viernes, 9 de junio de 2017

La instigación política de la violencia entre las masas



Voy a iniciar algunas reflexiones breves sobre las causas y los efectos de la violencia con saña que caracteriza a los uniformados que actúan en las calles de Caracas y el interior del país en estos días. Pero para hacerlo tengo que referir a otros casos históricos de lesa humanidad masiva. 

Enfrentando el fenómeno de la manera más segura y sana, es importante  entenderlo por dos razones básicas. Dentro de poco, cuando vienen los cambios, vamos a tener que “curarnos” todos, y esto incluye la necesidad de decidir cómo tratar a los victimarios que andan actualmente por la calle.

El país paga un alto precio por la violencia que estamos viviendo, tanto la del gobierno como la del hampa. Es un problema de larga data, que antecede la Quinta República. Tal vez tiene sus raíces en el Siglo IXX. No hemos sabido reconocerlo y buscar soluciones viables para eliminarlo.

Por una parte la violencia corroe tanto a quien la sufre como a quien la administra. Los que nos sentimos amenazadas, o que hemos confrontado directamente la inquina de los seres destructores en nuestro medio, nos quedamos traumatizados, lesionados o peor. 

Por otro lado, los que cometen estos actos igualmente se lesionan: sólo hay que contemplar las fotos recientes del rostro de Diosdado Cabello para apreciar cómo la carencia de empatía y humanidad ha ido drenando algo vital de su vida.

Quisiera reflexionar sobre qué hacer con nuestros victimarios. Las soluciones convencionales incluyen la cárcel para los delincuentes, y en los años 2015-2017, comprende también la muerte extralegal realizado por las “Operaciones Liberación del Pueblo” (OLP). En ellas la policía o la Guardia Nacional practica ajusticiamientos contra quienes estos efectivos consideran peligrosos. En el proceso mueren también familiares y vecinos de los presuntos delincuentes y todo esto ocurre sin acusaciones formales y sin juicios legales. 

Por otro lado las fuerzas de orden y grupos paramilitares atacan a quienes consideran “terroristas”, es decir, a los que protestan pacíficamente en la calle. Las víctimas de esta crueldad son sobre todo niños y jóvenes.  

La violencia produce espanto, pero quisiera aludir brevemente a algunos factores que convierten a personas que podrían haber sido “normales” en otras circunstancias, en crueles autómatas al servicio de fuerzas que a veces ni siquiera entienden. Es necesario considerar este tema, porque nuestra reacción, cuando llegue el momento de reaccionar, no debe reproducir el mismo fenómeno que sufrimos ahora. Además es importante buscar las raíces profundas de este mal, arrancarlas y permitir el florecimiento de una sociedad más justa. 

Considero necesario pensar en dos aspectos de la violencia: a) las fuerzas que conducen al odio y al salvajismo y b) las medidas que hay que tomar para que no vuelvan.

El genocidio de Ruanda en 1994 fue un caso extremo, y una referencia obligada para quienes quieren entender este fenómeno. El gobierno hutu, que representaba una minoría, inició los pasos previos para alentar a su propia etnia a cometer atrocidades masivas contra los tutsi. No había rasgos físicos o lingüísticos que diferenciasen estos dos grupos; se trataba de diferencias más bien burocráticos, y los vecinos se conocían y sabían quien pertenecía a qué grupo. 

Ocurrió, a pesar de la trivialidad de las diferencias entre los grupos, que algunos vecinos se arremetieron contra otros a causa de una campaña gubernamental en el país para instalar entre los hutus el odio y deseos de venganza. 

Al final del episodio en Ruanda el 75% de los tutsis habían sido asesinados.

¿Qué pasó entre los hutus? Recuerdo haber leído reportes que describían cómo jóvenes hutus corrían por las calles, machetes en mano, riéndose mientras cortaban las cabezas a quienes antes saludaban con cortesía. 

Luego de la masacre los protagonistas no se reconocían en sus propias memorias. Se habían trasformado en algo ajeno a sus propias autoimágenes y expectativas. Este desconocimiento de su sí mismo es una parte importante de la historia, porque había ocurrido una especie de desdoblamiento en sus personalidades, casi una “zombificación” o un  conversión tal como fue descrito por Robert Lewis Stevenson en “El Extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde”, donde un investigador médico, conocido como bondadoso e inteligente, se prepara una bebida que, al tomarla, lo convierte en un asesino múltiple –pero sólo por episodios cortos- . 

¿Cuáles eran los pasos previos a esta metamorfosis? Es muy importante reconocer este proceso, que se ha repetido muchas veces en la historia de la humanidad, para poder pararlo a tiempo y para que deje de suceder.  El proceso en Ruanda fue descrito por Ferguson (2005, traducción mía):

“La oposición entre los tutsis y los hutus fue construida, formada y utilizada por sucesivos administradores coloniales, y la hostilidad entre ellos se agudizó en el paso a la independencia. Los hutus y los tutsis son grupos étnicos culturalmente idénticos, no distintos. Nunca fueron dos tribus organizadas. Son categorías políticas que fueron constantemente reelaboradas antes, durante y después de la era colonial. Esta línea de falla generada artificialmente se hizo más tensa e inestable en los años previos al genocidio, [Al principio hubo malestar económico.] A medida que el mercado de las principales exportaciones de café de Ruanda se derrumbó, la ayuda militar extranjera se terminó, las tensiones regionales aumentaron y las agencias internacionales tomaron un mayor control. Los acuerdos negociados del reparto de poder entre los tutsi y los hutus estaban a punto de excluir a los clanes hutus del norte, que anteriormente había sido los principales beneficiarios del poder estatal. Los líderes hutus desataron una campaña de propaganda feroz culpando a los tutsis por todo. Al hacerlo, aprovecharon temas culturales profundos y simbólicos, y crearon pánico sobre una trama imaginada sobre los tutsis en que supuestamente éstos iban a matar y esclavizar a los hutus. Cuando comenzó la matanza, el ejército y la milicia recibieron órdenes [para reprimir a los Tutsis], pero muchos otros hutus fueron reclutados también con una mezcla de amenazas, sobornos y propaganda“ (párrafo 9).

Está claro que no todos los hutu participaron, e inclusive algunos terminaron como víctimas de la violencia desatada. Lo interesante es la relativa facilidad con que  líderes que desean  obtener y mantener poder sobre los demás pueden manipular a personas que de otro modo jamás hubiesen participado en semejantes atrocidades.

Primero hemos descrito el fenómeno de la movilización masiva de personas para hacer daño y matar a una categoría designada de seres que han sido demonizados por los líderes y comandantes. 
También tenemos que pensar en cómo reaccionar después.

Es importante distinguir entre los líderes que fabrican las masacres, y los miembros de las masas que responden a la llamada. Requieren tratos distintos. Está claro que los líderes deben ser juzgados y castigados severamente por sus actos. Pero por ahora concentro mi atención en las poblaciones engañadas y transformadas en asesinos.

Primero, debe haber consecuencias legales y morales para todos que se permiten engullir por fenómenos masivos de crueldad y odio. No puede haber borrón y cuenta nueva. Sin embargo, el énfasis en el trato que se les dé debe ser de reclusión temporal, reflexión y recuperación. Estamos refiriendo a cientos, y tal vez miles de individuos. Es similar a los procesos de recuperación por los que están pasando los ex guerrilleros en Colombia, o los miembros de los maras en América Central que han deseado abandonar las organizaciones delictivas e iniciar nuevas vidas. O los soldados-niños en Sierra Leona. 

En otras reflexiones reflexionaré sobre cómo llevar a cabo las campañas de recuperación.

Fuente:
Ferguson, R.B (2005). Tribal Warfare and "ethnic" conflict. Cultural Survival. Disponible en: https://www.culturalsurvival.org/publications/cultural-survival-quarterly/tribal-warfare-and-ethnic-conflict

 
Locations of visitors to this page