viernes, 9 de enero de 2015

Qué traerá el 2015 para Venezuela?, por Manuel Llorens



Este es un escrito de Manuel Llorens que salió hace algún tiempo. Vale la pena leerlo.



 “Estamos llegando al final del 1914. ¿Qué traerá el 1915? ¿Veremos la paz restaurada y estaremos juntos de nuevo en esta tierra? No lo podemos saber.”
Carta de un soldado francés

Manuel Llorens / Prodavinci

Me encontré con este escrito a finales de este 2014. Se cumplen cien años de que este soldado apostado en una trinchera de la Primera Guerra Mundial enunciara en una carta a su novia, la pregunta que seguramente buena parte del mundo se estaba haciendo. El hallazgo fortuito me estremeció, dio palabras a mi sensación de estar cerrando un año especialmente difícil que nos acercó al borde del abismo y, en ocasiones, nos sumergió en él.
Me encontraba lejos de Venezuela, en Holanda, a causa de un evento científico al que fui invitado por el Instituto de la Haya por la Justicia Global. El evento trajo a investigadores de distintas disciplinas a discutir sobre grandes ciudades en los denominados “Estados Frágiles” y las nuevas versiones de violencia que se vienen observando y que, en todos los casos, parecen entretejer complicidades mixtas entre bandas criminales y el Estado.
Se discutieron los casos de Karachi, Paquistán; Lagos, Nigeria; Nairobi, Kenya; San Salvador, El Salvador y Caracas. En primera instancia, sorprende a los venezolanos encontrarnos en esta compañía, que en nuestra soberbia tan característica, como nos diagnosticó tan agudamente Briceño-Iragorry hace años, nos permite quejarnos por la gravedad de nuestra situación al mismo tiempo que continuamos despreciando todos aquellos rincones del mundo que nuestra simpleza asume de entrada que tienen que estar peor que nosotros.
Pero resulta que no es así. Los puntos en común son sorprendentes. El barrio tradicional de Karachi, la manera en que las bandas asociadas a fuerzas políticas han logrado controlar varios espacios de la ciudad, no es tan distinto a lo que venimos observando en Caracas. La cantidad de homicidios ocurridos en nuestra capital supera proporcionalmente a todos los demás ejemplos, salvo las capitales de los países centroamericanos. La gravedad de nuestras circunstancias son tales, que es Caracas la ciudad que alarma y comanda la atención de los extranjeros que estuvieron presente en el evento. ¿Cómo comprender que una nación petrolera, que además ha exhibido disminuciones en porcentajes de personas viviendo en pobreza, pueda simultáneamente tener niveles tan descomunales de violencia?
En una de las mañanas que tuve libre decidí visitar el Palacio de la Paz, un edificio monumental donado por el multimillonario filántropo Andrew Carnegie a la ciudad de la Haya para establecer la sede de lo que sería un primer ensayo de la Liga de las Naciones. Inaugurado en 1913 ha alojado el sueño incumplido de un mundo pacífico a través de la Corte Internacional de Arbitrio. Sirvió de alguna manera de ensayo anticipado para lo que muchos años después sería las Naciones Unidas. El museo que lo antecede exhibe los vaivenes de la guerra y la paz, el recuerdo nunca suficientemente calibrado de que Europa pasó de asesinarse entre vecinos a construirse como una comunidad política sinérgica en cuestión de unas pocas década.
Pero fue el árbol de la paz similar a los que había visto en fotos, lo que me estremeció. Es un árbol nada imponente, de ramas flacuchentas y desnudas por el otoño, que evoca cansancio y fragilidad. No podría ser de otra manera. Pero sobre sus ramas cuelga un centenar de hojas blancas colocadas por los visitantes al museo que paulatinamente han ido llenando el arbusto con pedazos de papel inscritos con anotaciones sobre la paz, esa invitada que nunca llega. Al acercarme la primera hoja de papel bond con que me topé leí “Paz para Venezuela”.
El evento, el museo, el árbol, su rama y el año que hemos atravesado me cayeron encima de pronto al mismo tiempo. Me tuve que sentar para intentar procesar el instante, la lluvia de emociones de estos meses que he acumulado y que solo ahora, a la distancia pude comenzar a integrar. Las horas que pasamos contabilizando los muertos diarios por las protestas; las olas de indignación ante la arbitrariedad y el cinismo que hemos tenido que tolerar; la preocupación por mis familiares, mis amigos, mis estudiantes; los intentos muchas veces fútiles por abrir espacios de encuentro entre venezolanos de distintas perspectivas políticas, invitando a convocar juntos el reclamo a conducir la contienda por vías democráticas; todo ese cansancio y esa zozobra aterrizó de nuevo en mi cuerpo y en mis pensamientos. ¿Cómo llegaron hasta aquí? Me preguntaron mis colegas investigadores con asombro la noche anterior.
Susan Sontag escribe que “designar el infierno, no es, por supuesto, decir nada de cómo debemos hacer para salir de él, o de cómo moderar sus llamas”[1]. La cita proviene de su ensayo “Sobre el Dolor de los Demás”, donde regresa al tema de la fotografía para preguntar si ésta cumple alguna función ética para denunciar la atrocidades de la guerra, y si cumple alguna función práctica al movilizar la acción para detenerla.
Para mí la clave está en el título y en las primeras líneas. Sontag comienza citando a Virginia Woolf y su respuesta escrita entre 1936 y 1938 al abogado antibelicista que le pregunta ¿cómo hemos de evitar la guerra?. Antes de contestar Woolf se detiene a preguntarse si realmente es posible una conversación entre ellos sobre el tema. ¿Será que ambos se escandalizan con los horrores cometidos de la misma manera?
Por supuesto, que la respuesta que los venezolanos conocemos bien es que no. Si bien seguramente la gran mayoría estamos muy preocupados por el rumbo que venimos atravesando y estoy convencido que la gran mayoría, independientemente de su posición política se conduele por los asesinatos, golpizas, crueldades que hemos tenido que registrar; no es menos cierto que todavía hay mucho cálculo político en las posiciones. He escuchado demasiados argumentos que intentan atenuar el horror del abuso cuando éste no fortalece mi posición política. Hemos escuchado al gobierno negar, minimizar, justificar y entrar en enredadísimas argumentaciones para mitigar la responsabilidad de los hechos. Maduro habla de guerra con una levedad digna de Kundera. Debemos meditar sobre las implicaciones, por ejemplo, de que la Comisión de la Verdad que tanto el gobierno como la oposición concordaron en establecer luego de las Mesas de Negociaciones del año 2002, nunca se concretó; que la petición de la Comisión Internacional de Derechos Humanos a visitar al país para hacerse de una versión más certera de los hechos, ha sido continuamente negada. Vale la pena observar el interrogatorio de la Comisión Antitortura de la CIDH realizada entre el 6 y 7 de noviembre y la multitud de preguntas que quedaron sin contestar. Me parece que ocurre como en la canción de Bob Dylan que afirma que “no se cuentan los muertos cuando Dios está de tu lado”.
“La violencia es promovida cuando cultivamos un sentido de inevitabilidad de una supuesta identidad única – a menudo beligerante – que supuestamente poseemos y que hace nos hace demandas (con que a veces ni siquiera estamos completamente de acuerdo). La imposición de una supuesta identidad única a menudo es el componente crucial de las ‘artes marciales’ de fomentar confrontaciones sectarias”, escribe Amartya Sen[2], cuya inquietud surge de sus recuerdos de infancia cuando la independencia de la India condujo a enfrentamientos violentos entre las identidades religiosas que, según su recuerdo, convirtió a vecinos y amigos de pronto en enemigos ancestrales.
He escuchado con horror la ligereza como la palabra muerte es evocada en discursos de demasiados venezolanos. Hace ya varios años fui invitado, junto a muchos otros académicos, investigadores a unas jornadas promovidas por el Ministerio de Interior y Justicia previo a la conformación de la Comisión Presidencia para el Desarme. El foro tuvo la bondad de contar con pensadores de todo el espectro de la diatriba política para el momento. Cada quien expuso sus posiciones y hallazgos. Pero me inquietaba cada vez que alguna de las presentaciones de afectos al oficialismo terminaba recitando “Patria, socialismo o muerte, venceremos”. En la sesión de preguntas levanté mi mano para preguntar si no les parecía contradictorio estar promoviendo una iniciativa que buscaba atender las cifras crecientes de inseguridad utilizando una frase de cierre que llamaba a la muerte como destino heroico. Mi pregunta se topó con un silencio incómodo. Nadie me dijo nada de manera frontal, pero no fui invitado a otra reunión. La lealtad a una causa abstracta y sus consignas épicas pudo más que la atención a las necesidades concretas. Opino que allí está sembrada una de las razones por las cuales el gobierno no ha podido resolver el problema de la seguridad.
Me espantó el rescate de las banderas de Guerra a Muerte como símbolo durante las protestas que se iniciaron en febrero con las manifestaciones estudiantiles. El llamado a la manifestación no-violenta se confundió con todo tipo de iconografía y acciones que, desde mi punto de vista, no hicieron sino restarle fuerza y poder a la indignación legítima de los estudiantes y sus llamados a protestar. Afirmar esto en el país opositor es la mayoría de las veces ser catalogado de ingenuo o come-flor ¿cómo pretendes que se pueda enfrentar un gobierno autoritario y dispuesto a atropellar los derechos ciudadanos entonces? Lamentablemente los que así opinan, lo hacen de nuevo desde una ligereza del que ha consumido demasiadas películas de guerra y se ha dedicado poco a pensar en las implicaciones de sus acciones. Vale la pena destacar que los datos a favor de la efectividad de las campañas no-violentas es apabullante. Basta con recordar que los movimientos de resistencia han sido, a partir del año 1900 mucho más efectivos cuando han sido no-violentos. Pero no solo eso, sino que el 6% de los movimientos violentos que resultaron exitosos lograron una transición hacia la democracia luego de cinco años de finalizado el conflicto, en comparación con 82% de los movimientos no-violentos.
Estos números nos condenan. Condenan al chavismo y evidencian que sus llamados contradictorios a hacer una revolución “pacífica pero armada” está en el seno de su fracaso, que han importado a la violencia como estrategia, y ahora su propio proceso interno está enredado en ella. Condenan también a las expresiones de resistencia tipo María Conchita Alonso que agitan verborreas exaltadas que dejan en ridículo y desestiman el duro trabajo político que muchos están haciendo a pulso día a día.
El país entero ha justificado durante demasiado tiempo el horror, o ha estado dispuesto a voltear para otro lado. El estado de nuestro sistema carcelario es el ejemplo más claro de nuestro error. Acosados por una delincuencia creciente, la mayor parte del país chilla indignada cada vez que se describen las cárceles como inhumanas, argumentando que los presos no merecen ser considerados a causa de su desconsideración. “Ojo por ojo, si ellos ejercieron violencia, que ahora se calen el horror de las cárceles”, es una opinión bastante extendida. Pero el tiempo ha ido demostrando que tratar a los presos como animales no ha domesticado la crueldad, sino que la ha potenciado. En el año 2009 en toda Venezuela había alrededor de 30 mil presos. Para el año 2012 ese número subió a más de 53 mil. Ese aumento súbito, además de la cadena de catástrofes humanitarias en forma de matanzas que han ocurrido en las cárceles en los últimos años no ha hecho nada por disminuir los niveles de criminalidad. Todo lo contrario.
Y ahora, otros sectores que han sido arrestados por participar en protestas están teniendo que enfrentarse con los infiernos que nosotros mismos construimos o dejamos que se fueran construyendo. La venganza y la desidia no han ayudado a pacificar al país, sino a profundizar el horror. Regreso al libro de Sontag y su título, hemos sido terriblemente incapaces de acercarnos a tratar de comprender o si quiera ver el dolor de los demás.¿Cómo podemos imaginar que alimentar el horror nos puede ayudar a salir de él?
Vaclav Havel, quien padeció en carne propia la cárcel y la persecución de los fanatismos comunistas, escribió con lucidez: “Siento antipatía hacia todas las formas de violencia ejecutadas en nombre de un futuro mejor, y una creencia profunda que un futuro asegurado por vía de la violencia puede resultar peor que lo que existe ahora; dicho con otras palabras el futuro se arruinará si utilizamos violencia para asegurarlo.”[3]
Esto es parte del hueco en que estamos metidos como país. La convocatoria a participar golpeando con un puño la mano vacía no es una invitación a construir un país mejor, es un gesto que incita a pelear. Hay demasiados actores cuya propuesta de país no es sino una escaramuza callejera. Pero hay otros, que son mayoría, que han callado por lealtad.
La violencia va generando un clima de miedo y desamparo que va reduciendo los espacios para pensar de manera amplia y flexible. La investigadora guatemalteca, Tani Adams, hablando desde la experiencia clínica con sus compatriotas que han enfrentado años de violencia política sostenida concluye: “Cuando las personas viven bajo miedo e incertidumbre constante, los impulsos a sobrevivir tienden a prevalecer más que la acción reflexiva. El ‘silencio social’ condiciona como las personas se relacionan entre sí – tienden a confiar menos y aislarse más, buscando seguridad detrás de las paredes, barreras, rejas de seguridad y guardias. Mientras más crece la desconfianza, las personas buscan protección en grupos homogéneos cada vez más pequeños, como su congregación religiosa o su pandilla, o a través de la intensificación de las identidades religiosas o étnicas.”[4]
La violencia, lo sabemos de sobra, tiende a convertirse en círculo vicioso. Como un animal arrinconado va dejando fuera la posibilidad de negociar salidas, que es en última instancia, más tarde o más temprano, lo que tendremos que hacer. Y solo negociando de una manera que todos los intereses sean representados, tendremos la oportunidad de abrir espacios para seguir avanzando.
¿Qué nos deparará el 2015? Sabemos que ni el deseo del soldado francés, como las iniciativas diplomáticas que construyeron el Palacio de la Paz bastaron para evitar los horrores de la Primera Guerra Mundial; las palabras preocupadas de intelectuales como Woolf no impidieron ni la Guerra Civil Española ni el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
No bastan los deseos de la mayoría de los venezolanos que queremos evitar repetir el horror que estuvo tan presente este año. Dediquemos por lo menos un instante a pensar en el dolor de los otros, de aquellos recluidos injustamente, de aquellos encarcelados en condiciones inhumanas, de aquellos enfermos que empeoran por falta de medicinas, de aquellos cuyos sueldos no les alcanza, de aquellos que no piensan igual, pero que sufren también. Requerirá del esfuerzo de muchos para organizarnos a condenar la locura belicista, resistir el militarismo que nos imponen y luchar con la valentía que requiere la no-violencia (que los violentos no pueden ver) para develar los que intentan encubrir el horror con frases hechas.

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