sábado, 8 de octubre de 2011

Encandilamiento



Hace muchos, muchos años hubo un Príncipe llamado Valiente y su fiel amigo Maquiavelo. Vivían en un palacio, grande, grande junto con su corte que temerosamente obedecía al Príncipe porque el más mínimo desobediencia por parte de sus súbditos les valía un castigo memorable. Sólo pensaba en mantenerse en el poder.
No había sido Príncipe desde siempre. Antes en su país, Pesadumbria, algunos de los soberanos eran corruptos y  engreídos. Los aldeanos eran pobres y excluidos del bienestar de su patria, y Valiente era uno de ellos; vivía en una pequeña localidad donde se sentía solo y triste y creía que todo el mundo le insultaba y que nadie le amaba. Su amigo Maquiavelo le dijo:
“Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen.”
Esta frase deslumbró a Valiente. Se dio cuenta que más vale conseguir la sumisión de sus enemigos que su amor; más aún: muchas veces los hombres confunden la obediencia con el amor, y que tal vez podría disfrutar de un simulacro de ambos afectos a la vez, sólo tenía que dominar a todo el mundo. Pensó que podría convertirse en un gran líder de su patria por la fuerza. Entonces Maquiavelo dijo que para hacerlo era necesario dividir los ciudadanos, hacerles odiar los unos a los otros; dijo además que lo “más seguro para conservar (el poder del) Estado es … arruinarlo.”
Valiente era retrechero y seductor.  Como él, había otra gente descontenta en Pesadumbria. Lo primero que hizo era conseguirse unos aliados incondicionales, prometiéndoles compartir el poder y la riqueza que aspiraba obtener. Con ellos comenzaron a ofrecer prosperidad para todos en el principado, y como dijo Maquiavelo: es “fácil es hacerles creer una cosa…” Y a los que no podría cautivar, los aislaba de su grupo de preferidos.
Se alistó en el ejército. Maquiavelo le contó la historia del siciliano Agátocles, quien llegó a ser el adalid de Siracusa.  Dijo que este hombre tenía:
tanto vigor de cuerpo y de tanta fortaleza de ánimo, que habiéndose dedicado a la profesión de las armas, ascendió, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se vio elevado a este puesto resolvió hacerse príncipe, y retener con violencia, sin debérselo a nadie, la dignidad que le había concedido el libre consentimiento de sus conciudadanos.”
Éste sí era un ejemplo a seguir. Pero recordemos que Valiente quería ser tanto amado como temido. Por esto decidió ofrecerles a sus paisanos gestos de amistad: beneficios a medias para asegurar su apoyo. En respuesta le dijo Maquiavelo:
“… el que consigue la soberanía con el auxilio del pueblo … (logra que) se contentan fácilmente los del pueblo, porque … el pueblo sólo quiere no ser oprimido.
Valiente quería ser un “intelectual orgánico”.  Un preso en una de sus cárceles llamado Antonio Gramsci le dijo que tenía que convertirse en el “condottiere” de su pueblo, es decir, la encarnación de su voluntad. Le parecía un buen consejo y comenzó a preguntar lo que la gente realmente quería, y se dio cuenta que sus necesidades principales eran vivienda, comida, trabajo y salud. Por esto cada vez que arengaba desde el balcón de su palacio incluía estas palabras en su plática, junto con sus usuales advertencias sobre los enemigos y traidores de la patria. Además a unos cuántos coterráneos les satisfacía estas necesidades. Los demás, viendo aquello, se formaban en larguísimas filas esperando su propio turno. Y en los días de votación salían en masa encandilados para aclamar y proclamar a Valiente como el Príncipe de Pesadumbria.
Y Maquiavelo, viendo esto, comentó:
“…el príncipe puede captarse al pueblo de varios modos, pero tan numerosos y dependientes de tantas circunstancias variables, que me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto, y me limito a insistir en que es necesario que el príncipe posea el afecto del pueblo…”
Pero al mismo tiempo advirtió:
las soberanías de esta clase sólo peligran cuando se las hace subir del orden civil al de una monarquía absoluta, en que el príncipe manda por sí mismo…
A sus seguidores más importantes los colocó como barones de feudos alrededor de su castillo, pero tan pronto alguno de ellos volviese acomodado en su torre de piedras preciosas lo cambiaba por otro partidario. No permitía discusión en su reino: no había opinión aceptable sino la suya. Hizo publicar leyes nuevas y armar no sólo su ejército sino también a ciertos fieles suyos, porque Maquiavelo le había susurrado:
“…los principales fundamentos de todos los Estados, ya antiguos, ya nuevos, ya mixtos, están en las armas y en las leyes…”
Pero ocurrió que el pueblo se impacientó. Hubo murmuraciones entre ellos, y el Príncipe Valiente se preocupó por el futuro de su regencia. Comenzó a despojar los bienes de ciertos súbditos con la promesa de entregárselos a otros. Esto preocupó a Maquiavelo que le previno:
Lo que más que nada le haría odioso (al Príncipe) sería mostrarse rapaz, usurpando las propiedades de sus súbditos….”
Este cuento continuará…. (algún día)

Referencia:
Fuente del dibujo

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