidad aplanada por sus acciones y declaraciones públicas, mientras el Primer Magistrado se abrió en las páginas de la novela como una personalidad compleja. 
  
Carpentier ensaya con un estilo diferente de narración en donde el mundo de los personajes se revela por los objetos que ven y con los cuales se circundan. Hay páginas enteras donde aparecen largas cadenas de objetos domésticos, pinturas, autores, obras teatrales y de la ópera lírica, edificaciones, comidas evocadas por apariencia y sabores, calles, ropas, cuerpos, ambientes urbanos o selváticos y todo lo que rodea al Primer Magistrado. Él vive por medio de ellos, en la novela emergen en una especie de poesía rítmica de enumeración, hasta en insinuación musical.  Los lectores tenemos que abandonar la expectativa de encontrar descripciones francas de eventos y emociones; tenemos que dejarnos llevar por el río de objetos sugeridos, a veces como un flujo simple de la memoria que nos lleva por nuestros propios recuerdos de lugares, olores y experiencias, a veces con ironía y aun cinismo, otras veces con humor y cierto grado de ternura y afecto, siempre entrelazados con el tema de una dictadura brutal.    

Es el recurso de un método literario que nos explica muy poco: si el lector capta la alusión, puede proceder como cómplice del autor, si no, las alusiones quedan sólo como elementos rítmicos en el flujo de palabras. Como lectora capté –creo- suficientes, pero estoy consciente de haber sido dejado atrás en muchas ocasiones por no reconocerlas. 

El Primer Magistrado podría ser cualquier dictador latino del siglo XX. Vive entre París y su propio país, que Carpentier no identifica, pero que tiene gran semejanza con Colombia, Ecuador y Venezuela; regresa a su patria para suprimir asonadas militares o intentos revolucionarios de varios tipos. No tiene una ideología propia, más bien tiene un enorme talento para usarlas para mantenerse en el poder, y esto es su meta única: quedarse en el poder a toda costa. Es corrupto si se llama corrupción emplear la riqueza del país en su propio beneficio, pero realmente no puede distinguir entre el patrimonio público y sus propias posesiones: no hay leyes ni costumbres que inhiben que los emplee como recursos suyos.  Es despiadado con sus enemigos, y cuando sus atrocidades llegan a conocerse, para él sólo se trata de un problema táctico de relaciones públicas. 

Sin embargo como lectores le seguimos en sus más íntimas reflexiones, siempre mediadas por el flujo de los objetos de su vida, y como observadores tan entrañables, no podemos relegarlo como un objeto más, como un parangón de abusador y opresivo déspota.  No lloramos su muerte, pero es un Otro; no es un semejante, pero es un ser cuyos pensamientos y miedos han sido explayados a nuestra contemplación. No podemos odiarlo como hacen los ciudadanos de su país, pero lo reconocemos como el producto de una sociedad imaginario que conocemos desde hace siempre, y como una aberración humana.

Para mí fue difícil reconciliar el Primer Magistrado con el dictador que padecemos ahora.  Nosotros, sí, vemos las injusticias, el envilecimiento y la perversión del gobierno actual. Lo que queremos es un regreso a la civilización, la democracia y la justicia, como también querían los pobladores del país del Gran Magistrado. 

 
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