miércoles, 4 de julio de 2018

¿Tiene sentido la vida?




¿Tiene sentido la vida?
David Beiro


Desde tiempos remotos la naturaleza del ser humano es tener curiosidad y buscarle sentido a los fenómenos que nos rodean. Es lo que nos ha permitido evolucionar y subsistir. Todos los elementos que nos rodean en la Tierra y en el universo tienen un sentido y razón de ser específicas aparentes. Las rocas y las montañas se produjeron por el calor interno de la Tierra que produce movimientos de masas, las estrellas existen porque los gases primordiales del BigBang no pueden evitar colapsar en el polvo que las conforman. Pero, ¿qué hay de la vida?, ¿tiene algún propósito? Es quizá la más grande interrogante del hombre a lo largo de su historia consciente que ha intentado responderse a través de ciencia, religión o la misma imaginación.

Una encuesta digital realizada por la Universidad de Yale en la ciudad de New Haven basado en estos cuestionamientos arrojó que de 7.523 personas el 28% opina que la vida tiene un propósito o razón de ser, mientras que el 72% opina que no tiene finalidad, es pura cuestión de azar.  

Antes de abordar en detalle la pregunta es pertinente unificar una interpretación de la vida. Esta se define como algo capaz de nacer, crecer, mantenerse, responder a estímulos externos, reproducirse y morir. El reino animal encaja perfectamente dentro de esta definición, por lo que las células son consideradas las unidades básicas de la vida. Ahora bien, las células no son más que zonas del espacio con una fina membrana que separa el desordenado mundo exterior de su ordenado mundo interior; y en su interior hay muchas cosas, ninguna de ellas consideradas como “vivas”. Realizan millones de reacciones químicas por segundo que provocan otras a su vez; en específico, información que viene dada por 4 elementos químicos (carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno) dispuestas en un orden específico determinado por la evolución, de tal modo que dicho orden sea al más eficiente para que la misma información persista a través del tiempo. Esta información se llama ADN. En este orden de ideas, si miramos a nivel atómico las estructuras que componen la vida nos damos cuenta que poco se parecen al conglomerado macroscópico resultante, al cual sí aceptamos que esta “vivo”. Por lo tanto, en una definición poco romántica pero no carente de sentido pienso en la vida como “información que lucha por persistir”. Clasificación dentro de la cual entran las estrellas, los elementos y el universo mismo. La pregunta es: persistir ¿para qué?

Es una característica innata del ser humano buscarle el sentido a todo, pero las cosas en el universo no necesariamente deben tenerlo. Sin embargo, dentro de la vida casi todo tiene sentido. La gran mayoría de los procesos químicos dentro de los seres vivos tienen un propósito claro, las reacciones químicas de las bases nitrogenadas del ADN, las células que forman los órganos, la regulación de la homeostasis del planeta gracias a las plantas, las bacterias transforman sustancias orgánicas en inorgánicas. Todo tiene un propósito: mantenerse vivo. Perpetuar algo que realmente no tiene propósito. El ser humano desde una perspectiva exterior no es más que materia intentándose entender a sí misma. Pero, al fin y al cabo no hay nada que nos distinga de las estrellas que vemos en el firmamento. Veamos por qué.

Estudios demuestran que los elementos más abundantes del universo en orden de abundancia son el Hidrógeno, Helio, Oxígeno, Carbono, Neón, Nitrógeno, etc; y los que componen la vida son de igual modo el Oxígeno (65%), Carbono (18%), Hidrógeno (10%) y Nitrógeno (3%). Las estrellas en su fase final como supernovas despiden a través de las galaxias los elementos formados en su interior mediante la fusión nuclear  e integran dichos elementos ligeros en otros pesados (compuestos) bajo altas presiones y temperaturas. De aquí se desprende el hecho de que estamos compuestos de la misma sustancia que las estrellas, es decir, que el universo. Somos parte del cosmos y venimos de él. Pero más importante, el universo esta en nosotros. ¿Con qué derecho entonces nos consideraríamos seres más relevantes que otras sustancias dentro del espacio?, si somos parte intrínseca de él. Somos reacciones químicas que contribuyen a su propia existencia, porque así lo permite este universo. 

En cuanto al ámbito humanista, los buenos defensores de la religión o creyentes argumentarán que el destino que cada hombre, ser u objeto replicante tiene una misión en el cosmos o por otro lado que estamos subordinados a la voluntad de una fuerza suprema creadora. Aclaro que no me opongo a ninguna de dichas teorías; sin embargo, mi labor va mucho más allá de estudiar (o refutar) el  efecto que pueden tener los seres vivos sobre otros.

Siento que mi tarea tiene que ver con el entendimiento de nuestro aporte directo sobre el cosmos y la existencia en su más amplia connotación. Nacemos y escogemos una ocupación, cada quien contribuye al descubrimiento, a mejorar lo que ya existe, en síntesis, a proporcionar mejor calidad de vida para sí mismo y para la posteridad en la humanidad, así como la conquista de nuevos espacios. Orientamos todas nuestras acciones y esfuerzo para desesperadamente subsistir en el universo caótico y expandirnos a través de él sin ninguna razón aparente. Sin conocer qué función podría tener ese “pálido punto azul”  en el colosal e incomprensible cosmos, el cual al fin y al cabo dejara de existir. Así es, el universo y todo lo que conocemos tiene su tiempo contado. Con lo cual la existencia de los “vivos” no solo carece de propósito por nuestra imposibilidad de servir para algo más que no sea solo evitar nuestra extinción, por supuesto que también creamos el arte, la música, creemos en el amor e incluso, paradójicamente en la guerra, pero eso no altera la perspectiva. Además, aunque logremos vivir para ver el fin de la materia, nos iremos con ella. Veamos por qué pasa esto. 
   
Imaginemos a un ejército (2) que intenta mover una roca muy pesada. Para ello, se emplean recursos en alimentar a los soldados y así recarguen sus energías. Ahora cada uno de ellos es sincronizado a la perfección para que a la vez transfieran toda su energía obtenida a la roca, moviéndola del camino. Por desgracia, en el universo nada funciona a la perfección, en la realidad hay soldados que están descoordinados, no todos ayudan a mover la roca. Parte de la energía que se ha puesto en ellos es desperdiciada en tareas que no favorecen el objetivo. Esto se conoce como la segunda ley de la termodinámica: la ley de la entropía, la cual se representa Q=∆U+W. donde (∆U) es la diferencia de energía (final menos inicial) utilizada, (W) es el trabajo que hará cumplir las metas y (Q) es la energía desperdiciada como calor. Dicha ley establece la imposibilidad de convertir completamente toda la energía de un tipo en otra sin pérdidas. Son procesos irreversibles, y como en el universo no existen sistemas complemente aislados, la tendencia natural de los objetos al interactuar con el medio es caer inevitablemente en un estado de desorden.  En términos toscos: nada está exento de morir. 

En la realidad, los soldados son los billones de partículas coordinadas para hacer cosas. Tenemos ejércitos en el firmamento capaces de sintetizar nuevos elementos a partir de sustancias ligeras, ejércitos atmosféricos que regulan los ecosistemas del mundo, ejércitos que utilizan la luz solar para elaborar moléculas complejas, y ejércitos que se comen esas moléculas. De este modo todos parten de una energía potencial (sea de la luz o nuclear) para cumplir sus tareas, y todos desperdician energía en el intento. Energía que no puede ser recuperada. Por lo general, la energía se transfiere, es aprovechada por otros organismos u otras estructuras y los procesos detonan otros procesos, pero el problema es que parte de la energía utilizada y transferida al interactuar (por más pequeña que sea) se malgasta, haciendo que todos los procesos del universo poco a poco transiten a su fin.  

Es el principio termodinámico que rige la vida lo que hace que la mejor creación del universo y lo que aporta la belleza al mismo sea el causante de su propia destrucción. Esto lo convierte al cabo de mucho tiempo en una colección de partículas moviéndose de manera caótica y errática por un vacío homogéneo de ausencia y oscuridad. A esto se le denomina Big Freeze o Muerte Térmica. En este sentido, es la “vida” la que derrocha la energía en forma de biomoléculas sintetizadas a través de la luz por las estrellas contribuyendo a la entropía del cosmos y a nuestra propia extinción, junto con la del universo. Dilapidamos parte de la energía generada por las estrellas en formas que ellas son incapaces de aprovechar. Bajo este panorama es imposible no percatarse de que no solo la vida es carente de propósito, sino que se conduce a si misma a su declive.     

¿Es este entonces nuestro inexorable destino? ¿No podría ser el sentido de la vida el de salvar al universo? Pensemos en un panorama más optimista. Si se plantea una teoría en la cual sea posible evolucionar a tal punto de desarrollar una inteligencia unificada y universal que nos permita vivir para siempre. Si el universo es infinito, podremos colonizar cada rincón y utilizar su infinita energía evitando la entropía o por el contrario intentar revertirla. ¿Y si fuese posible volver infinitamente al BigBang y reiniciar el cosmos en un ciclo interminable? 

La verdad, todo esto es imposible. No existe proceso eficiente para evitar malgastar la energía, evitar la entropía. En un hipotético caso en el cual el universo es una sopa de partículas inerte y errantes donde todos los elementos ligeros han sido convertidos en pesados. Si quisiéramos revertir el proceso separando los elementos pesados en ligeros y recuperando los recursos para formar estrellas de nuevo y con ellas el cosmos. Para ello sería necesaria una cantidad de energía igual a la que utilizaron las estrellas para formar dichos elementos, el problema está en que parte de esa energía no está, ha sido desperdiciada. Por lo tanto, toda la energía será utilizada, todo el espacio tiempo será ocupado, todas las preguntas serán respondidas, salvo una sola ¿Cómo evitar la extinción? Todo esto es planteado en La última pregunta por Isaac Asimov (1), escrito en 1956. La hipótesis queda descartada.  
  
En conclusión, todos los procesos del universo tienen como propósito mantener la vida en su más amplia concepción. Es por esto que lo más lógico es pensar que tantos esfuerzos por concebir y perpetuar la vida resulten en que la misma tenga un propósito aún más importante en el universo o en la existencia. Sin embargo no lo tiene, es una sucesión de procesos exitosos que tienen como fin mantenerse funcionando a través del tiempo, como un círculo vicioso cuyos efectos se aprecian dentro de su mismo campo de acción interno, mas no para el entorno circundante. Pues ya ha quedado claro que el inevitable destino, inclusive del universo, es perecer; por tanto ni el mismo propósito de la vida (evitar su extinción) es eficiente a través de la eternidad, nuestra efímera huella revela esa realidad.  Y es que dentro del universo, los fenómenos físicos y la consolidación de materia (procesos químicos) se llevan a cabo porque es posible cuando se dan las condiciones, no para que tengan un propósito más allá del mismo.
 Es válido recordar la reflexión expuesta por el astrofísico y conferencista norteamericano Neil DeGrasse Tyson en varios de sus libros: “the universe is under no obligation to make sense to you” (el universo no está en la obligación de ser entendible para ti). 

Es comprensible si resulta difícil (si no imposible) aceptar esta visión, pero invito al lector a recordar que bajo nuestra condición de humanos como resultado de un macroproceso más allá de nuestra comprensión, resultaría absurdo que viniésemos al mundo con la capacidad de entender cómo funciona cada detalle del universo. Es decir, somos habitantes de un ínfimo planeta, conocer la realidad más allá de él puede que satisfaga nuestra curiosidad, pero a nivel biológico o evolutivo no nos ayuda a sobrevivir. Imagínese a un programador de ordenadores de la NASA, ¿acaso resultaría útil que desarrolle un algoritmo para que ésta se cuestione si resulta útil llevar a cabo la tarea encomendada? ¿O esforzarse porque la misma entendiese la complejidad del pensamiento humano?  
    
Bajo la suposición de que las posibilidades de existencia de la vida y las reacciones elementales estén subordinadas a meras coincidencias o disposiciones específicas del universo conlleva a la comunidad científica a pensar si todo en el universo está realmente predestinado como el más complejo guion de película jamás escrito. 

No obstante, esto puede ser tópico de análisis para otra oportunidad. Yo en cambio prefiero proporcionar una perspectiva optimista del asunto en cuestión. Si bien es posible que el universo no nos necesite para nada y seamos resultado del azar, sin un propósito más que el de prolongar nuestra agonía, puede que sí lo tengamos para la vida misma. Somos la única especie consciente de nuestra existencia y de nuestra muerte. Puede que sea esta última nuestra motivación para salvarnos a nosotros mismos, aprovechar el regalo de la vida que el universo nos está dando. Mientras contribuimos con la muerte de las estrellas, quizá podamos hacer algo para perdurar hasta que el universo llegue a su fin, y no perecer por mérito  propio de manera prematura. Quizás la vida no tenga sentido pero sí que podemos dárselo, precisamente para salvarla. Es motivo suficiente para luchar por ella hasta convertirnos en representantes del universo como especie. O, al menos, hasta que el universo esté orgulloso de habernos creado.   


Referencias:

1. Carl Sagan 1994 “Un pálido punto azul: una visión del futuro humano en el espacio”
2. Hay elementos de este ensayo que fueron inspirados por el video "¿Tiene sentido la vida? Particularmente la metáfora del ejército fue tomada de él: https://www.youtube.com/watch?v=hJZot45Qo5s


 
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